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España es un ejemplo de d i o si Felipe II no hubiera heredado enemigos y complicaciones del Emperador su padre, que necesitaba guerrear para v i v i r si Felipe II no hubiera encontrado empeñada la honra de su corona en guerras funestas que no podía desatender sin condenarse a una postración de muerte, Felipe II hubiera sido tan tenebroso y tan astuto como Venecia; y aun así, obligado a ser lo que no quisiera ser, obra en cuanto puede como obraría si hubiera heredado la corona libre de todo empeño, de toda complicación. Volved la vista a España, y mirad entre sus laureles el amargo fruto que producen las ¿continuadas, ¡las multiplicadas guerras; la voz española resuena irritada en todas partes; en to, das partes resuena e l estampido del cañón espa- ñol. España es un guerrero viejo, acostumbrado a la guerra, fuerte y terrible todavía, pero que mué- re de la enfermedad de la guerra, que se enlanguidece, la empobrece, a pesar de los ríos de plata que le vienen de América, y con los cuales apenas puede remendar sus harapos. Su cabeza está oculta bajo sus sangrientos laureles- pero es necesario ser ciegos para no ver que esos laureles se vari marchitando, que- se secarán muy pronto, porque la sangre, cuando es demasiada, es un riego funesto. E n cuanto lo de que Venecia no prestaría jamás al Rey don Sebastián ni a nadie una armada v un ejército, decís muy bien, monseñor; la fuerza de Venecia es la p a z el olivo es un árbol fructífero, mientras que el laurel es completamente infecundo. N o por eso Venecia es débil; si fuera débil, sería absorbida v destruida; ni es tampoco cobarde, porque si lo fuera, toda su política no bastaría para que dejase de ser acometida, vencida, esclavizada. N o es tampoco cierto que V e necia no haga la guerra; la hace, sí, la hace continuamente, de una manera sorda y terrible, por medio, de sus agentes v de su oro, que gasta a manos llenas sin prodigalidad v sin miedo. Pero de una manera segura y sin dar jamás pretexto para que se la acometa y se la obligue a gastar sangre, que es el tesoro más precioso de los Estados; sin que se distraiga un solo brazo de la industria y del comercio, que son el manantial siempre abierto y cada vez más rico de la prosperidad de un pueblo. M i r a d a nuestra Venecia, siempre bella, siempre activa, siempre alegre, siempre tranquila. Observad bien lo qu- j se oculta bajo la alegría febril de su eterno carnaval y encontraréis algo tan serio, tan sombrío, tan poderoso, que aterra; mirad sus naves, que van a todas partes cargadas de ricas mercaderías y vuelven cargadas de oto; comprended cómo Venecia puede, sin desnudar la espada, abriendo simplemente su inteligencia y su bolsa, quebrantar colosos, dividir imperios, hacer sentir su poder en todas partes. De este modo será como el Rey don Sebastián deberá a Venecia su trono, cuando Dios quiera que llegue la ocasión propicia. Oídme bien: cuando un cuerpo es fuerte y dañoso, es muy prudeníe abrirle las arterias para que se desangre y se debilite; y eso es lo que está haciendo ya, lo que continuará haciendo Venecia respecto a F e lipe II. Los Países Bajos, Holanda, Francia e I n glaterra son, sin saberlo, aliados secretos de Vene- i cia. Ella compra hombres que es lo mismo que decir que ella hace traidores; ella aconseja y avisa por medio dé agentes que nadie puede sospechar tienen relación alguna con Venecia. Eira dice a un genovés o a un judío: D a d dinero para la guerra a Holanda, a Francia, a los Países Bajos; no os importa lo que os pidan ni la ganancia que os ofrezcan, porque quien da es Venecia, porque vosotros no sois más que la mano que da el oro. -P e r o Venecia está pendiente de la fidelidad o de la traición de sus agentes- -dijo Montalto. -i A h n o! Los hombres que tiene sobre sus hombros él Gobierno de la República saben leer en el semblante de los hombres lo que pasa en su corazón. Además de eso, el terror y la desconfianza protegen a Venecia. L a delación es su salvaguardia; la inquisición del Estado, el poder mudo, invisible, aterrador, que nada respeta en su inflexibilidad. U n ciudadano de Venecia sabe demasiado que un pensamiento de traición a la Patria es la muerte; importa poco el lugar del mutído a que huya, porque allí le alcanzará el brazo de la República, y le matará de una