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SAN BARTOLOMÉ (CEMENTERIOS DE LONDRES) SANTA CATALINA remanso de la muerte. Y la contigüidad de las otras mansiones lo eximía del vago horror que sugieren los cementerios solitarios. E n muchos otros rincones de la City y del Temple guarda Londres las cenizas de sus hijos. A l salir de una calleja, junto al torrente de vehículos que van en apretadas filas, se encuentra una plazoleta solitaria, en la que el tiempo parece haberse dormido, y en ella un grupo de árboles nostálgicos de sol, tres o cuatro desgastadas piedras tumbales, bajo las que se cobijan los huesos de jueces, clérigos, mercaderes o poetas sin fama postuma. Mudos testigos del pasado, nad e siente la tentación de ahuyentarlos con pretexto de higiene. Y la simple presunción de su presencia subterránea di j érase que otorga a esos rincones noble abolengo y misteriosa poesía. He vivido en París cerca del cementerio de Montrnartífc U n gran puente pasa sobre él, y la multitud afanosa del barrio lo atraviesa para ir a sus quehaceres. Muchas gentes desocupadas o románticas lo visitan a diario para ver los sepulcros de poetas o de músicos célebres, o de mujeres que viven aún en la novela o en la Historia. Ancianos que toman el sol en los días claros, parejas de enamorados que lo encuentran propicio como refugio para sus primeros diálogos, viudas en busca de aventuras. Se diría que estar sepultado aílí es como seguir viviendo; de tal modo la vida cotidiana invade aquel recinto, lo anima con su espíritu familiar, presta a los muertos ese calor y esa compañía que de fijo prefieren al respeto distante, máscara del horror y del olvido. Pero en lugar alguno esa coexistencia de vivos y muertos tiene la intimidad que en Constantinopla. Cada jardín es un cementerio, junto a las casas recatadas de Estambul o de Escutari; jardín con mármoles y rosas y cipreses. Muchas tardes luminosas en que el aire, sobre el Cuerno de Oro, estaba saturado de los perfumes del Asia, me perdía en el laberinto de las rúas que, a veces, desembocan ante una mezquita cuyo agudo alminar parece encendido como un cirio por la luz del ocaso. Rafael Mitjana- -a quien su oficio de diplomático permitía satisfacer los gustos de una sensibilidad y una, cultura exquisitas y cuvo prematuro fin lo hizo a ú n m á s inolvidable para quienes ie conocieron- -me descubría las bellezas y los secretos dé la ciudad, prendido ya en la seducción del Oriente. Las mujeres tur- B E L L O R I N C Ó N D E U N O L V I D A D O C E M E N cas- -todavía no se habían quitado el velo, pero. ya lo llevaban d é un fino tul, que permitía ver sus rostros sin dificultad- -elegían como lugar de paseo vespertino los cementerios. -Y a ve- -rae decía Mitjana- -cómo los muertos no inspiran repulsión aquí. Se les guarda al amparo de los árboles del jardín, cerca del hogar, como a verdaderos dioses lares. -1 ¿Qué es esto? -le pregunté un día. Porque en la losa de un sepulcro reciente veía un redondo agujero. -Es para plantar un rosal. ¿Y se hace así en todas las tumbas? Con un gesto me señaló las que alzaban en el jardín sus estelas adornadas con un turbante dorado. U n rosal florecía en todas ellas; un rosal, que iba trocando el pobre barro humano en color y fragancia; y así se despojaba la imagen de la muerte de su apariencia pavorosa y se hacía risueña la idea de metamor fosearse en el seno de la tierra para dispersarse al fin, no en polvo de carroña, sino en pétalos y en aromas. ¿C ó m o han conservado los turcos una costumbre tan bella? -le interrogué. -Q u i z á es una supervivencia bizantina. E n aquel jardín poblado de árboles, de flores, de siluetas femeninas e infantiles, cuyas conversaciones llegaban hasta nosotros, la proximidad de los muertos no causaba terror, sino melancolía. Porque no había ruptura entre la vida y la muerte. Aquélla no parecía cesar del todo, prolongada en formas vegetales, difusa en esa cosa sensible y, sin embargo, casi inmaterial, que es un perfume. Y tal vez todo sea igual después de muertos. Diógenes quería que dejasen su cadáver desnudo en un muladar, porque lo mismo le daba ser devorado por lobos o cuervos que por gusanos. Pero algo incoercible se rebela en nosotros contra la sequedad y el desvío de los supervivientes. No puede ser lo mismo reposar en esa siniestra necrópolis madrileña sin árboles, que dormir para siempre en aquel campo santo de Eyoub, bajo las rosas y los cipreses del Bosforo, lleno de voces y de risas femeninas, o en el pequeño cementerio de Kensin? ton, que la vida palpitante de una inmensa ciudad rodea y acaricia, y en el que el único ruiseñor que no teme a las nieblas de Londres va fielmente a desgranar sus melodías todas las noches cuando llega la primavera. r T E R I O M A D R I L E Ñ O (FOTO MURO) JUAN P U J O L
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