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MADRID- SEVILLA 29 O C T U B R E D E 1929. NUMERO 10 CTS. CERCANA A T E T U A N SEVILLA SUELTO DIARIO ILUSTRADO. AÑO VIGÉS 1 MOQU 1 NTO N. 8.374 j f REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ O L I V E U N AS H ORAS E N BRUSELAS La Casa de España A l apearnos del tren en la estación la encontramos empavesada y llena de gente vestida de uniforme. ¿Qué ocurre? -preguntamos a un funcionario de la Compañía ferroviaria, que está cerca de nosotros. -Es que acaba de marcharse M. Doumergue, el presidente de la República francesa... Luego, en la ciudad, observamos la misma animación impersonal de todos los festejos oficiales que se preparan, prodigando cohetes, gritos y percalinas. En cuanto desaparece de la escena el personaje que las ha motivado con su visita a la ciudad, ésta recobra su fisonomía habitual, ni triste ni alegre, compuesta de mil rasgos, reflejos de las preocupaciones que dominan a sus vecinos. E l día está claro y la temperatura parece, por su suavidad, un donativo del verano. El marqués de Quintanar. y dos bellísimas señoritas que han venido con nosotros de París, invitadas a la inauguración de la Casa de España, miran a todas partes con el embeleso que nos causa todo lo nuevo si es grato a los ojos. Esa curiosidad que se sorprende y que sonríe, a cada paso es una de las emociones más agradables de todo el que visita una ciudad por primera vez. Lo que vemos en el momento evoca el recuerdo de lo que nos es conocido, y el espíritu, obedeciendo a sus costumbres de simplificación y de orden, asocia el presente al pasado, los compara y acaba por encontrar entre los dos relaciones insospechadas. Ese deporte de la inteligencia supone una base de cultura, sin la cual nuestras impresiones de viaje perderían casi todo su encanto. Acordarse de Salamanca en Florencia, de Toledo en Roma y de Madrid en Bruselas, revela que el espíritu ha sorprendido, al través de lo superficial de la realidad visible, el vínculo misterioso que han establecido el genio y la historia entre ciudades de apariencia diferente. La solícita deferencia de D. Agustín Pereña nos ha facilitado el ver en poco tiempo lo que normalmente hubiera consumido muchos días. E l Sr. Pereña y su primo don Manuel, acaudalados industriales que honran a España con la fecundidad victoriosa de sus grandes compras, realizan ese tipo humano, por desgracia poco frecuente en nuestra época, del hombre que trabaja incesantemente sin perder ninguno de sus hábitos de señorío. Esa manera de ser implica una energía siempre tensa, indiferente a todos los riesgos, y un deseo de construir obras permanentes que beneficien a todos los que cooperaron en ellas. Cuando se labora con esa doble preocupación, lo que edifica eí hombre se reviste de una tal nobleza, que le confiere una especie de aristocracia. La acción, que en otras épocas se manifestaba ñor la conquista militar de las cosas, adquiere un nuevo sentido no menos alto que el que justificaba la concesión de ejecutorias. A mí no me ha llamado la atención que nuestro Monarca otorgue títulos del reino los grandes creadores de riqueza y de cul- tura. Si las aristocracias no revitalizasen su tronco feudal con la savia del trabajo, acabarían por extinguirse. ¿Quién ha dicho que no haya más vía que la de las armas para llegar a ciertas jerarquías? Un caudillo afortunado, un sabio esclarecido y un gran industrial se igualan en esas alturas... ¿Qué podrían ustedes ver en el breve tiempo que van a estar aquí- -nos pregunta el Sr. Pereña. -Lo mejor será que demos un paseo por la ciudad, y como estas señoritas y Quintanar prefieren todo lo que tenga carácter histórico y recuerde nuestra dominación, le ruego nos lleve a la plaza Consistorial. Para un español que no ignora el pasado de su Patria, aquel lugar tiene el melancólico prestigio de un trofeo abandonado. Sobre la gracia arquitectónica de las edificaciones flota nuestro espíritu. ¿Qué importa el que con la evolución del progreso se transformen las ciudades, si palpita en su atmósfera algo que dejamos para siempre? Quintanar, que es poeta, se Mente inflamado de emoción en presencia de aquellas piedras augustas que recuerdan nuestro poderío, y como en los temperamentos delicados la emoción es recóndita, mi amigo caila; pero sus ojos, ligeramente empañados, descubren el tumulto de sus ideas. La sensibilidad, que a tantas amargas sorpresas nos expone a lo largo de la vida, suele compensarnos de esas tristezas cuando la exponemos a las divinas agitaciones que nos causa el arte. Allí pasamos un buen rato, y, como el tiempo apremia, subimos en el coche y- llegamos bordeando el ancho canal de Villebroeck, que pone en comunicación Bruselas, con el mar, pasando por Amberes. Es ún canal navegable para buques de cierto porte, que ha contribuido mucho al apogeo industrial de Bélgica. A la izquierda dejamos el parque real de Laeken y las risueñas praderas que lo preceden, literalmente invadidas por la juventud aficionada al balompié. F. l paisaje de la otra- mar en, sin carecer de poesía, es menos atrayente, pues lo enturbian las fábricas con su aliento fuliginoso. En la. dulzura del crepúsculo otoñal, el poniente solar es de una melancolía que recuerda la que nos producen ciertas sonatas de Beethoven. E l coche se detiene y bajamos a visitar las fábricas y almacenes en que se trabaja y se deposita el corcho de los señores de. Pereña. Una verdadera ciudad obrera se ha formado en torno de aquel foco de rioueza. que es la obra de los españoles beneméritos. El señor Pereña, que nos acompaña, nos dice con encantadora naturalidad los orígenes de su actual poder industrial y de su bienestar. Su relato parece un capítulo de novela. Dos españoles que llegan a Bruselas hace menos de diez años con unos miles de francos en el bolsillo y un gran proyecto en la mente, logran en ese corto tiempo dominar el mercado del corcho y tener a raya a sus competidores americanos. ¡Qué concurso de circunstancias, felices v de designios providenciales es indispensable para conseguir ese éxito? Y estos dos hombres, ilustres por los mejores títulos, los que otorgan la inteligencia y el tesón, hablan de sus esfuerzos sin conceder a su obra una importancia extraordinaria. -Dentro de poco- -nos dice D. A ustín- -se levantarán en estos solares que odean a las fábricas erg casas de obreros, oon todo el confort moderno y provistas de jardini- llos para que la chiquillería se expansione. En el centro de ese burgo obrero levantaremos, como es de rigor, una iglesia para que la mirada del trabajador tropiece, al dilatar- se sobre los jardines, con el emblema de ia divinidad... ¿Y cuántas fábricas tienen ustedes tn actividad? -Sesenta y ocho, repartidas entre Bélgica, Francia, Alemania e Inglaterra. -Señores, el tiempo se va y el embajador nos espera en la Casa de España- -d: c ¿Quintanar. -Antes quiero ofrecerles la casa de m ¡cuñado y primo Manuel, que está aquí cerca. E l auto reanuda la marcha, y diez minutos después entramos en el castillo de Les trois Fontaines, que habitó el general Von Bisring durante la larga ocupación alemana. Allí murió, por dicha suya, sin haber visto la derrota de su país. La finca es inmensa, y el parque, de un verde austero, sugiere ideas románticas. Embocamos una de sus avenidas, empenachadas por la ramazón en abanico de las coniferas, y poco después nos vemos acogidos por la familia de D. M a nuel Pereña, con una deferencia imposible de superar. La dama es una morena muy distinguida, que hace más ostensible su belleza por la reserva de sus modales, bien distantes, por cierto, de la desvergonzada coquetería que ahora priva. Trae de la mano a un adolescente, que se impone a nuestra simpatía por el oro claro de sus guedejas, sus grandes ojos ardientes y su apostura de paje desprendido de un cuadro del Veronés. Es su hijo. Con ellos está pasando una temporada en la finca una morucha muy agraciada, hermana del propietario de la casa, tipo femenino de Levante, recatada de modales y muy atrayente por su amabilidad. Se sirve el té, con alguna precipitación, porque el tiempo continúa espoleándonos, y a las seis partimos. Sobre las aguas tranquilas del canal corren estremeciéndose las últimas claridades del día. Allá lejos, en la dirección del mar, el cielo descubre una gran extensión azul, de un azul diáfano, que empieza a desleírse perdiendo intensidad. En el canal hay dos o tres buques anclados, y unas cuantas gabarras movidas por motores, que han suspendido ya su actividad. Sus tripulaciones están bebiendo cerveza en algún bar de la orilla. A las seis, muy corridas, entramos en la Casa de España, situada, por cierto, en un barrio elegante de Bruselas. Es un edificio de cuatro pisos, tan amplios, que se han podido instalar en la casa la Asociación Bélgica- España Cervantes, la Unión Hispanóbelga, el Círculo Hispanobelgaamericano, la Sociedad Española de Beneficencia, la Cámara de Comercio, la Oficina de Turismo y la Cooperación Científica Hispanobelga. Toda la colonia española está presente, y una de las primeras amistades que vienen a nuestro encuentro es el doctor Bandelác de Pariente; pues el ilustre médico pertenece, con carácter honorario, a la Embajada. Nos preside a todos, con títulos sobrados, el señor Agüera, actual embajador de España, diplomático eminente y de brillantísima historia. Es un gran señor, afable y sencillo, inteligente sin presunción y culto sin pedantería, con quien se está a gusto porque en seguida depone la moigue del cargo y se sitúa a nuestro nivel. De su discurso, sobrio y elocuente, extraigo la cláusula principal.
 // Cambio Nodo4-Sevilla