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La República, por las investigaciones que ha hecho, -oree que sí; pero es tan extraña la historia de este hombre, que toda investigación es insuficietfá para llegar al esclarecimiento de la verdad. -A vos os t, oca contestar, fray Miguel de los Santos- -dijo el cardenal Montaltó- y comprendéis y habláis- bastante bien el italiano para poder contestar a ráofiseñor Barbárigo. -Monseñor- -dijo respetuosamente fray Miguel de los Santos- r- en Portugal no se ha: creído nunca en la muerte del Rey don Sebastián; nadie había visto su cadáver en un estado y de una mafiera tal que les convenciese de que su Rey había perecido realmente en la Batalla dé Alcazarquivir; todo había que temerlo yt que sospecharlo de la astucia del Rey Felipe II, a quien, como tío del Rey don Sebatián, habiendo muerto éste sin hijos, correspondía por he- -rencia el reino de Portugal. ¿Sois vos portugués? -dijo fríamente Barbárigo. -Sí, jnónseñor- -contestó fray Miguél de los Santos- soy vicario del convento de monjas de Núes- tra Señora dé- Gracia, en la villa- dé Madrigal. Creo qué en ese monasterio hay una monja que tes infanta le España, sobrina del Rey don Felipe, y que sis llama doña Ana de Austria. Efectivamente, monseñor. Cre p, también que la señora doña Aña c r Austria sabe que el Rey don Sebastián no murió én la batalla je; Alcazarquivir, v que esta señora sabe todo esto por el vicario de su convento, con quien han trabado relaciones ciertos señores portugueses enviados ü la vitfa de Madrigal por él infante don Antonio, irnplenieñpÉe porque en- un convento- de esa villa hay aria monja que se llama doña Ana de Austria, con ra cualV andando el tiempo; y según- se presentasen los hegorjós, podría casarse el Rey don Sebastián, mediando siempre una dispensación de los votos de la- religiosa y un nuevo repudio de. la. esposa que entorte ¿uVrese Gabriel de Espinosa. Fray, Miguel no contestó, sino que se quedó mírandó cOn e upor a Giacomo Barbárigo, como diciéndole co sü mirada: Cónío es que sabéis tanto acerca de este negocio? -Venecia tiene amigos hábiles en todas partes- -dijo Barbárigo, contestando a la mirada de fray Miguel de los Santos- y cuando se tienen amigos hábiles y se les facilitan todos los medios para que puedan adquirir la verdad, la verdad se sabe; sábese, pues, señores, que vos, fray Miguel de los Santos, habéis ido a Roma como obedeciendo a un mandato del general de vuestra Orden, pero realmente para el asunto del pastelero de Madrigal. ¡El- pastelero de Madrigal! -dijo con asombro fray Miguel de los Santos. -No os maraville- -dijo Giacomo Barbárigo- -que el Consejo de los Diez conozca todos estos- pormenores; cuando nos importa conocer bien un secreto, le conocemos por la misma persona que le cree profundamente guardado; resulta de esto que todo lo que se ha dicho del casamiento del Rey don Sebastián de Portugal con Estéfana, no ha sido más que una farsa a que se ha prestado Roma, creyendo procurar por este medio una fuerte protección al Rey don Sebastián. Así pues, creo que, siendo esto inútil, debe por hoy darse un sesgo al repudio de doña M a ría de Souza, porque este paso ahora sería muy imprudente y podría hacer fracasar los proyectos del ¡Rey don Sebastián. -Roma me ha enviado a ponerme de acuerdo en esta parte con Venecia- -dijo el cardenal Montalto- Yo, por consecuencia, de ninguno mejor qué del prudente, y anciano Barbárigo puedo recibir consejos, instrucciones y aun órdenes, -Creo que por ahora hemos concluido, señores- -dijo Barbárigo- y podemos salir de aquí para que os volváis al palacio de los Conti. Dicho esto, el anciano senador se levantó y salió del salón con el cardenal Montalto y fray Miguel de los Santos. Al salir de las prisiones del Estado con el fraile y con el cardenal, Barbárigo hizo sacar de su encierro a Giuseppe Basili, mayordomo de Elena Conti, y mandó al esbirro, que estaba en la góndola, llevase al. cardenal, al fraile y al mayordomo al palacio Conti. Después Barbárigo se perdió por las obscuras y; estrechas escaleras de las prisiones del Estado, murmurando:
 // Cambio Nodo4-Sevilla