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E i pavimento, de rico mosaico bizantino; los muros labrados, dorados y matizados; la ancha escalera, de mármol blanco bruñido y brillante, con rica balaustrada que se torcía caprichosamente en tramos curvos hasta llegar al ingreso de la parte superior de la torre; los altos ajimeces árabes- bizantinos, cerrados con vidrios de colores que daban luz a esta escalera, y por uno de los cuales penetraba el sol poniente, produciendo un efecto mágico sobre aquellas paredes doradas y labradas, sobre aquel- mármol abrillantad los altos techos, de sándalo; todo era bello, magnifico, sorprendente. Y, sin embargo, Krasna adelantó hacia las escaleras y subió, por ellas en paso lento y sin que hubiese alterado la fría e indiferente expresión de su sombrío semblante, como si nada de aquello hubiese visto, mientras sus. doncellas, que la seguía. h, miraban asombradas tanto lujo, tanto esplendor, tanta belleza. E n aquella construcción debían haberse invertido tesoros. Una vez en lo alto de las escaleras, Nossur, que iba delante, fué franqueando puertas de una y otra admirable habitación, por las cuales pasaba muda y fría Krasna. A l fin llegaron a una gran cámara, a cuyos dos extremos había dos magníficos retretes. Tres grandes ajimeces al frente de la pared en cuyo centro estaba la puerta de entrada, correspondían a un ancho mirador de piedra, desde el cual se veían las colinas fructíferas, que, como deprimidos escalones, descendían hasta. el mar, que se extendía abrillantado por el rojo color del sol poniente, bajo el radiante azul del cielo de la Grecia. Volviendo al interior, aquella cámara y aquellos retretes, alfombra, tapices, ornamento, muebles, todo; era. bello, todo delicado, todo producto del refinamiento del afeminado lujo oriental. ¡El retrete de la derecha era el dormitorio, según l o t 1 a. Kanmo. E l bravio jefe tártaro se heló dé espanta. Comprendía todo lo que podía esperar de Krasna, y se sentía cobarde ante el sacrificio a que se veía obligado. Porque pensar en que el t á r t a r o desistiese de un compromiso aceptado y dejase a Krasna en libera tad de gozar tranquilamente de sus amores con K a n mo era pensar en un imposible. Kaivar se revistió de una impasibilidad tan glacial como la que veía enKrasna, saltó de su caballo y le entregó a Nossur, que, como jefe de los esclavos y de la guardia t á r t a r a de Krasna, había salido a su encuentro. Kaivar adelantó hacia la joven y se detuvo a alguna distancia de ella. ¿E r e s tú Krasna, la noble hija del caudillo t á r taro Cristian Karuk? -la preguntó fría y ceremonio sámente. -Yo soy Krasna- -respondió con no menos frialdad la- joven- Y tú ¿quién eres? -Y o soy el caudillo t á r t a r o Kaivar el Resucitado; -contestó el sombrío guerrero. ¿Cómo demostrarás que eres el que dices? -preguntó Krasna. K a i v a r se quitó la manopla de su mano deredia y, de su dedo del corazón la sortija que en él llevaba. ¿Conoces esta esmeralda? -dijo K a i v a r mostrando la sortija a Krasna. -El que posee la esmeralda cercada de rubíes da mi padre, de mi abuelo y del abuelo de mi padre, generación por generación, es el jefe de mi tribu, y el jefe de mi tribu es el espospL de K r a s n a entra en tu casa, señor, y reposa. Kaivar entró y Krasna le siguió, sombría y. pálida, pero sumisa. Las- gentes que habían presenciado este acto se diseminaron, montaron a caballo, desaparecieron. L a guardia t á r t a r a entró en la casa. L á ceremonia había terminado muy pronto. L á isla de Corfú tenía un nuevo gobernador tártaro, y Krasna debía ser muy en breve esposa de K a i v a n Pasaron tres días. Tres días en que ruidosas fiestas rompieron la soledad que de continuo rodeaba la casa de Krasna. Había habido maniobras a caballo, escaramuzas, tiro al blanco, bailes y banquetes al aire abierto. U n ministro de la Iglesia griega había unido los destinos de Krasna y Kaivar. Pero no había podido unir sus almas. JJna desesperación sombría
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