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O C T U B R E D E 1929. EDICIÓN Di 3 ANDALUCÍA. PAO. 7 les. Nuestro buen amigo LUvelock Ellis, durante sus estancias en España, se esfuerza en interpretar la realidad nacional. España le ¿justa, le enamora y t i que es bondadoso, cortés, desea ver en las cosas de España lo que tienen dentro, como los niños- quieren ver ¡c que hay en el interior de los juguetes. Es indudable- ¡Hurtaba para el Sr. Ellis- -que España es un país especial, un poquito raro; cuando se está en España se tiene la impresión, ¿de qué dirán ustedes? Pues nada menos que de se vive en la Edad Media. S í os españoles vivimos en el siglo X I T o en cualquier otra centuria de las medievales. Y como la Eda 1 Media es rom ant cismo, los españoles v virros en pleno romanticismo. Procuro trasladar con fidelidad los conceptos de nuestro buen amigo. Plena Edad M e d i a plei- j romanticismo, Pues no es poco gusto, en tanto que los ingleses y franceses viven en el siglo xx vivir nosotros en el x r r Claro está que el Sr. Havelock- Ellis, que es escrupuloso, que es un investigador ciénr fico, da pruebas de su aserto. Y las pruebas merecen párrafo aparte. E l público debe leer diariamente nuestra sección de anuncios por palabras clasificados en secciones. E n ellos encontrará constantemente asuntos que pueden interesarle. A B C E N FRONTERAS ESLAVAS P r o c e r español I Todo el mundo habrá éntralo en una iglesia unos por devoción y otros en busca de bellezas arquitectónicas Las iglesias españolas son algo más de o que a primera vista parecen, L a s iglesias españolas son u n a prueba palmaria, irrecusable, de que los españoles vivimos eu la Edad Media ¡Caray- -exclamarán ios lectores- pues no lo habíamos notado! Comprobamos- -escribe gravemente H velock Ellis- comprobamos cuan leios nos bailamos de la época presente al penetrar sn una iglesia española. ¿Qué oasará en las iglesias de España? Este hombre nqs pone el corazón en un puño. Nos disponemos 3 leer, medrosos y acongojados. Lo primero que nos revela el sabio psicólogo es la act tud de los fieles que se hallan en el templo. Actitud extática, en que se abstraen os fieles, sin cuidar de si son o no observados; actitud que dista tanto de la gracia elegante del tebgrés de Francia, como de la rígffe compostura q w observa el devoto inglés Además, las mujeres se sientan en el su- ílo. Y un los niños suelen juguetear en los rincones ¡Pero si hasta entran- as perros v los gitos en las iglesias! ¿Oué má pifemos pedir para convencernos de que c o m o dice el autor, nos hallamos los españoles muy lejos de los tiempos presentes? Y o ie visto- -escribe el Sr Ellis- -en Tudela un perro acornndado como un ovillo en e) sirio más confoitable del presbiterio, y proua- tjlemente lo dejaban alü para que vigilase glesia, pues levantaba la cabeza como un guardián siempre que entraba un desconocido Y añade nuestro auerido i m i o Y -r la Catedral de Gerona vi un gato que onseaba OOT delante del altar mayor mientras se ce iebí aba la misa, Por si todo esto f- ra poco, en España, cuando se viaja en tr- n, los compañeros son amables, campéennos, y hasta le invitan a tomar un bocad- j al extranjero, o a beber un chisguete de vino Plena Edad Media, no cabe duda. En pleno sigic x i i Y en el resto de Europa, que hagan lo que quieran. Tan plena Edad Media, que cuando un e x t r a n j e r o culto se empeña en buscarle tres pies al gato, al ato de la Catedral de Gerona, con sutilezas y teorías nro- íundas, los españoles, en vez de tornar la cosa por lo tri- gico, nos limitamos a sonre r. AZOR 1 N Lea V. mañana f gQ U n dia, si tuviera yo algunos de sosiego y, oyendo a mis compatriotas y a extranjeros, me decidiera a compendiar io viviuu desde mi casamiento hasta que providencialmente saií de Rusia bolchevique, muchas de las primeras páginas de mi narración habrían de ser para heles amigas de toda la vida, y para cuantos proceres, políticos, paisaniños gallegos, poetas y humildes personas anneiaron aliviar mi suerte y salvarme de Rusia. E n esas páginas, que del corazón no han pasaüo todavía a la pluma, debe tener puesto inconfundible un aristócrata, un procer, cuyo reciente fallecimiento, me entristece: el conde de Cartagena. En el éxodo hacia Moscú, el espantoso año 1915, cuando Polonia era una hoguera, que iban a apagar con su ocupación los alemanes, hicimos alto mi familia y servidores dei señorío de Drazdowo en Minsk, capita. de Rusia blanca. E n torno a la ciudad, de aspecto catastrófico, aglomerábanse cientos de miles fugitivos, arrastrados por la. retirada rusa, que ni hombres ni piedra sobre piedra dejaba a los invasores. K n Minsjk, Cuartel general de un Cüeipo de Ejército en operaciones, se fué formando y agigantándose una inmensa muralla humana; el campamento de mil campamentos, en los que abatía almas y cuerpos la desesperación, ia muerte, todas las torturas de una de las más grandes tragedias de las guerras habidas. Horribles días que precedieron a mis años de Rusia y de la irrupción bolchevique en Polonia el 1 C 20. M i correspondencia familiar con España, ya muy djfícil al avanzar la guerra, quedaba cortada completamente eíi Minsk. Sentí ta golpe indeciblemente, con el doble dolor que sentirían mis hemíonos, sabiéndome perdida en las rutas dei fuego y la nieve. No me resignaba a tal suplicio, y me decidí a pedir audiencia al geneíal eñ jefe de Minsk. Era la suprema autoridad el barón R. von T. y me presenté a él con tina carta que me diera un burócrata d ¡i VarsOvia. -Vengo- -dije al personaje- -para demandarle una gracia- la de que haga que lleguen a la Embajada de España en PetersbUrgo noticias para mi familia, qué el embajador transmitirá a Mad; id. No sé lo que me espera; pero mientras vivo deseo consolar a mis hermanos dándoles noticias nuestras... Todos los Lutoslawski, con. mi anciana suegra y algunos de sus nietos y bisnietos de meses, somos afrastrados en este espantoso éxodo. -Terminará pronto- -me respondió, frío, el general. Y o insistí, proponiéndole que cuantas veces tuviera a bien fijarme le entregaría abierta mi correspondencia, con carta en francés al embajador de España. Las pupilas pesadas del militar me fijaron, y le oí: ¿Se ha encargado el señor embajador de recibir la correspondencia dé usted? SOFÍA Le enseñé entonces una carta del conde de Cartagena, recibida un par de meses an- K i v z y n octubre, 1929, 1 tes en Varsovia, en la cual, comunicándome haber cursado mis cartas a Madrid, se ofrecía a complacerme siempre. L a misiva terminaba con una felicitación E l príncipe Enghaguicheff, gobernador militar de V a r sovia, había manifestado al embajador que. iban a premiarse los servicios de la hermana española en los hospitales de sangre... E l capitán general moscovita- -oriundo de Curlandia- buen tipo y correcto, sin amabilidad, entendía poco el español, y aunque juntos y palabra a palabra tradujimos las generosas frases del conde de Cartagena, no se inclinaba a mi favor su á n m o me interrogaba, parecía reflexionar. D i j o q u e roe avisaría, le di mis señas, y, poniéndose da pie. pronunció una excusa, su falta de tiempo y salí angustiada. Inquirí si alguien del servicio de la Cruz Roja iba aquellos días a Petersburgo, y una hermana en viaje se encargó de llevar carta mía al embajador de España. L a respuesta telegráfica a mi petición de que me recomendara, al arbitro militar fue inmediata, categórica y magnánima: Como español y como embajador, cumplo el deber y tengo el honor de ponerme a las órdenes de usted para cuanto de mí necesite Con mi telegrama envió otro el conde de. Cartagena al general, haciendo mi presentación y rogándole se dignara mandarle la correspondencia que a su nombre yo le d i rigiera. Ese despacho de grave seguro tono recomendando a una dama en téi minos superlativos garantizaba mi personalidad ante el general, receloso, y se aliviaba mi situación merced a la caballerosidad del procer hispano. No tardé en presentarme demandando ver al general, y en la antesala donde me recibió, adusto, un ayudante, y vi en tropel oficiales que volvían del frente- y que marchaban a operaciones; ¡cuán o aprendí de las mentiras con aue se engañaba al pueblo en toda la campaña! Pasé a presencia del jefe. M e pareció más dura su mirada, terca, pero se mostró menos indiferente que la otra vez. Hab ó de los despachos tan amables de su excelencia e l embajador de España y del gusto que tenía en hallar ocasión de compacerle. Y a en ese allanado terreno quedó convenido qtie una o dos veces por semana, cuantas quisiera llevaría yo al general mi correspondencia, d i r i g d a al conde de Cartagena, y un correo- -de ¡os que continuamente iban a la corte- -la en regaria al alto destinatario en la capital del Tmperio. Alquilé un cuartucho en Minsk- -habíamos hallado albergue en el campo a 20 k i lómetros y no teníamos facilidad de v i a j e para no perder ocas ón de mandar mi correspondencia. Asistí en los campamentos de fugitivos cada dia mayores infortunios indescriptibles, y semana mente me recibía, el general, depositando en sus manos m i caria ab erta. en francés, y dirigida al embajador de España. E n tan c r i i e a s circunstancias del frente, aquel hecho de que encontrara el barón R. von T unos instantes para nterésarse por m y los míos, para hablarme del buen resu tado de las operaciones últimas. hacíanme simpático al militar, a cuya actitud podía mi Patria y mis familiares saber de mi pobre vida. N o podía dar otro resul ado la caballerosa intervención de! conde de Cartagena, y hasta extremó su fina deferencia el general ded cándome. en prueba de la más alta consideración y amistad un retrato. Un magnífico re rato de uniforme, cubierto e! pecho por cruces, estrellas y bandas, testimonios de mé -itos eminentes y de una gran carrera m litar. Ob! -pensí? No só o espinas, odio y sangre hallaremos en la r u t a 1 CASANOVA