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Toda aquella gente se diseminó, y algunos minutos después el canal estaba silencioso y desierto como si nada hubiera acontecido. Solamente en el canal de Mon forte se. veían delante del palacio Conti una góndola y en su puerta entreabierta tres hombres que hablaban en voz baja. -Id a San Marcos- -decía a dos esbirros Brachioforte- orended al sacristán menor Nicolino Razzi, y llevadle a la cárcel de la maniste! ón del Estado- Y dónde se le encerrará? -íin los calabozos destinados a los reos de alta traición. Los esbirros, que no necesitaban saber más, se alejaron, y más abajo del canal de Monforte entraron en otra góndola que esperaba también. Entonces Brachioforte entró en el palacio Conti y cerró la puerta. Giacomo Barbarigo había entrado poco después da la fuga de Aben- Shariar en la magnífica cámara donde estaban Elena y César Malatesta. -Habéis tardado mucho, monseñor- -dijo Elena al ver aparecer a Barbarigo- nuestro hombre se nos ha escapado. -Aquí veo un veneciano que tiene fama de valiente- -dijo Barbarigo con acento duro, refiriéndose a Malatesta, contra quien, con mucha razón, estaba indignado. -Monseñor Pietro Mastta- -dijo Elena- -no ha dado tiempo a César para detenerle. -Que salga de aquí ese hombre- -dijo, dirigiendo la palabra a Elena, l arbarigo, que, por las razones que ya sabemos, no quería ni aun hablar a Malatesta. Malatesta se inclinó y salió. No era sólo la enemistad que sentía Barbarigo hacia Malatesta lo que le impulsaba a quitarse de delante al joven; era de noche; y a la roja luz de las bujías la razón de Barbarigo se resentía, y además de esto, César Malatesta se parecía demasiado a L á zaro Malatesta, su padre. Barbarigo se sintió como aliviado de un peso desde el momento en que César Malatesta salió de la cámara. Barbarigo adelantó hacia Elena, y la tendió la mano. -Has obrado como digna hija adoptiva de la República, Elena- -la dijo el anciano senador. Tiene el Consejo de los Diez noticia de lo que sucede? -preguntó con afán Elena. -No- -respondió Barbarigo- es un asunto demasiado grave para no tratarle con mucho pulso; la traición de Pierto Mastta es disculpable; él ha contraído sus creencias, ha vencido su odio a los cristianos v su odio particular a Venecia por su amor a una mujer por la cual no puede alentar ni la más leveesperanza, sin embargo de lo que está consagrado en cuerpo v en alma a la felicidad de e i mujer: los intereses de Venecia están en opos cir. con el interés y con el corazón de la mujer a quien ama, con
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