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bajo el reinado de su primer conde B a l d u i no, llamado Brazo de Hierro, hacia el año 868. L a s víctimas innumerables que hallaron la muerte entre sus muros impasibles no gimieron bajo el torniquete español, sino que sucumbieron a las torturas de sus paisanos muchos siglos antes de que nuestros Austrias vinieran al mundo. Este castillo es un museo de tragedias. Por fuera presenta bellas líneas de residencia placentera. P e r o interiormente causa una sensación de espanto; parece que sobre ia cabeza del visitante v a a desplomarse l a pesadumbre siniestra de once siglos. L o s estrechos y obscuros corredores, lo mismo que los húmedos y solitarios subterráneos, hablan de crímenes y tormentos. H a y una sala, llamada por su forma le Carré, cuya historia pone los pelos de punt a allí se aplicaba a los reos la tortura del collar L a técnica no podía ser más espeluznante colocábase al infeliz sentado sobre un trípode; sus pies, sin llegar al suelo, eran atados en la base del taburete, y los brazos, sujetos a l a espalda mediante unas cuerdas, se distendían con un peso gradualmente aumentado. E n torno del cuello aplicábase un collar de hierro de ocho a diez centímetros de altura, provisto interiormente de u n centenar de agudas puntas. E l instrumento de tortura, que aún se conserva, estaba mante- LAS B E L L A S L I N E A S E X T E R I O R E S D E L C A S T I L L O D E LOS C O N D E S E N C U B R E N U N INTERIOR D E ESPANTO tenimiento de los verdugos, que colocaban candelillas encendidas entre los dedos de los condenados. Hasta hace pocos años esta tradición de espanto sólo se probaba por la lectura de documentos de la época; pero en 1904, con motivo de una remoción de tierras verificada en el castillo, descubriéronse dos esqueletos humanos, que por yacer en el mismo lugar de la tortura se ha comprobado que ertenecen a dos infelices supliciados. E n a actualidad estos despojos anónimos ofrécense a l a vista del visitante como fúnebre testimonio de su pasado horrendo. Imposible avanzar por el castillo sin experimentar u n escalofrío de terror. Parece que nos persigue la mano del verdugo encapuchado. tHay que apresurar la salida y respirar el aire de la civilización para l i brarse de l a sensación opresora que agarra nuestro pecho. S i España poseyera u n edificio de esta naturaleza, figuraría en lámina llamativa en todas las historias del mundo. ¡O h el país del c r i m e n! Pero aquí, donde no hemos tenido una Bastilla, no podemos cargar con el sambenito de una legendaria crueldad. DOCTOR ALBIÑANA Í PLANTA BAJA D E L A P R I M I T I V A FORTALEZA, MANDADA EDIFICAR E N E L SIGLO IX POR E L C O N D E D E B A L D Ü I N O nido en l a misma posición merced a unas cuerdas sujetas a varios ganchos fijos en las paredes de la sala. Mientras el paciente conservaba la cabeza en posición elevada, el collar no le causaba molestia alguna; pero cuando la fatiga o el sueño le obligaban a bajarla, ¡as afiladas puntas metálicas se clavaban en la carne. L a mayor parte de las víctimas no resistían más de tres o cuatro horas a este tormento; pero hubo casos en que resistieron diez horas y hasta tres días, sucumbiendo al fin degollados por sí mismos. L a prisión subterránea del castillo, que tiene cinco metros y medio de profundidad, data, aproximadamente, del año 1200, y es comparable por su disposición al cárcer construido por A n c o M a r c i o en el siglo v i l antes de Jesucristo, y que todavía se enseña en Roma a los turistas. L a C u e v a de la t o r t u r a es u n inmenso, subterráneo, gélido y sombrío, donde se encerraba a las víctimas completamente desnudas, pasándolas súbitamente al fuego. E n ella puede verse una pieza destinada al tormento del agua, consistente en la inundación del cuarto hasta ahogar a la víctima, imposibilitada 1 K encontrar salida. Aún quedaban los suplicios de la rueda, del potro y de la oW. sin contar el entre- DORMITORIO D E L O S C O N D E S D E F L A N D E S E N E L C A S T I L L O D E O Ü D E B U R G TRUIDO E N E L AÑO I I 8 0 RECONS-
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