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MADRID- SEVILLA 26 O C T U B R E 1929. SUELTO 10 DE NÚMERO CTS. CERCANA A T E T U A N SEVILLA DIARIO DO. ILUSTRAVIGÉ AÑO S IM O Q UINTO N 8.372 M R E D A C C I Ó N P R A D O D E S A N S E B A S T I A N S U S C R I P C I O N E S Y A N U N C I O S MUÑOZ O L I V E LA REINA O U E Q U E RÍA VIAJAR Ante unas declaraciones sensacionales A l leer las telegramas en que se daba cuenta de esas declaraciones de la Reina María de Rumania, que han suscitado una crisis política, he evocado la mañana en que- -hace unos meses- -tuve, con oíros periodistas que visitaban el castillo Real de Suiaia, el honor de serle presentado. Aquel abrupto rincón de los Alpes transilvánicos, poblado de árboles viejos y gigantescos, comenzaba a ornarse con los oros del otoño. En lo alto de una colina, al remate de un camino que asciende entre pinos y abetos, está el palacio, construido al estilo suizo, con la armadura de madera visible y los cris- tales de las ventanas emplomados. Lloviznaba cuando nos agrupamos en las escalina tas de la terraza que adornan estatuas de mármol. Y sin otra ceremonia ni espera que unos minutos en 1 hall revestido de nogal tallado, pasamos al salón donde la Soberana nos aguardaba en pie, entre las dos princesas- -la hija gentil y la nuera desventurada- como ella, vestidas de negro. Hábito de dejarse contemplar, instinto plástico, o simple e intuitiva gracia femenina, las tres figuras formaban un grupo tan armonioso, tan bien compuesto, que antes que por su regia condición nos imponia por esa suerte de intimidación que ejerce la belleza pura. Siluetas señoriles, aun sin la sombra invisible de la Corana. Y ante ellas, rubio, vestido de rosa- -por excepción en el luto aquel día- refrenando su curiosidad y su locuacidad con esfuerzo, el Rey Miguel, un Rey a quien de buena gana habríamos besado, por razones distintas de las protocolarias, la mano que nos tendía; un Rey que todavía no tenía cinco años. Todo el mundo conoce el rito de esas presentaciones palatinas, en las que se desiiia en grupo ante una Soberana, que tiene para cada visitante una palabra halagüeña, más o menos discreta. No había motivo que me hiciera esperar trato distinto. Pero al pasar ante ella me detuvo con gesto amable. -Español? -Español, señora. Calló un mstante. Y luego habló como para sí misma: ¡Cuánto deseo ir a España! Tengo mi hermana allí. Es un viaje muchas veces proyectado, y demorado otras tantas por dificultades que surgen a úitima hora. Pero no pasará mucho tiempo sin verme en Madrid, en Sevilla... Y no era el deseo de lisonjear al desconocido que tenía delante lo que daba a su voz inflexión nostálgica, sino el anhelo de partir, que a menudo adivinamos en las almas fatigadas, -ese afán de evadirse de la vida habitual, grande o humilde, que hace soñar con otras tierras y otros cielos. Se ié cuenta. de que yo adivinaba, en lo que parecía cumplimiento trivial, su afán y su desaliento íntimos. Volvió a su rostro la sonrisa y siguió preguntándome afablemente sobre los progresos de nuestro país, de que tenía noticia. En este interrogatorio somero y ritual ya había recuperado su risueño hermetismo. Pero fué en las prime- i ras palabras v, más que en ellas, en el ges- brota. el petróleo o se extraen el carbón y to involuntario, en la mirada un instante la sal- las grandes masas de la población absorta, en la expresión abstraída y gra- rural se interesan en problemas menos absve, donde me había permitido, sin. sospe- tractos: rivalidades de raza, agobios o sacharlo, asomarme un instante al fondo de tisfacciones de la propia economía doméstica. De lo constitucional y electoral no se su pensamiento. ¿No es popular la Reina aquí? -pre- preocupan, sino por apremios y sugestiones de los patriarcas o sus agentes. Y así gunté a mis amigos rumanos. resulta que, en rigor, la máquina del su- -Sí que lo es- -me dijeron. Pero sin entusiasmo excesivo. Sin que fragio universal esta, de hecho, en poose formularse, dijérase que sobre ella pesa cas manos. Ni podría ser de otro modo donel reproche de la. conducta del hijo ausen- de hasta el último tercio del siglo xix no te, como si de algún modo le incumbiera se abolió la servidumbre. Hay, pues, para reinar, que ponerse de responsabilidad en la formación de ese carácter del príncipe Real, que prefiere la sa- acuerdo con los grandes vasallos, o ditisfacción de una aventura mediocre al cau- vidirlos y apoyarse en un grupo. Tarea dillaje de un gran pueblo. Solidaridad de compleja para una mujer, porque los boyarlas generaciones por la que a veces, son dos de ahora tienen mejores medios de aclos ascendientes quienes pagan las culpas ción y menos vulnerabilidad que los feudao las desgracias de los hijos. No que el des- les. Poseen periódicos, saben enardecer movío injusto se haga ostensible ni se defina mentáneamente a las muchedumbres con toen voz baja siquiera. Es más bien- cosa dos los espejuelos democráticos. Y en cuanimprecisa y difusa pero que la- insigne mu- to llegan al Poder tienden a repetir- -en el jer percibe de fijo, como se siente un des- mando efectivo y no en lo decorativo- a censo de la temperatura. historia de los mayordomos de Palacio. En Y por eso quería salir, aunque fuera tem- cada jefe hay un presunto fundador de diporalmente, en busca de más cálidos climas nastía, como la Reina dice; no sólo lo hubo cordiales. Porque, aun cuando posea muchas en Bratiano. Habría que someterlos, como cualidades viriles, templadas en la adversi- Isabel la Católica a sus magnates y obisdad, al cabo es una mujer que, en país ex- pos desmandados. Pero en su tiempo no había tranjero, tiene que defender, hasta contra Prensa, ni elecciones, ni en su reino Isabel las torpezas de su primogénito, el Trono y era extranjera. Por eso podía recurrir al verdugo en la Dinastía, Un Monarca provisto de la plena autoridad constitucional se vería apu- los trances difíciles. Para salir de ellos, la rado para reinar sobre un pueblo que hasta Reina María tiene que contentarse con el ayer estuvo disperso bajo múltiples sobera- sleeping- car o el automóvil. nías, y en el que la unidad es cosa reciente, JUAN PUJOL amenazada por toda, suerte de enemigos. Imagínense los obstáculos en que habrá de tropezar quien no ejerce esa función sino en precario y compartida. Considérense a A B C E N F R O N T E R A S la voz la indecisión y la debilidad femeninas, agravadas por las disensiones famiESLAVAS liares. Adivínense las lágrimas que el orgullo no permite mostrar. Y se comprenFiesta militar derá cómo en aquel palacio cobijado en el bosque alpino, a cuyas cimas llegan las bri La ciudad provinciana, pequeña y sosesas del mar Negro, una Reina viuda soña gadísima, porque sus habitantes carecen ba con los jardines de Sevilla. de la vivacidad graciosa y frivola de los Y es posible que algún día pueda volver a varsovianos, se recoge expectante. La novisitarlos, y ya sin el agobio de tener que che es plácida- -cosa extraordinaria llegapensar en él regreso. ¿Quién podría asegu- do octubre- y en las sombrías calles van rar lo que el porvenir reserva a esa Mo- apareciendo luces, iluminación de las ventanarquía? Pueblo generoso el rumano, diri- nas. Rumores espárcense en las rúas desde gido por una minoría diestra, lia resuelto la. plaza, evocadora de andanzas, pretéritas, muchos problemas, como el de la distribu- en la cual se congregan los habitantes del ción de la tierra, conforme a un concepto pueblo, aguardando a las tropas, que. desde de la función social de la propiedad que lo allí irán a recorrer la ciudad... Llegaron, se inmuniza contra el contagio comunista, no colocan en cuadro de dobles filas, suena la obstante la contigüidad de la frontera rusa. música y. comienza un acto sencillo y soPero, por debajo de la armadura política lemne; el ápél, el llamamiento, que constituoficial, lo que impera es un régimen de ca- ye una conmovedora costumbre militar. Reciquismo, o, si se prefiere, de patriarcalis- dobla un tambor; pide con imperioso tono mo, en que parece haberse transmutado y de- atención una corneta, y en las bravas mapurado el de los boyardos, prolongado hasta nos de los soldados arden antorchas. En 1864. Bucarest se asemeja a Madrid en mu- tonces el capi- án de cada batallón lee una chas cosas, incluso en la fiebre constructora, lista con nombres de soldados y oficiales. que levanta rápidamente barrios nuevos. En Aquella lista es orden de. presentación, el bullicio de las vías céntricas se codean un llamamiento de honor, y cuando a un las elegantes que se apean del Rolls- Royce nombrt pronunciado responden en cada con los vendedores ambulantes de cacahuete compañía: Muerto en el campo del hoen alpargatas. Lujo y miseria, restos de nor un es remecimiento de grandeza épiorientalismo, que son vestigios de la lucha ca levanta los corazones. Contiene un i con el turco o de la protección del mosco- finito sentimental el instante que precedí al vita. Y una vida política e intelectual ac- movimiento de las ílas de soldados que tiva, que mira hacia París como a un faro. avanzan con antorchas encendidas. Tras Mas en el vas o y rico territorio apenas cru- la Infantería van los jinetes gallardos, y la zado de líneas férreas- -llanuras fértiles del música, la cabalgata, los focos oscilantes Danubio, regiones forestales, zonas donde de las antorchas en la obscuridad nocturna 1