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De la Europa tenebrosa. E L CASTILLO DE O U D E B U R G T R Á G I C O DE LA TORTURA FLAMENCA Perder un tren en Bélgica no es una molestia enojosa. Cada media hora encuentra el viajero un convoy en cualquier dirección, que le resuelve cómodamente el problema de la locomoción. Por eso cuando vi partir el ferrocarril que debía conducirme a Gante no sentí ninguna inquietud. Al poco rato salta otro, y cuarenta minutos- después entraba en la bella metrópoli de la Flandes oriental. La fisonomía de los pueblos es igual a la de los individuos; y así como hay personas que con solo mirarlas resultan simpáticas o antipáticas, hay también poblaciones que ofrecen agrado o desagrado con el simple examen de su entrada. Y la entrada en Gante es simpatiquísima; la despejada plaza que nos recibe al salir de la estación, la suntuosidad de los edificios próximos, la animación del tránsito y el carácter amable de cuantas personas tropezamos cautivan el ánimo del visitante. Acaso esta impresión favorable obedezca a un recuerdo patriótico, al considerar el españolismo de esta urbe gloriosa que d a i o nuestra ratria uno de sus más poderosos Soberanos: la sombra de Carlos I acompaña al turista que olfatea en el jardín de la Historia. Dos fines motivaron mi viaje a esta ciudad magnífica: conocer el famoso castillo de Oudeburg, llamado de los Condes, y estudiar la soberbia colección de su Museo universitario; ambos encierran alto interés médico- histórico. Para dirigirme al castillo hube de preguntar por el lugar de su emplazamiento a un muchacho, y esta operación insignificante púsome en antecedentes de algo que en concreto ignoraba, pero que comencé a sospechar durante mi permanencia en Amberes. Era un chiquillo como de unos doce años, bien trajeado y con aspecto de colegial. Dirigíle la pregunta en francés y el MUSEO PUERTA D E ENTRADA A L CASTILLO D E OUDEBURG, MANSIÓN SINIESTRA D E T RA. Oí CAS AVENTURAS muchacho se me quedó mirando con expresión estúpida; repetí la pregunta y... nada. Sospeché si estaría mudo el sujeto; pero un transeúnte dé aspecto venerable, que se apercibió de mi infructuoso interrogatorio, vino a explicarme la mudez. -Caballero, cuando desee usted saber algo de este pueblo pregúntelo a una persona mayor. Estos chicos desconocen el francés; no haMan más que el flamenco. Luego supe la gran lucha que en Bélgica se ha entablado entre el idioma oficial y el nacionalismo flamenco; casi ningún jovenzuelo habla ya el francés; por eso me aconsejaban que preguntase a personas de más edad, que son las que todavía lo conservan. -Antes de veinte años la población flamenca habrá absorbido a la walona- -me decía más tarde un ilustre profesor de la Universidad- Los padres ya no enseñan a sus hijos otro idioma que el nativo. Llegué al castillo de ios Condes. Su inmensa mole refléjase en las aguas de un canal con imagen siniestra; es la fábrica abrumadora que recuerda los tiempos medievales sombrío gigante de piedra que en estas calles modernas es como una supervivencia de la Flandes tenebrosa. ¡Cuántos terribles misterios guardan sus muros ciclópeos festoneados de musgo! El lector que haya oído hablar mil veces de la crueldad española creerá tal vez que este caserón horripilante es algún monumento inquisitorial alzado por la tiranía de nuestros Carlos y Felipes para supliciar a sus vasallos protestantes. Pero tranquilícese. No hay ningún reproche para España. Estas piedras encubridoras de tormento fueron colocadas po ¡r los mismos flamencos BELLÍSIMA SALA D E AUDIENCIA, E N L A QUE LOS CONDES DE FLANDES PARLAMENTABAN CON LOS SOBERANOS D E EUROPA CABALLERIZAS Y CUEVA D E LA TORTURA, DONDE SE SUPLÍ CIABA A LOS REOS HASTA ARRANCARLES SU DECLARACIÓN