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Ocupación única o tiempo libre, Ofertas bajo Novitas Apartado 117, Barcelona. desean representantes 438 F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ E L PASTELERO D E MADRIGAL 439 to resucitado, y el Resucitado le llaman; y en efecto, hace dos años, al expirar con el día una sangrienta lia; iiifi, loar- t á r t a r o s de su tribu le vieron tendido atravesado de profundas heridas, muerto, en fin; le levantaron del campo de batalla, le llevaron a su tienda, donde le colocaron en un lecho de honor y le tuvieron por muerto; pero a la media noche, los t á r t a ros que habían quedado velando el cadáver salieron despavoridos de la tienda; Kaivar había abierto p r i mero los ojos, se incorporó luego y preguntó a los qué le acompañaban qué era aquello; por último, recobrados de su terror los que habían huido, acudieron a la tienda de K a i v a r con sus guerreros, se cuidó de Kaivar, después de muchos dia. s se restableció de sus heridas y recobró sus fuerzas, pero no el color de su semblante, que quedó pálido pomo el de un c a d á v e r por eso le llaman K a i v a r el Resucitado, y todos le miran con un terror supersticioso. P o r lo demás, K a i var es rico, fuerte y valiente, y es, en fin, un digno esposo de la hija de Cristian K a r u k ¿Y es la volunta d de mi padre que yo me una a sse g u e r r e r o? -p r e g u n t é a Zincar alentando apenas, -Sí- -contestó Zincar- tu padre me manda pot mi boca ser esposa de Kaivar, so pena de maldición. Yo callé y doblé la cabeza, abatida. L a s mujeres tártaras, Kanmo, somos esclavas de nuestra familia; no se nos mira ni se nos aprecia más que como medios de sostener la raza cuando la hemos dado hijos rooustos, hemos hecho cuanto podía esperarse de nosotras hemos cumplido nuestro destino tan mejor cuantos m á s hijos varones hemos dado a nuestra t r i bu; no se comprende ni se puede comprender, por nuestros parientes, que tengamos un corazón que ame o que aborrezca; si una t á r t a r a se negase a contraer un matrimonio prescripto por sus parientes y amasa a un extranjero, el extranjero y ella serían exterminados por la venganza de la tribu. Y o te amaba y temb 1 é por t i sabía que el hombre que se me había destinado por esposo no se m presentaría hasta un año después de la muerte de mi padre, y he callado durante ese año, guardando para mí sola el dolor y dejándote gozar d e r s u e ñ o de núes- tros amores. Pero el a ñ o se ha cumplido; ese hombre se ac, crca ya a nosotros; mi odio y mi despecho le ¡sienten; es necesario que nos separemos, K a n m o es necesario que mi horrible destino se cumpla sin que t ú seas envuelto por él. f- ¿Y por qué sacrificar a un bajo y miserable miedo la felicidad de nuestra vida? ¿Q u é puedes t ú temer teniéndome a tu lado? ¿Acaso si- los t á r t a r o s de tu tribu. son terribles, no son terribles también mis bravos corsarios, mis tigres del mar? -S e r í a inútil; si la resistencia que les opusiéramos fuera tal que no nos pudieran vencer, la traición acecharía nuestros pasos y nos inmolaría cuando nos creyéramos más, felices. E n aquel momento, Kanmo se incorporó, puso la mano sobre- la empuñadura de su sable, que tenía junto a sí, y clavó su mirada terrible en una sombra negra que había aparecido en la puerta, -interceptando l a luz de l a luna. A l ver aquella sombra, Krasna y K a n m o se pusieron de pie, y en l a mano del corsario griego lucié su. ancho sable damasquino. L a sombra que había penetrado en el pabellón adelantó, y deje ver a Kaivar, que extendió de un modo tranquilo su brazo hacia los dos amantes. -Sentaos- -dijo K a i v a r con voz ronca y domina. dora- sentaos y escuchad. ¿Q u i é n eres tú? -dijo Kanmo, poniendo a sus espaldas a Krasna y dando un paso hacia Kaivar. -Y o soy K a i v a r el Resucitado- -dijo el jefe tártaro- yo soy el esposo a quien Cristian K a r u k ha destinado la hermosa Krasna, la de la frente de marfil y los cabellos de oro. E l semblante de Krasna se había transformado, se había endurecido; había dejado de ser l a niña pura y candorosa en cuyos ojos ardía el amor. K a i v a r la desconoció. K a i v a r comprendió lo que Krasna sería siendo su esposa, y se estremeció. -Los oídos de un t á r t a r o lo oyen tortq- -continuó K a i v a r- conozco vuestro amor, y no seré yo el que ceda a la bajeza de decir amores a 3 ma mujer que no puede amarme, ni hacer mío el cuerpo de una mujer cuya alma es de otro hombre; pero no cederé tampoco a ningún hombre la mujer a quion se ha mandado sea mi esposa; tu raza y la mía se han e: -tinguido, K r a s n a tú m o r a r á s en mi castilla, pero nunca el esposo pisará los umbrales de la cansara de la esposa; el jefe t á r t a r o no cederá a l a vil za de dejarse arrebatar su compañera, ni tocará a ua solo r
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