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pueden esperarse. El heroísmo de viejo estilo, aquel que producía a los paladines y los campeones, y arrastraba a los pueblos apasionadamente, ése está en particular vigilado por el espíritu receloso de nuestro tiempo. Tengamos la honradez de confesar que el heroísmo ha abierto más caminos a la civilización que la sensata cobardía, y que tal vez los hombres lucharían aún con las más retardatarias dificultades y con- los peores barbaríamos, si no hubieran intervenido tan repetidas veces los paladines y los campeones, los conquistadores, los héroes. El conquistador no deja 2, su paso, como algunos dicen, la destrucción y la barbarie. El conquistador marcha rodeado de espadas, pero seguido de cerca por los magistrados, los patricios, los mercaderes y los artesanos. Con frecuencia, por no decir siempre, el verdadero conquistador es un gran organizador y constructor. Así vemos a Hernán Cortés enamorarse de su Méjico conquistado y transformado rápidamente en un reino de ordenada estructura. Así Pizarro, en Lima, convertido en un paciente maestro de obras. Y el Cid, ese precursor y padre de todos los conquistadores españoles, que parte de Castilla envtwlto en una nube de polvo y sonando a hierro, en Valencia la conquistada le veAl momento en que España trazaba con mos obrar como un sabio y prudente gobermayor decisión su ademán guerrero, o sea nador, como un venerable padre del pueblo. cuando las armas españolas, mediante el arte y el brío, se consideraban en toda Europa J O Í Í M. S A L A V E R R I A como invencibles, entonces apareció en el ti 111 11 C w fondo del Océano la maravilla de ese nuevo Continente. Por donde la voluntad del destino quiso que América fuese, hija del heroísmo. U n soplo entre místico y marcial empujó los navios aventureros, y bajo la cruz pintada sobre el velamen, las espadas y las corazas hacían sus fieros ruidos. Así fué creada América, y esto no podrá ser nunca A l fin, Cervantes va a tener en la capirectificado. tal de España u n monumento conmemoratiEn las Indias obraron los exploradores y vo de imponente aspecto. E n la plaza de conquistadores por propia inspiración, pues- España, escombrera no hace mucho y teato que la Metrópoli se hallaba muy lejos, y tro no olvidado de tragedia revolucionaria, los gobernantes tenían que atender a los múl- surgió, por virtud milagrera del agua, un tiples asuntos de Europa. Por esto, por ser jardín, que conforta optimistamente el ánitina creación espontánea y voluntariosa de mo del viajero que llega a Madrid por la los conquistadores, ha resultado América una línea férrea del Norte. Tal vez la entrada a cosa tan personal y de tan fuerte carácter. la corte perdió con esto y con la construcAbandonados generalmente a su propia ini- ción de la Gran Vía tipismo, carácter; mas ciativa, y obedeciendo al impulso del genio de con ello fuese en buena hora una gran zona la raza, los españoles vertieron en América de inmundicia, que persistía tenazmente al su ser entero, en una transfusión completa de margen del arte... En el momento actual, la estética quiere hermanarse con la higiene; la personalidad. Los enemigos de nuestra historia han que- por eso algunas actividades de hoy se apo, rido disminuir a aquellos hombres extraor- yan enérgicamente en ambas disciplinas. dinarios, diciendo que eran nada más que Emplazar el monumento a Cervantes en unos soldados, hábiles solamente en esgrimir tal lugar supone un acierto bien digno de loa. la espada. Pero aquellos hombres probaron Lamentemos que la realización de la idea ante el mundo que la espada es capaz de baya requerido una gestación tan laboriosa. grandes milagros cuando está asistida por Desconozco las causas de tal lentitud; mas, una idea y un aliento excepcionales. Con pensando en español de vieja cepa, me asaluna rapidez que asombra, dado el ritmo del ta una sospecha fatalista: se trataba del destiempo, las poblaciones, las Catedrales y las venturado Miguel de Cervantes, y acaso esUniversidades levantan su opulencia bajo el taba escrito hermoso cielo americano. El afán de fundar Conmemorar la gran figura de Cervantes nuevos reinos y gobernaciones y de poblar vale tanto como honrar la raza. Si repasalos desiertos y las selvas, mantiene en cons- mos atentamente las biografías de los más tante actividad a aquellos hombres heroicos. esclarecidos españoles de otros tiempos, ha. Y el gesto mejor es el que ofrece Francisco llaremos gestos, actitudes, hazañas, temperaPizarro después de la conquista del Perú, mentos portentosos en tal o cual actividad cuando deja a un lado la espada, que traía humana; mas si buscamos al verdaderamenempuñada, y pacíficamente se pone a dirigir te representativo de la España de la segunda la construcción de su querida ciudad de Lima. mitad del siglo x v i la figura de Cervantes Conquistar y dominar países por interme- asomará erguida por encima de todas. Y es dio del heroísmo, he ahí algo que en el curso que en el creador del Quijote sobresale el corriente de las ideas encuentra hoy pocos guerrero, el literato, el aventurero, el trotaadeptos públicos. Probablemente, por culpa mundos, el hombre más profundamente hude la hipocresía, porque hoy, acaso más que mano que se ha conocido y el que, burla nunca, bastantes naciones procuran sujetar burlando, ha sabido ahondar más intensabajo, su dominio y su explotación territorios mente en el alma de los españoles. ajenos. En cambio, para nuestros antepasaLa sabiduría libresca es algo teóricamente dos las nobles empresas marciales eran ac- hermoso; mas, si no va acompañada de claciones honrosas, dignas de esculpirse en már- ra visión de la vida en torno, se corre el pemoles y de ser cantadas por los poetas. Para ligro de soportar un lastre que impida toda nuestra edad ambigua, el heroísmo es un sen- libertad de movimientos. Tener ante los ojos timiento peligroso, del que sólo perjuicios un cristal que deforme absurdamente la rea- pilotos, los caballeros capitanes y los -p es soldados de profesión. Junto con tilos se congregaban los ambiciosos de otras r. a- cnes: franceses, flamencos y alemanes, y los insuperables maestros en rapacidad, los zer. x. -eses. Un rumor de fantasía palpitaba t- la; márgenes del Guadalquivir, y las exageraciones de los que regresaban mezclanc- se a los proyectos y ensueños de los candidatos a las empresas de Ultramar, prestaSi cariz supersticioso a las naves de dorac: s puentes que en la clata atmósfera ancalaza tendían sus grandes velas y sus pintadas banderolas. En, aquel jubileo de los aventureros de Indias pronto los mitos clavaron su espina impaciente en las imaginaciones. La leyenda de Jauja, de la Florida, de la ciudad de los Césares, de Eldorado, con las versiones prodigiosas de Potosí, del Cerro de la Plata... Todo, sin embargo, era indispensable. El énfasis de la fantasía ha servido siempre para obligar al hombre a pretender cosas desmesuradas, y sin ayuda de la quimera hubiese sido imposible que los conquistadores y colonizadores españoles arrostraran tan descomunales empresas para oirecer al último a la civilización occidental la realidad de un mundo nuevo. EL M O N U M E N T O A C E R V A N T E S SÍMBOLO D E LA RAZA lidad sin que el individuo se percate del engaño, constituye una desdicha. Para muchos españoles eminentes el exceso de cultura libresca y la falta de contacto con todos los ambientes equivalió a una amputación de la sensibilidad. Miguel de Cervantes, en cambio, vivió sumergido e n la medula de la vida hispana. Conoció el hambre y la dificultad de saciarla; supo de los grandes que, vistos de cerca, tenían la grandeza de los hoyos, más grandes cuanto más se vaciaba el contenido Observó el poder de la adulación, y se sonrió con amargura. Dominó la ciencia de la vida, y sin grandes ambiciones, fué el espectador más frío e implacable dé la raza. E n fuerza de conocimiento, hay trozos de su admirable prosa que dejan asomar un temperamento ligeramente cínico; mas el cinismo de Cervantes n o es amoral, es actitud lógica de quien l o sabe todo y de nada se asusta. Miguel de Cervantes recorrió, en cruel deambular por pueblos y aldeas, casi todas las regiones españolas. Cuando menos, tuvo trato con gentes de toda España, y de ellas aprendió filosofías populares a lo Sancho, y enriqueció su léxico con representaciones folklóricas, que incorporó al habla castellana cual esencias fundamentales de la raza. Por eso tuvo sobre otros ingenios cultivados solamente en los libros Ta ventaja deí conocimiento directo, que, en fin de cuentas, el libro es una referencia más o menos subjetiva, y la realidad es cosa bien distinta de lo que a uno le dicen en las páginas impresas. La universalidad del contenido de la literatura cervantina constituye su gran fuerza. Por eso en su obra hay conceptos, frases de un eterno sentido humano para cuantos han nacido en países de habla española. N o importa para ello la distancia a que esos países se encuentran de España. Quizá esa distancia, con el consiguiente aislamiento, explique el hecho de que muchos escritores americanos se nos ofrezcan más próxinlos a la ideología de Cervantes que los escritores españoles de hoy. Para los celosos de la pureza de la lengua. América conserva bien guardados tesoros idiomáticos, que aquí hemos perdido. Para un peruano, por ejemplo, las páginas del Quijote resultarán estilísticamente más actuales que para un español. Y dentro del copiosísimo refranero cervantino- -refranes que equivalen a certeras interpretaciones de la vida hispana- -todos los países de habla española encontraran seguramente clarísimos espejos, en los que verán reflejadas numerosas facetas de su personalidad. La Humanidad, a través del tiempo -en una cuenta de cientos de siglos- ha visto triunfqs y derrotas del ideal, días iluminados por ilusiones y ansias de espiritualidad y días en los que las gentes miraban hacia el suelo buscando únicamente materia aprovechable para us apetitos animales. El Quijote personaliza bien claramente las dos tendencias. Por eso será obra eterna. Cierto ojie en estos días de la postguerra la rama de D o n Quijote parece amenazada de extinción. La de Sancho, en cambio, se desarrolla con una fuerza asombrosa, amargamente asombrosa. N o perdamos por ello la fe. La historia de la Humanidad e s una serie de reacciones. Cualquier causa insospechada hace cambiar el viento. Los pocos descendientes de Don Quijote pueden tornarse tan fecundos como estériles los de Sancho. Estas grandes reacciones del espíritu y de la materia son tan profundamente humanas, que serán eternas. Las creaciones tan afortunadas de Cervantes- -D o n Quijote y Sancho- -vivirán sin marchitarse lo que viva la Humanidad. Ese fué su gran acierto; mas dentro de ese sentido universal de tales figuras simbólicas, lo que interesa concretamente a cuantos hablamos