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ABC. M A R T E S 22 D E O C T U B R E D E 1929. EDICIÓN D E ANDALUCÍA, P A G 33. INFORMACIONES Y NOTICIAS TAURINAS E n Sevilla. L o s faroles, a su tiempo... zos. E n V i s t a A l e g r e otras plazas. EN SEVILLA L o s faroles, a su tiempo... L a leal y reñida competencia de Cañero y Nuncio puso en la corrida de ayer los únicos episodios de amenidad con que se animó la gente en el larguísimo transcurso- -dos horas y media, no más- del espectáculo. T a n sólo el aliciente que ofrecía aquel pugilato en lidia tauroequina hizo que la pinza estuviera más concurrida qtie de costumbre: los elementos convocados para la lidia usual no podían, en verdad, ser menos atrayentes Cada uno de los rejoneadores hizo en los tres primeros toros de los señores Pérez de la Concha una prolija exhibición- -gustosa a veces, que eso del rejoneo es pesado y monótono en definitiva- -de su peculiar manera: el señor Cañero nos brindó de nuevo la nota de tipismo andaluz que hay e. n lo campero de su traza de caballista; y su émulo tornó a ofrecer el contraste que existe entre lo ceremonioso de su indumento y la movida alegría de su estilo de lidiador escuestre. E l primero, sobrio, adusto, diríase que traduce al toreo hípico las normas seriotas de la escuela rondeña; el E n M a d r i d Fiestas de retaZaragoza. E n E n Tetuán. T o r o s en Cádiz, Novilladas. suplió la ausencia- -o lo remoto, al menos- -del riesgo con la emoción suprema de lo bello. E l bicho comenzó un poco tardo; pero pronto se decidió- -como tocado del floreado bullir de la jaca- -a correr animoso tras el bridón, como si quisiera par- E n el toro siguiente, en puntas, los dos artistas compitiendo en destreza, clavaron muy bien cuatro rejoncillos, que la gente aplaudió de buena gana. Con los de muert e r í a fortuna no les acompañó... Pesadez, desacierto, aire de campo de batalla sobré el anillo, sembrado de aceros, y durante un largo cuarto de hora, un fuerte olor a carne mechada... Muy bien eso del rejoneo. ¡S i fuese más breve... E l sobresaliente, Juan Caballero, a quien el embolado cogió muy a su sabor, demostró en aquel toro y en él siguiente una i g norancia ejemplar. Menos mal que estoqueó con facilidad, prontitud y arrojo. L a lidia ordinaria, de lo más ordinario que puede verse... E l Palmeño hizo poco. E s o sí: lo poco que hizo, bastante malo. E n su primer toro- -nervioso y de estilo incorrecto- -no se confió al. torearle de capa, si bien más tarde, estimulado por los aplausos que oía Maera por un buen quite, entró al suyo con denuedo, tirando un farol notablemente embarullado. L a faena de muleta, por la cara, y aguantando poco, remató con la. desdichada ocurrencia de citar a recibir entre la 1 suerte contraria y la de al- hilo de las tablas- N u n c i o banderilleando a dos manos Cañero corriendo a l toro primero chiquero desdé el ticipar en la travesura de sus juegos. E n tre gentiles corvetas, -braceos airosísimos y cambios sorprendentes en la misma cabeza, la docilidad y valentía el noble caballito permitió a su jir te rejonear una, dos, tres veces, en el hoyuelo de las agujas y- clavar luego, a ¡yia mano, un soberbio par de banderillas. O t r a jaca- -ía más torera y d i e s t r a- nuevos primores del caballero, que pasa sin clavar ante el toro, alzando los brazos con ei ritmo y gallardía con que adornan la suerte los grandes banderilleros. Por fin, un par soberano, que lalumbfa una gran ovación. Sigue a la proeza un rejón de lanza, que, aunque, bien señalado, no mata. Y el caballero se retira entre aplausos. O S E L I T O -D e los tres caballeros, er que me ¿m ha gustao e er sobresaliente Caballero. ¡Qué m a n e r a de sobresalí! ¡E r C a b a l l e r o del a i r a na m a! caballero lusitano, en cambio, parece rendir culto, sobre los ágiles floreos de su jaca, a la movida ductilidad de la escuela sevillana. Cada cual, entre sus espectadores, elija a tono, con su manera de concebir, y de sentir, la fiesta e toros. 3 E l cordobés actuó en el primer bicho de kv tarde, que le duró bien poco- ¡siempre así- tras vistosa y valiente preparación- -corríase el toro con las astas desnudas- -un rejoncillo en lo alto, y en seguida otro, e n e l cuello, de consecuencias tan desagradables para el agredido, que el pobre dobló, mientras el Caballero iba por otra jaca. A l vérselo otra vez delante, la bravísima res aún; tuvo fuerzas, en su agonía, para i n corporarse, vacilante, sobre sus patas, tratando de acometer a la cabalgadura. A- l o s pocos pasos caía sin puntilla, agotada en el último aliento de su fiereza. L a lidia del segundo, embolado, estuvo a cargo áe Nuncio. Naturalmente, faltó lo que, es alma y esencia de la fiesta brava a la ¡española: la sensación del peligro... ajejio. N o obstante, el caballero portugués E L CUARTO TORO ASOMÁNDOSE A L CALLEJÓN. ¿Pero qué hacen aquí tantos permazos? todas las desventajas para sí- -cuando el -bicho se hallaba a M defensiva. A la acometida del bruto sucedió, en la decisiva; fracción de segundo, el fatal titubeo del espada y al titubeo, la cogida, emocionante y seca. Quedó el torero inmóvil sobre l a arena; lo llevaron, en brazos a la enferme- ría, y un buen rato después nos decía el! parte facultativo que se trataba de u n a h e- rida inciso- punzada en el tercio superior de la cara interna del muslo izquierdo, que interesaba la piel, tejido celular, aponeurosis y músculo; menos grave, por fortuna, de lo que todos habíamos tenido. A Maera le faltaron ánimos para h a cerse d e u n buen cartel. U n par de quites, por verónicas o faroles, alguna verónica deshermanada, y nada más. Le tocaron dos toros- -el segundo y el cuarto- -mansotes, pero fáciles, por sa falta de malicia y de brío, para haber obtenido lucimiento con sólo poner el torero de su parte el coraje que no tenían sus enemigos. Maera, soso e indeciso, no supo hacerlo. N i en aquello toros, ni desde luego, en el tercero, que, sumamente nervioso, ha-