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PIDA FOLLETO, 430 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 431 sivo, incitante, traidor, empezaba a domar la sombría y terrible alma del guerrero tártaro, del hermano de armas de Cristian Karuk, a quien éste había legado al morir sobre el campo de batalla con su esmeralda rodeada de rubíes el dominio de la isla de Corfú, y la posesión de su hiia Krasna. para que h i ciera de ella, no la esposa dulce v resfalada del amor, sino la madre bravia de un nuevo héroe tártaro. E l hasta entonces indomable Kaivar, a los pocos instantes de haber escuchado la voz y la guzla de Krasna, se sintió herido con el dolor de quien recibe en el corazón el frío del acero que una mano invisible clava por la espalda, y lanzó una exclamación que empezó por rugido y acabo en un suspiro. ¡Ah! -dijo el astuto Nossur- E l tigre se convierte en gacela- apenas has oído el eco lejano de. su voz y ya la amas; cuando la hayas visto; cuando tus ojos hayan cegado al resplandor de su hermosur a cuando por tus oídos haya penetrado como un tósigo de muerte el acento delicioso de su voz pura; cuando te haya embriagado el perfume de su aliento y de sus cabellos; cuando hayas mirado la mirada tranquila de sus ojos celestes como el obscuro cielo que nos cubre, enloquecerás desesperado, porque aquellos ojos no te mirarán como miran a K a n mo; porque aquella boca de delicias no te sonreirá como a Kanmo sonríe; no te dejará sentir su perfumado aliento de fuego como lo siente Kanmo; enloquecerás y serás impotente; rugirás de rabia y no podrás vengar tu rabia; te arrastrarás a sus pies sin conseguir que su fría mirada se ilumine con el fuego del amor, y si ella, para acabar de condenarte a un infierno sin esperanza, te dejase ver en un. solo relámpago todo lo ardiente, todo lo hermoso, todo. lo enamorado de su alma, entonces comprenderás cómo un rey del mar, cómo un pirata sin piedad, cómo un héroe que ama el horror de la batalla, puede dormir enloquecido, sumergido en un mar de delicias, olvidado de la gloria por el amor. Toda esta ardiente y entusiasta perorata que Nossur había pronunciado con acento trémulo, como el de un hombre apasionado sin esperanza de una mujer que le enloquece, y sin dejar de andar de una manera rápida, había sido un discurso completamente inútil, porque Kaivar no había oído ni una sola de sus palabras. Tanto hubiera valido que Nossur hubiera guardado silencio. Esto se explicaba perfectamente, porque a medida que adelantaban se hacía, más clara, más perceptible, más tentadora la dulce y lánguida voz de Krasna, y ésta tenía sobre el alma de Kaivar una influencia que no podía tener la voz de Nossur. Llegaron al fin a un lugar en que el bosque dejaba descubierto un espacio de gran extensión. Cerca del lugar adonde habían llegado los dos tártaros se extendía una pequeña laguna tersa y transparente, alimentada por un arroyo que caía en ella desde lo alto de sus peñas, produciendo un ruido monótono; la luz de la luna argentaba bellamente la tersa superficie y emblanquecía un lindo templete árabe con cúpula dorada, colocado en medio de la laguna, y al cual- se llegaba sobre ella por un puente de madera. Kaivar se detuvo antes de llegar al puente y cuando estaba envuelto aún en la sombra que proyectaban los árboles. Sus negros y feroces ojos, que antes de haber sentido la voz de Krasna sólo habían dejado ver una mirada torva y glacial, ardían con el fuego opaco de la fiebre. Su boca, de labios lívidos, orlada de una espesa barba negra, temblaba. Su cuerpo todo se estremecía inclinado hacia el pabellón de donde emanaba el dulce, el embriagador canto de Krasna. Nossur miraba sonriendo de una manera fría la conmoción del terrible jefe tártaro. -i Por qué no llegas? -dijo Nossur- ¿P o r qué no entras? ¿P o r qué no exterminas al infame, al degenerado guerrero que se adormece a los pies de Krasna, olvidándose por ella de sus días de exterminio y de gloria? Kaivar no pudo menos de escuchar las palabras de Nossur, porque eran la traducción de su propio pensamiento. -No, no- -dijo con la voz opaca y temblorosa, bajo la cual se adivinaba una cólera tremenda- quiero verlos sin que ellos me vean; los arcos de ese pabellón están cerrados por vidrieras de colores, y dentro arde una lámpara; quiero llegar a ese pabellón por la parte de la sombra, y envuelto en ella, ver sin ser visto; quiero sorprender descuidada a K r a s n a quiero ver cómo mira, cómo sonríe a ese hombre. Demos la vuelta, esclavo.