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ACADEÜIA C A U T O S ShM B E R N A R D O 2 MADRID. Ingenieros, arquitectos y sus ayudantes respectivos. 22 profesores. Internado. TOME NOTA en los Casinos, en las fábricas, en todas partes donde haya una reunión. es siempre la. Lotería de la suerte. No deje para ultima hora la compra de su billete para el gran sorteo de Navidad. Pídalo hoy mismo, y así evitará dificultades y no dejará escapar su suerte. Remite a provincias y e! extranjero, desde un décimo. Cuenta corriente en los Bancos Hispano- Americano, Español de Crédito y de Avila. Teléfono 12802. rta del S o l 6. L, VaSdés. M A D R I D Sffi OPOSICIONES A A D U A N A S e es el INSTITUTO REUS PRECIADOS. 23. MADRID. Tenemos internado. Tres últimas oposiciones obtuvimos 47 plazas. üíMiPlíftiüEf! ñ Efüf llüíi A Preparación en las clases y por correspondencia, programas y contestaciones en el anr w w l v l l D n l E H E U U E L H V tiguo y acreditado INSTITUTO REUS PRECIADOS, 23, MADRID. 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Feliciano Canto, calle del Miño, 28, Lugo. 11 0 icoa 414 1 F E R N A N D E Z iY G O N Z Á L E Z EL PASTELERO D E MADRIGAL 413 pública ha j pretendido prenderme como se prende a un traidor, cuando mi única traición ha consistido en usar de la autoridad que se me había confiado en pago de inapreciables servicios prestados a Venecia, no para hacerla, traición, sino para salvar a las personas a quien amo. Y o no puedo someterme a la recelosa vigilancia del Consejo de los Diez, y me declar o libre y completamente separado de Venecia. A h o r a bien; en Venecia quedan la sultana Sayda M i xian, su hija Gabriela y su esposo Gabriel de E s p i nosa; si sucede la menor desgracia a cualquiera de esas tres personas, si se lleva a efecto el decreto de anulación del matrimonio libre y espontáneamente contraído por Gabriel de Espinosa con la sultana jSayda M i n a n yo no respondo de las consecuencias; ¡si por ello Venecia no protege a Gabriel de Espinotea, a Sayda M i r i a n y a su hija, no podrá salir del puerto de Venecia, n i de ninguno de los puertos venecianos, un solo buque que no sea perseguido por los buques tunecinos. Meditad bien, monseñor, l a importancia del aviso que os doy y el consejo de que dejéis en libertad de obrar fuera de Venecia, ayudándole para ello, al Rey don Sebastián. A pesar de todo y de que estoy resuelto a cumplir lo que en esta carta aviso, soy siempre vuestro- amigo, monseñor. -El emir Mohanmed- Yhaye- ben S hartar. Cerró esta carta el Corsario, y la entregó a César ¡Malatesta. -V a i s a volveros a Venecia- -le dijo Aben- Shar i a r- pero como mis gentes han sufrido mucho en la toma de vuestra galera, es muy justo que sean de alguna manera recompensados; entregadme todo el dinero que haya a bordo y la bandera de la República, que. tan mal habéis sabido defender. -Antes me dejaré hacer mil pedazos que entregar por mí mismo ese depósito de honor que se me lia confiado; apoderaos vos de él, como os habéis apoderado de la galera, y no hablemos más de esto. -Es verdad, bastante tenéis con lo que os ha sucedido; quedad con D i o s yo os quitaré por mi mismo esa bandera, señal de mi triunfo sobre V e n e c i a y en cuanto al dinero, mis hombres sabrán encontrar el que haya a bordo. Adiós, y respetad mucho a doña ¡María de Souza y a Gabriel de Espinosa, porque si no os encontraréis frente a frente con mi venganza. Y Aben- Shariar salió, apenas dichas estas palabras, de la cámara, y luego pasó a su galera, que a ú n estaba aferrada a la galera veneciana. U n a hora después, todo lo que habían tenido que hacer en ella los corsarios estaba hecho; esto es, l a bandera de la República y cuanto existía de valor en la San Pedro y San Pablo había pasado a bordo de La Leona, que se había puesto en franquía y bogaba en alta mar. CAPITULO XII O CHO días después, al salir el sol, una hermosa mañana, La Leona echaba el ancla en una ancha cala de la isla de Corfú. Las tierras que se veían en torno estaban esmaltadas con el verde amarillento de los viñedos, y las colinas con el verde obscuro de los naranjos y de los limoneros. Frente al anclaje de La Leona se veía una larga hilera de pescadores casi desnudos, que tiraban lentamente del copo cantando a una un ¡a y! cadencioso y monótono. Sobre la playa se veían varadas una multitud de negras y curvas lanchas, y en rnedio de ellas, como una gallina entre sus polluelos, una gran almadia de dos proas, con dos palos y dos bandas de remos. A un tiro de fusil del rebalaje, o, por que nos enciendan, del lugar de la playa donde llegaba la ola, había una casa extensa, blanca, bella, armónica, de un solo piso, con celosías en sus ventanas turcas, y cubierta por un terrado, cuyo antepecho estaba coronado por tina hilera de macetas con flores. Esta casa estaba rodeada por hermosos árboles frutales, en torno v más allá de los que se veía un bosque de altas, esbeltas, elegantes v flexibles palmeras, que se mec í a n blandamente al impulso del viento de l a maña- na. L a luz era dorada, alegre, oriental, en una palabra. Todo era bello, todo riente, todo encantador. E n los repechos de las colinas se veían rebaños de ovejas y de cabras, cuyas esquilillas sonaban confusamente, produciendo un rumor especial, que se mezclaba al largo y sonoro gemido del mar. P o r lo