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N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO g g) g QUINTO. ABC EL NUMERO EXTRAOR D 1 N A R 1 Q 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMOs QUINTO. EL S E P U L C R O B A J O ÁRBOL M a d r i d es una de las grandes ciudades donde se trata c o n menos amor y confianza a los muertos. E s verdad que se Í e s p e r m i te dificultar el tránsito público en las o m i nosas procesiones que, mediada la tarde, suelen desfilar por las vías céntricas. P e r o se ve que, a cambio de esa postrera concesión ceremoniosa, lo que se hace es desterrarlos a las afueras, como huéspedes molestos de los que la villa desea desembarazarse. E s a horrenda necrópolis, en la que no hay el consuelo de u n árbol frondoso, v junto a ia que comienza l a estepa solitaria, es una prueba del escepticismo con que el español contemporáneo considera la hipótesis de la inmortalidad, no en el sentido de una existencia de ultratumba, sino en el de perpetuarse en la memoria y en el amor de los que le sobreviven. E n ninguna parte el hombre se muere tan completamente como en España. Cuando en otros países ha tenido alguna notoriedad, la huella de una vida no se borra al día siguiente del sepel i o parece que, al contrario, se hace más honda, por l a curiosidad con que bucean eri CEMENTERIO D E SANTA OLA VIA, ella apologistas y biógrafos, por el cuidado E N LONDRES con que utilizan papeles y Memorias, documentos y retratos, para reconstituirla. L a a los lugares familiares. E n el jardín saarcilla se disuelve en la tierra. Pero la fra- boyano de madame de Warens no se imagancia vital dij érase adscrita para siempre gina a R o u s s e a u muerto, sino ausente. ¿Cuántos adolescentes, en F r a n c i a no se enamorarán de madame Recamier todavía? E n ese viejo Londres que subsiste cerca de Fleet Street, en las cercanías del P a l a c i o de Justicia, ¿quién! que n o sea u n filisteo olvidará al doctor Johnson o al caballero Lovelace? E l mirador de m i comedor, en K e n s i n g íon, daba a u n jardín silencioso. T r a s los cristales asomaban su cima puntiaguda los cipreses. ¿A quién pertenece? -pregunté al propietario del piso. -E s 1 cementerio. C a s i estuve tentado de rescindir el c o n trato recién firmado. P e r o al asomarme, esperando l a visión funeral que haría imposible m i estancia en la casa aquella, no sé qué impresión de dulzura y de paz me r e tuvo. Apenas si se adivinaban las lápidas de mármol a la sombra de l a iglesia mohosa. E n torno a ella se extendía el jardín c u i dado, de verdes y húmedas pelouses y árboles añosos, cuya fronda parecía disolverse, evaporarse en la niebla. T r a s de la verja se alzaba el denso caserío del barrio londinense, trepidaban los trenes subterráneos, pasaban a millares automóviles y autobuses, la vida tumultuosa de l a g r a n metrópoli cercaba y acariciaba c o n su rumor el apacible CEMEKTEBIO D E ESCUTARI, E N CONSTANTINOFLA