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Tejados, azoteas, cimborrios, veletas. OBSERVACIONES Y CONSIDERACIONES DE UN SUICIDA F R A C A S A D O 7 11 LA CALLE D E S E G O V I A V I S T A D E S D E ÉL VIADUCTO. (FOTO ALFONSO) Señor juez de g u a r d i a L o lie pensado mucho antes de tomar esta trágica resolución. Sé que es una inconveniencia levantarle a usted para que luego me levante usted a mí; pero así es la vida, o, mejor d i cho, así es la muerte, porque yo, señor juez, decido entrar en el reino de las sombras, ya que mi estancia en el del alumbrado por gas no tiene justificación posible desde la malhadada hora en que se les ocurrió a ustedes ¡as autoridades suprimir el piropo c a llejero. Y o era un castigador en cuyos labios florecía el madrigal al paso de la hembra retadora, aunque debo confesar que no siempre fueron madrigales los que de mis labios salieron, y a que lo que originó mi última detención fué una gansada que motivó el que me reconociera el forense del distrito, curioso de comprobar si yo poseía, en electo, las facultades de deglución de que había hecho gala confidencialmente al oído de la damisela asustadiza que llamó al guardia. P e r o ya. que la única finalidad de mi vida se h a truncado, decido precipitarme desde la altura contra ese suelo sobre el que tantas veces se extendió mi capa en demanda de las huellas de unos pies femeninos, y conste que elijo este procedimiento, por ser el que utilizó mi antecesor D Juan T e norio, como lo demuestra bien claramente la frase de A esto D T ian se arrojó Y usted perdone, señor juez. Suyo afectísimo y aterrizante servidor. E l viaducto. ¿Q u é otro sitio podía elegir el poseedor de la carta que antecede? E l viaducto; esa estratagema de que se valió la calle de Bailen para humillar a l a de Segovia, acoge al dimisionario de la existencia entre sus barandillas altas como pasamanos de, gigantes, y a una de ellas se encarama el desesperado; asciende en flexión de brazos por los barrotes; saca la cabeza por el borde; luego, el busto; luego, se i n clina... Pronuncia unas palabras... ¿P a r a despedirse de la vida? N o ¡Para saludar a la calle de S e g o v i a! ¡A la gloriosa calle de S e g o v i a! A la matrona de las vías m a d r i leñas, que, con todo el prestigio de su pasado y la formidable carga de su historia, se pone de pie majestuosamente y rechaza con digno ademán esta nueva profanación que un insensato quiere hacer en su suelo, que empedraron consejas de antaño y leyendas de misterio. Y es entonces y sobre el vacío cuando surge el diálogo de! suicida y su c o n ciencia. ¿A d o n d e vas? -A dar una vuelta. -D a r á s varias. -N o importa. Quiero estrellarme. -I Aquí? ¡N u n c a! Deja que para tal i n sensatez utilicen este htear los analfabetos que turban inconscientes el sagrado de esta barriada. E n ella nació M a d r i d aún quedan vestigios de las murallas que cercaron el recinto de aquel castillo famoso Extiende la vista por esa aglomeración de tejados y aprende a conocer por las tejas la psicología de los pueblos. ¿V e s aquéllas que c u bren el edificio cercano al viejo caserón? Debajo de ellas nació Mariano José de IAX. rra. ¿V e s por este e- tro lado, allá lejos, el remate de l a cúpula de Santa María? A su izquierda, en la calle de la V i l l a enseñó h u nianidades D Juan López de H o y o s a M i guel de Cervantes, y, finalmente, ¿ves esos tajos profundos que seccionan en todas d i recciones ese inmenso y accidentado c a m po- de tejas donde florecen chimenas, tenderetes y gatos? Son los callejones tortuosos, las calles estrechucas y los históricos rincones del M a d r i d de la leyenda, en el que aún puedes ver, así, a vista de pájaro, airones de chambergos que el viento tremola, recogidas alas de sombreros de corchetes, pardas capuchas de frailes mendicantes, rizadas golas, techos de literas, bonetillos de rufianes y cortabolsas... T o d o lo romántico y lo pintoresco de este castizo distrito de la L a t i n a al cual ahora pretendes ofender con la estupidez de un suicidio. ¡V e t e! 1 Y así fué como el aspirante a suicida, respetuoso con los lugares donde se forjó la H i s t o r i a pero consecuente con la idea de su propia eliminación, abandonó aquella frontera de los distritos de Palacio y de l a L a t i n a para iiacer que se cumpliera en sitio menos tocado por las tradiciones la ley de gravedad de los cuerpos. A v e n i d a de P i y MárgalL T e r r a z a de la Compañía Telefónica. Desde los remates que coronan la edificación hasta el flamante adoquinado hay 08 metros. E l busto del que se hartó de v i v i r se inclina en el espacio hasta formar u n siete con la línea de f a chada. L a horizontal del siete reflexiona. ¡Noventa y ocho metros sobre la vía ultramoderna! Aquí no hay profanación posible. ¡Noventa y ocho metros! E s decir, que, calculando los ietenta y cinco kilogra-