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ANDORRA. NUEVA CARRETERA INTERNACIONAL FRANCÉS, DIRIGIÉNDOSE A INAUGURAR E L OBISPO D E L A S E O D E U R G E L P R I N C I P E D E A N D O R R A C O N E L COMISIONADO LAS OBRAS D E L A N U E V A C A R R E T E R A (FOTO T O R R E N T S) nes... Y lo mismo las ciencias naturales, que lo sabios profesores de Londres enseñ a b a n de memoria, aludiendo, con un vago ademán de la mano enguantada, a los esqueletos situados sobre la mesa, frente la cátedra, mientras que, sin que ellos se enterasen, eran revolucionadas y subvertidas por uti tal Darwin, mala cabeza v ¡oven cazador. Bien pudiera ocurrir que alguna grande batalla de la Cultura viniese a ser ganada, no por sus fuerzas regulares, sino por sus francotiradores. t ITINERARIO EXTRAVAGANTE Nuremberg A i? EUGENIO D O R S Cuando llegué al castillo apenas podía moverme. Como la tierra cenagosa se adhiere a las botas de quien camine por ella, engrosándolas hasta impedirle andar, así iba yo lleno de grumos de romanticismo. Las iglesias, los palacios, las calles, los puentes, los canales, las enormes torres cilindricas de negra traza descomunal habían volcado tantas sugestiones sobre mi espíritu, que estaba colmado ya. Si me exprimiesen, saldría g ó tico. Dos horas hacía que no fumaba, convencido de que si mi mano entraba en un bolsillo sacaría un puñado espeso, macizo, de Edad Media. Sentía cómo las sombras de los templos maravillosos me rebozaban en antigüedad, y cómo las fuentes monumentales me espolvoreaban de lirismo, y, al cruz a! ics tosos, cómo el vaho de los tiempos viejos me cosquilleaba en la piel. Las recias parece que os acercáis al formidable Gélmurallas, los sombríos pasadizos los silen- mirez. Y éste, ¿quién es? preguntáis ánl. e ciosos patios del cabillo m e saturaron de otra estatua, l i s t e- -o s contestan- -es i i. er esta impresión hasta hacerme perder todo Henlein, el C ue invenó el reloj cié bolsillo. contacto con mi época. Tuve, el deseo de or- Jiiitonces pensáis: E s verdad: el reloj de denar a la señorita que vendía postales jun- bolsillo tuvo que ser inventado por alguien; to a la Torre de los Paganos: I nunca me había preocupado de ello; pero- -Dígale al Emperador Federico Barba- me alegra poder saludar la efigie de este rroja que salga, que quiero hacerle una i n- útil cmdadano a quien debo muchos más bienes que al Emperador Federico terviú. E n ninguno de mis viajes había visto una Cada baldosa, cada hierro, tiene su leciudad de belleza comparable a la de N u- yenda: esta torre la hicieron los paginos; remberg. tan fuertemente impregnada de ar- este pozo lo abrieron los cautivos, que cecaísmo, tan armónica en su estilo y en su garon trabajando en las tinieb as hasta vavejez, y sufría ese dulce mareo de la admi- ciar un largo pasadizo subterráneo. Cómo ración largamente requerida, f r e o tener una se ha insertado esta argolla de oro en la sensibilidad especialmente orientada para los verja de una de las fuentes del Mercado? pueblos y los paisajes nórdicos: los cielos E l artífice no quiso decirlo, y le arrancabrumosos, las piedras negruzcas, los tejados ron los ojos, porque se pudo sospechar que de rápidas vertientes, y Nuremberg es el el Diablo había colaborado en la obra. L e arquetipo de tal estética. M e había detenido, arrancaron los ojos, como al hombre que a mi regreso de Praga, para visitarlo en el construyó la complicada máquina del reloj descanso de unas horas, y eran ya varios los astronómico de Praga, y que tampoco quiso días dedicados a pasear por sus calles ro- descubrir su secreto. Una historia igual en mánticas. Las evocaciones se ofrecían a cada Alemania v en Bohemia. Si no es verdad, momento, ante los palacios de arquitectura debemos creer que estos mitos avisan la i n deleitante, cuyo color se obscurecía m á s a ú n gratitud y hasta el odio de los pueblos para por el contraste con las flores que adornaban los que realizan lo incomprensible, lo que sus ventanas; ante la casa de Alberto D u- excede de la inteligencia vulgar, i Veis las rero o del poeta Hans Sachs; ante las v i- dos profundas huellas de herradura impreviendas del siglo x i n o x i v sin estatuas, sas en lo alto del muro del cantillo? L a s sin columnas, sin filigrana alguna; pero que produjo, al lanzarse, en un salto asombroso, seducían por su fuerte carácter, por su tono, más allá del foso, hacia la llanura v la l i por su situación; ante las torres ingentes y bertad, el caballo espoleado por el caballero ante los rincones de las calles. Y aquí unas al que esperaba 1 P ho -ca. Gracias a es: hapiedras hablaban de Barbarroja, aiíá una zaña puede vivir ahora la mujer que vende estatua reproducía la figura arrogante de junto al mismo trozo del muro impresioAdolfo de Nassau. Os parecía mezclaros nantes posraies, en las que se ve ai fugitivo un poco en su vida, como en Compostela os por el aire, con su jubón acuchillado y uis
 // Cambio Nodo4-Sevilla