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traerse a la debilidad de medir los méritos por las jerarquías, estableció también distinciones en el reino de las sombras, y los cuatro véspilkmes que arrojaban a los pozos putictüi) el cuerpo del desheredado de la fortuna, formaba desalentador contraste con el hijo del patricio que al recoger el último suspiro del padre exclamaba mirando a los concurrentes: ¡H a v i v i d o! y entregaba el cuerpo a los polihictores eme le cubrían el rostro con la pasta llamada pollcn. E l cadáver permanecía siete días guardauo por un esclavo y luego se le traslaaana a la tumba o al ustrino, donde se hacía l a hoguera y se verificaba la cremación para guardar después las cenizas en el panteón de la familia. Algunos propietarios de viñas, precursores de las modernas sacramentales, vendían permisos a los pobres para establecer en aquellos terrenos sus depósitos cinerarios. L a llamada ley de las Doce Tablas prohibió en Roma el entierro de cadáveres en el recinto de las poblaciones, y debido a esta ley se enterraron en la vía A p i a los cuerpos de Augusto T i b e r i o y Domiciano. A las sangrientas ceremonias fúnebres de los romanos, en las que se vertía la sangre de los siervos y de los gladiadores, sucedió el triunfo del cristianismo y con él aparecieron los nichos en los que los cuerpos eran colocados en toda su longitud. E l hueco se tabicaba inmediatamente o se c u bría con una losa en la que figuraba alguna inscripción. L o s enterramientos se efectuaban en galerías, en las que se abrían espacios denominados cubículos. Cabían en ellos hasta doce cadáveres. L a red de galerías llegó a tener 1.200 kilómetros de extensión y, al decir del padre Marchí, constituía los cementerios o catacumbas de l a primera época del cristianismo. E l monograma de Cristo y la redentora C r u z substituyeron en estas nuevas tumbas a los adornos de los sepulcros paganos y a los objetos que pertenecieron al difunto, y. los templos levantados. para mayor gloria de Dios fueron otras tantas tumbas de la doctrina del gentilismo. E n estos templos se verificaron enterramientos que adquirieron un carácter sagrado, y a través de los años, aquellas humildes sepulturas cristia- América, especialmente en Nueva Y o r k ett el que hay doce, de los cuales, el más r e portante es el de Greenwoord, que niíde una extensión de 183 hectáreas y está considerado como uno de 3o más fastuosos del mundo por la abundancia que hay en él de bellos monumentos. E n algunos lugares áe, América, como en Méjico, por ejemplo, las conducciones de cadáveres a l cementerio se verifican en tranvía. P a r a tai efecto la Compañía de tranvías cuenta con unos coches enlutados, dentro de los cuales se coloca e l féretro. A este coche sigue uno o varios, según sea de numeroso el acompañamiento, de los que se emplean corrientemente para el transporte de viajeros, pero que al ser destinados al piadoso fin de acompañar al ser querido a su última morada, se les coloca por el exterior y en la parte superior de las ventanillas una franja negra bordeada por u n fleco y recogida a trechos, fúnebre adorno que v a pregonando el triste destino que temporalmente se ha dado al coche. L o s cementerios de M a d r i d y su funcionamiento son de sobra conocidos para tratar de ellos en esta información, mas al final parece oportuno consignar un detalle interesante y no de todos conocido. E s creencia general que los árboles en los cementerios son producto solamente de una tradición poética; pero la realidad es que su verdadera misión en esos lugares está más en consonancia con la salubridad que con el Parnaso. L o s árboles, al decir de los técnicos, se colocan para desecar el suelo y absorber el agua, haciendo oficio de tubos de saneamiento verticales. H e ahí trocada la poesía llorona de un ciprés por las modernas y prosaicas exigencias de i a higiene. Se añade, como paletada de tierra sobre el cadáver de esta leyenda poética, que los árboles verdes, resinosos, convienen particularmente a l carácter de los cementerios y presentan muchas ventajas, porqué tienen la propiedad de producir más ozono que los otros, y el aire ozonado quema con actividad las materias orgánicas que tiene en disolución y suspensión, y tras esta científica explicación, lógico y adecuado sería grabar en Ja corteza de cada árbol este sencillo epitafio: A q u í yacen las musas. LEANDRO BLANCO ENTRADA LA A UN TÍPICO DE BARBERA CEMENTERIO VALENCIA MASIP) DE PROVINCIA (FOTO ñas se han convertido en los suntuosos monumentos que admiramos en las principales poblaciones de Europa. E n ninguno de los recintos de éstas están ya permitidos los cementerios. U n o de los más notables, actualmente, es el célebre campo santo de Pisa, fundado por el arzobispo Ubaldo. S u suelo se formó esparciendo tierra del Calvario transportada por 53 navios. E s t a tierra tiene la cualidad, según afirma Valer; de consumir los cadáveres rápidamente. Existen también cementerios notables en L A ESFINGE Y LAS FAMOSAS PIRÁMIDES D E EGIPTO, SEPULCROS D E L O S FARAONES. (FOTO D A I L Y MIRROR
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