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sas- -es como si dejasen flotar en el río su alma dispersa y palpitante, tal u n enjambre acuático de p á j a r o s tropicales, prontos a emprender el vuelo. Nunca pude, en las noches serenas, abrir m i b a l c ó n vv s o b r é P a r t s sin s e n t i r m e transido de una emoción indefinible, nacida de la presencia t á cita, pero indudable, de tantos fantasmas históricos y literarios como rondan las piedras seculares. Esas miríadas de lucecitas que marcan el trayecto de las calles desde Montrouge hasta la colina de Montmartre, y ese río fabuloso que es el Sena, entre los puentes, en las horas nocturnas, constituyen u n espectáculo que me retenía y me sobrecogía a l a v e z su brillo H a sido en las ciudades marítimas en que transcurrió m i infancia y m i adolescencia donde empecé a sentir l a atracción misteriosa y pueril de las luces nocturnas en el agua. Seducción inexplicable de los faros de puerto, que se encienden sobre el fondo de los cielos anaranjados: de l a linternas verdes y rojas de los barcos, que en los cristales líquidos de las bahías se reflejan y se deforman sin d e s l e í r s e de las hilerias de reverberos que festonean los muelles. ¿D e dónde procede esa sugestión nostálgica, que se evapora apenas tratamos de analizarla, sino precisamente de que esas luminarias nocturnas ncs traen a la subconsciencia el recuerdo de nuestras curiosidades y nuestros ensueños de muchachos, en tiempo en que no nos ¡habíamos lanzado a caminar por el inundo, que i m a g i n á b a m o s maravilloso? L o s faros nos señalaban las rutas desconocidas; las linternas nos hablaban de las t r a v e s í a s que habrían de emprender los buques entonces anclados; las hileras de faroles de gas, en vez de revelar nuestra v i l l a cotidiana, la disfrazaban, l a trasmutaban, nacían de ella una ciudad esquemática y nueva, con palacios magníficos y profundas avenidas imaginarias, que t a l vez se prolongaban en las tinieblas. L u e go, a med. ida que realizábamos todos aquellos viajes, nos iba siendo cada vez m á s difícil localizar la villa m á g i c a en que habíamos creído posible desembarcar algúr. día. A ia claridad diurna todas o s mostraban sus bellezas y sus lacras. Pero a l anochecer- -como si hubiéramos regresado, no en el espacio, sino en 3 tiempo, a nuestro punto de partida- -todas recuperaban su misteriosa seducción de mujeres veladas que sólo dejan los ojos al descubierto, todas volvían a insinuarnos la posibilidad de haberse trocado en la ciudad prometida a nuestra ilusión infantil, si, desde l o alto de una torre o una colina, las veíamos como laberintos y arabescos de puntos trémulos J de rayas de oro. L a s ciudades fluviales, sobre todo, es en la noche cuando parecen m á s bellas. E l agua d i j é r a s e que pasa junto a los negros muelles cargada de fabulosos tesoros, de piedras o de frutos m á g i c o s y el r í o m á s prosaico, m á s grasiento y humoso en las horas de! d í a es como si escamotease su fealdad y se vistiese de fantasía para las fiestas nocturnas. Gabarras, chimeneas, g r ú a s se desvanecen en l a sombra. Y la movilidad de los reflejos luminosos da a las riberas una vida elísea, magnífica y espectral. Junto a un gran río la ciudad nocturna no se nos antoja inmóvil, sino viajera, como si fuera ella y no la corriente quien caminase. Y las luces de los lampadarios, los arcos voltaicos, las farolas de color que enguirnaldan los puentes, ¡hasta la corona de anuncios luminosos que todas las grandes ciudades fienen ahora- -provistas de las mismas copiosas joyas fal- y su temblor revelaba l a existencia, transitoriamente amortiguada, de millones de hombres. Y me era grato sentir su cercanía como si su sola contigüidad me envolviera en una a t m ó s f e r a humana, y por la identidad de m i vida con l a de tantos semejantes anónimos, me atenuase l a angustia del m á s allá y me hiciese comprender lo vano de la interrogación con que a menudo pretendemos apremiar al Destino. P o r que una ciudad iluminada y dormida sugiere la imagen de u n vasto cementerio; y eso ha de ser para cada generación, en definitiva. E n ese halo luminoso que flota sobre las noches de P a r í s- -f o n d o en que- destacan ias cúpulas y las torres vagamente- -no es sólo l a vida actual lo que parece revelar se, sino, como en u n gran fresco, desfilar en cortejos informes las almas de antaño. LOS REVERBEROS TODAVÍA ILUMINAN INFINITOS HINCONES D E L VIEJO TARIS
 // Cambio Nodo4-Sevilla