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FERR 0 V 1 AS Y SIDERURGIA. S. A. MADRID S BARCELONA: BILBAO: SEVILLA: Av. O. Peñalver, 11. P. de San Juan, 36. Lersundi, 22, Marqués del Sección de motores. Duero, 5. MOTORES DIESEL LEGÍTIMOS L F M S iSHOFilAsin USADA A A Destruye, por encanto y- dolor, callos, OA 1 A StoliStOPil PUliüS CHR 1 STOPH HORIZONTAL LANG MOTORES A GASOLINA Y A GAS POBRE RLST 1 C ojos de gallo y uñas gordas. Desde 0,50 a 2 pesetas. En droguerías y ortopédicos. Por mayor y menor: Valverde, 14, Madrid. Vda. Losada. Sombreros fieltro elegantísimos, a 8 peseta. MONTELEON, 35, primero derecha. ORAS POR ALHAJAS Y PAPELETAS DEL MO ACADEMIA BACHILLERATOS UNIVERSITARIOS Profesores auxiliares universidad e Institutos. Internado. Pez, 18 (moderno) Teléfono 1) 318. 4 ¡e FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L P A S T E L E R O D E M A D R I G A L 451 sus labios una sonrisa de desprecio; ei hombre a quien amo morirá desesperado porque no encontrará en mí su amor, pero en el fondo de mi alma le amaré siempre, porque yo no soy poderosa a arrojar de mí este amor que hace a un mismo tiempo la desgracia y la ventura de m i vida. K a i v a r no fué generoso, no podía serlo; estaba loco de amor y de celos. K r a s n a fué tratada como una esclava; pero K a i v a r no la oyó una sola queja; no cambió en nada su aspecto, que siguió siendo frío e impasible; obedecía a K a i v a r como la esposa obedece al esposo, como la esclava obedece al señor. K a i var hacía con ella una vida completamente común; no se separaba de su lado y, por la noche, para dormirse, la hacía cantar l a misma balada, que fué el primer encanto con que K r a s n a enamoró a K a i v a r Pero aunque las palabras y el canto eran los mismos, no era el mismo el efecto; l a guzla producía un sonido seco, metálico, duro; la voz de K r a s n a era fría, nerviosa, seca. K a i v a r se irritaba, y su cólera iba a chocar como en una roca en la impasibilidad de Krasna. Aquello era terrible. K r a s n a resistía los malos tratamientos, y si alguna vez K a i v a r notaba en ella una ligera expresión de alegría, era cuando, irritado, la maltrataba brutalmente. Parecía que K r a s na ansiaba morir a manos del tártaro. Y esto contenía al celoso marido, que no quería dar a su víctima l a felicidad de la muerte. L a Naturaleza era tan fría y tan severa para K a i var como Krasna. Pasó un mes y otro mes, y un año, sin que Krasna diese señales de maternidad. E l bravio orgullo- del tártaro estaba completamente h u millado. Nada obtenía, n i aun de la Naturaleza. L a esperanza de que K r a s n a le amase por el amor de un hijo, esta esperanza delirante se desvanecía. E l íeroz tártaro estaba sentenciado a un infierno. Entre tanto, la galera de K a n m o se ponía con mucha frecuencia a la vista de la isla; pero desde el punto en que K r a s n a perteneció por completo a K a i v a r la joven no salió a los miradores a dejarse ver desde le mar, n i aun miró sin ser vista la galer a fiel a su promesa de que sería una esposa digna y pura, n i una sola acción culpable pudo sorprender en ella el celoso tártaro. Y sin embargo, cada vez que la galera de K a n m o asomaba en el foorizotíte, Kras- na era trataua de una manera horrible por K a i v a r a quien no bastaba que su esposa respetase su honor. E l sabía que K r a s n a amaba a Kanmo, que le amaría siempre, y la proximidad de K a n m o le hacía temblar, le enloquecía y determinaba el furor de que K r a s n a era víctima silenciosa y resignada. K a i v a r rugía porque no podía lanzarse a la mar y castigar a Kanmo. Kaivar había gastado todos sus tesoros, no tenía una üola nave, y las naves de que como gobernador de Corfú hubiera podido usar, pertenecían a Kanmo y babían sido alejadas de la isla. Sólo quedaban algunas pequeñas y débiles almadías, con las cuales hubiera sido una temeridad salir al encuentro de la formidable galera de Kanmo. K a i v a r pues, se veía sujeto a la tierra, sin poder castigar la insolencia de aquel anfitrión de los mares, que volaba impunemente en derredor de su nido. Kanmo, por su parte, estaba también terriblemente irritado. Veía que en vano eran sus continuos cruzamientos delante de la isla; que Krasna, insensible a ellos, no se dejaba ver en sus miradores; estaba celoso porque no sabía l a terrible situación en que K a i v a r se encontraba colocado respecto a Krasna, y llegó, en fin, un día en que, decidido a todo, determinó vengarse de K r a s n a y de K a i v a r y iibertar del yugo tártaro la isla de Corfú. U n a mañana, al amanecer, K a i v a r despertó sobresaltado a los grandes golpes que resonaban a l a puerta de las habitaciones de Krasna, junto a la que dormía saltó del lecho, acudió presuroso a abrir la puerta y se encontró a Nossur, que le d i j o -E l castillo está cercado, señor; el corsario K a n mo ha desembarcado con cinco m i l hombres; ha adelantado amparándose de las últimas sombras de la noche, y se le ha visto aparecer ya muy cerca del castillo. ¿Y por qué callan nuestros cañones? -dijo Kaivar. -Nuestros cañones, señor, son inútiles, hasta el momento en que los enemigos hayan trepado a lo alto de la roca; pero si no nos acometen, si se reducen a cercarnos ocultándose entre las quebraduras, nos veremos obligados a rendirnos o a perecer de hambre y sed, porque tenemos muy poca agua y muy pocos víveres. Esto sucedería si yo permaneciese cobardemen-
 // Cambio Nodo4-Sevilla