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P í d a l a a INDUSTRIAS V E L O- M O T O Caños, 2 y 4, M A D R I D o a cualquiera de sus Agencias de provincias. a 19 Rué, luob, PARÍS De venta En todal laa Farmacias 396 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 393 borase una traición contra el Estado, y. que no me engañaba rae lo prueba la fuga de Pietro Mastta. -Debe de haber sido preso, puesto que aún no se ha presentado nadie a vos, monseñor, para anunciaros que ha huido definitivamente. -E s o no prueba nada, porque nadie, ss atreverá a abrir esa puerta mientras yo no llame; pero es necesario saber lo que ha sucedido, y voy a llamar. Giaconw Barbarizo se dirigió a una puerta, la abrió, v dijo: -Señor César Malatesta, haced que entre el ¡efe te los esbirros que me acompaña. Vos, Elena, retiraos y tenedme por despedido de vos, porque voy a salir al momento de vuestra casa. -Adiós, monseñor- -dijo E l e n a- espero que mañana, cuando vaya a visitaros, me recibiréis. -Id antes de la hora de! Consejo para que vuestra visita no robe tiempo al Estado. -iré a las nueve de l a mañana. Adiós, monseñor. -Adiós, Elena. Y Elena salió del salón. Poco después entraba en él Brachioforte, que se detuvo, sombrero en mano, a una respetuosa distancia del senador. ¿H a sido preso el hombre que ha huido a nuestra llegada? -preguntó Barbarigo. -No, monseñor; ha muerto uno de los esbirros, se ha arrojado en el canal y ha perecido entre el fango; ningún esbirro le ha visto aparecer de nuevo después de haberse arrojado, y los gondoleros, que conocen muy bien el estado de ¡os canales, han declarado que e! que se arroje al cana! en el punto por donde ese hombre se ha arrojado a él, deberá necesariamente perecer. -M á s vale así- -dijo profundamente Barbarigo- pero, en cambio, se habrá preso al sacristán menor de San Marcos. -Estamos de desgracia esta noche los que acompañamos a monseñor. Nicolino Razzi, que era uno de los más terribles esbirros del Consejo de los Diez, estaba prevenido; ha herido a los dos esbirros que habían ido a prenderle y ha escapado. -Q u e se le mate donde se le encuentre- -dijo fríamente liarbaiíijo. no pagar en buena moneda los servicios que hubiera debido a Venecia. ¿Sabéis, monseñor, que quisiera deciros una cosa? ¿Y cuál, hija, mía? -Me dan miedo vuestro ilustre nombre y vuestras canas, monseñor. -Habla, habla libremente, Elena; todo puedes decírmelo, porque yo soy uno de esos viejos que son siempre indulgentes con la juventud. -Yo creo, monseñor, que tenéis en gran parte la culpa de la situación en que se ha colocado el corsario tunecino. ¡Yo! Si, vos; ¿por quién han venido a Venecia, llamados por mí, el cardenal Montalto y el fraile agustino Miguel de los Santos, trayendo consigo el rescripto de Clemente V I I I que decreta la anulación de! matrimonio de Gabriel de Espinosa, o del Rey don Sebastián de Portugal, con la mora convertida doña María de Souza? ¿En quién recae el prove- cho de esta anulación sino en vos, que por el casamiento de vuestra hija con ese Rey misterioso la veréis un día Reina de Portugal? -E s a ha sido una oficiosidad del Papa, que ha cedido a la solicitud de Gabriel de Espinosa creyendo que mi influencia en los negocios del Estado bastaría para llevar en un breve término al trono de Portugal a! Rey don Sebastián, suscitando por esto grandes d i ficultades al Rey de España don Felipe I I a quien Roma quisiera ver reducido a la impotencia. Esta debilidad, que consiste en creer que yo antepongo mis intereses a los intereses de la patria, ha enemistado contra nosotros y ha hecho ser imprudente a AhenS hariar, y le ha obligado a incurrir en delito de traición. Os habéis equivocado todos, incluso el Rey don Sebastián, respecto a m i si yo no hubiese prescindido completamente de mi hija, si yo no me considerase ya solo en el mundo, si Estéfana mereciese el amor y la protección de su padre, yo, como padre y como caballero, me hubiera opuesto con todas mis fuerzas al casamiento de Estéfana con ei Rey don Sebastián. -Ü s hubiera halagado, sin embargo, el engran-
 // Cambio Nodo4-Sevilla