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amistoso que alegar ante l a bondad de A l fonso K a r r le escribían pidiéndole flores. Y aquel niño grande, fantástico arbitrista, fatigado de escribir, cohibido en su p r o ducción por l a ridicula tiranía de N a p o león III y las oligarquías políticas de su Corte, y más que eso, por la vil indiferencia del pueblo, concibió la idea de trocar el cultivo de las letras por el cultivo de las flores. Y arrendó tierras, y tomó criados, y adiestró mujeres, que prepararon cestas, r a mos y guirnaldas, y puso en la entrada de su establecimiento una cartela, que decía: ALPHONSE TARDINIER KARR A l cabo de ellos; el amor de las letras renació en su corazón. E l 27 de enero de 1868 dirigió a Charles Iriarte, que escribía la crónica en Le Monde lüustré, la s i guiente c a r t a A m i g o mío: H e abandonado u n comercio, cuyo éxito me arruinaba, primero porque me impedía escribir, y segundo, porque mis flores, es verdad, ganaban mucho d i nero, pero este dinero no llegaba jamás, a mis manos. Después de catorce años de estancia en N i z a me he retirado a San R a fael, en una antigua casa, a orillas del mar. L a llamo C a s a cerrada Espero veros en ella algún d a. E s el más delicioso lugar del mundo, pero no lo propaléis. T e n g o un j a r dín y una barca. A ú n cuido flores y pesco diariamente, pero ya no me queda otro porvenir que la prosa. T o d o vuestro, Alfonso Karr. También a Saint- Raphael llevó el sortilegio de fecundidad, de creación, de engrandecimiento con que lo vivificaba todo su i m a ginación. E r a u n minúsculo refugio de pescadores... L o s bosques- -escribe el mismo Karr- -descienden desde la cumbre de las montañas hasta el borde del mar. U n semicírculo de estas montañas y dos islitas de pórfido rojo encierra ante el pobre caserío una espléndida rada, convirtiendo el mar en un tranquilo lago. E s una gigantesca amatista incrustada en una inmensa esmeralda... T r a s Alfonso K a r r acudió a S a i n t- R a phael el pintor H a m o n que había v i v i d o veinte años en Ñapóles y C a p r i y luego él pintor Felipe Rousseau y otros artistas y burgueses adinerados, y fuéronse alzando casas lujosas, y villas, y hotelitos, y palacetes. A l f o n s o K a r r había llegado a los ochenta y dos años, pudiendo contemplar el engrandecimiento que creara en P r o v e n za su iniciativa y su acción afanosa. Cada día, después de escribir, todavía con la l o zana imaginación de su juventud, se embarcaba en su lancha y remaba hasta llegar al lugar donde tenía tendida su red de pescador. L e acompañaba un chiquillo solamente, que le ayudaba a recoger las piezas prendidas en las mallas. Y volvía a su hogar, ufano de llevar, ganada con el sudor de su frente, la comida que apetecía. U n d: a, en esta excursión sorprendióle una tormenta. Regresó calado de lluvia y temblando de frío. A traición le hirió la muerte, rindiéndole con el certero tajo de la pulmonía. Y en su cortejo fúnebre fueron los aristócratas, los artistas, los príncipes rusos, u n M o n a r c a balcánico destronado, los hoteleros, los jugadores, el monde y el demimonde, que la iniciativa y la propaganda de A l fonso K a r r habían logrado congregar en la Costa A z u l mezclados con los pescadores de San Rafael y los jardineros de N i z a que tuvieron al novelista y cronista por c a marada de profesión y compañero de oficio. DIONISIO PÉREZ Lanzada la moda en París de tener claveles, rosas, camelias, nardos, violetas, geranios y jazmines, en diciembre y enero, fué l a demanda superior a la producción. Precisamente, en aquellos días parecía extenderse una maldición del cielo sobre l a tierra feraz d e P r o v e n z a agonizaban los viñedos, devoradas sus raíces por la filox e r a desmayaban los recios brazos de los olivos, carcomidos por un hongo, que los ennegrecía, y en los almendrales las flores dejaban caer sus hojas y sus ovarios, sin fecundar... Fué una fiebre, que transformó en pocos meses las colinas que se escalonan desde Marsella a Mentón... L a s arboledas y viñedos se convirtieron en jardines, y la Costa A z u l junto a la esmeralda del mar, se cubrió de u n perfumado tapiz multicolor. L a industria creada cogió al pobre A l f o n so K a r r y lo encadenó en el engranaje de su mecanismo. Estímulos de amor propio ante los competidores que surgían le obligaban a levantarse al amanecer, dirigir l a corta de flores de cada día y la preparación del embalaje y la expedición al ferrocarril, y luego había de cuidar las nuevas plantaciones, y, finalmente, despachar la correspondencia y llevar la contabilidad. Cualquier retraso en el transporte, cualquier queja de un cliente le producía inquietud y preocupación. E n estudios y en ensayos y en intentar perfeccionamientos gastaba muchas veces más de lo que valían las flores producidas. A u n así, fué jardinero, exclusivamente j a r- A L F O N S O dinero, nueve años. KARR, E N SU DESPACHO MAISON CLOSE D E LA (Reproducciones de grabados de l a época. LA RESIDENCIA D E I N V I E R N O D E L FAMOSO N O V E L I S T A E N NIZA
 // Cambio Nodo4-Sevilla