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MADRID- SEVILLA 6 NOVIEMBRE DE 1929. NUMERO S U E L T O 10 CTS. CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO ILUSTRAD O A Ñ O VI G É SIMOQUINTO N. 8.381 I MUÑOZ OLIVE REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONESY ANUNCIOS: ITINERARIO EXTRAVAGANTE La lluvia, la comida, el trabajo L a suerte quiso que lloviese una vez, a l a caída de la tarde, y entonces Nureiriberg, envuelto en una luz. cenicienta, se mostró aun más bello. H a y mucha gente que odia l a lluvia, pero a esta clase de personas no se les debe preguntar nunca su opinión sobre una ciudad. V e r una ciudad, comprenderla astáticamente, sentirse estremecido por lo que hay en ella de hermoso, de grande, no es demasiado fácil. N o todo el mundo es sensible a la música, a la literatura, a la pintura; y una ciudad puede ser una obra de arte tan impresionante como el Quijote, como las Sinfonías de Beethoveii, y, desde luego, mucho más que el mejor cuadro y la mejor estatua. L a lluvia puede perjudi- i carie y puede convenirle. E n las paredes encaladas de un pueblo andaluz el agua pone grandes manchones feos. L a s casas de ladrillos de Madrid se vuelven descaradamente rojas, como si padeciesen una enfermedad de su dura pie! Tampoco les conviene la lluvia. Pero una ciudad de vieja piedra obscura o de madera denegrida no recibe ningún favor del sol, sino del agua o de la nieve. Las ciudades tienen su maquillaje y su luz especial, como las mujeres, y si la fortuna nos brinda una ocasión de verlas en la mejor de sus trazas es una tontería despreciarla por un excesivo amor a nuestros zapatos y a nuestro sombrero. Entonces es grato pasear en Nuremberg por el viejo puente donde la paloma de la paz y el águila de la guerra se miran frente a frente desde dos altas columnas. L a s ráfagas agitan el elevado árbol frondoso que crece en una islilla, y el rio, picoteado por la viruela de la lluvia, pasa lentamente sus aguas color de tabaco bajo otro puente ubierto que nace en una torre recia, negra v dominadora. E n las casas de la orilla conienzan a encenderse luces, y todas las venlunas se revelan. L a lluvia escurre por la rápida cuesta de los techos. Una, tres, cuadro filas de ventanas en cada enorme tejaJo. Más que bajo los aleros abundantes. E n rc ¡a torre v la casa vecina, otra vivienda ¡e un solo piso está como sostenida en el lire, -allá en lo alto, con flores en la vejez le sus maderas y encasquetado el r o m á n t i co sombrero de su tejado; desde hace cuatrocientos, quinientos años pasa el agua obscura debajo de la casita, como si ella hubiese trepado huyendo de una crecida, y el Pegnitz esperase, pensando: U n día bajarás L a noche borra los detalles recientes; todo es ya vetusto; se está como caído en el aguafuerte realizado para ilustrar una novela de capa y espada; la emoción alarga hacia nosotros sus brazos, desde una edad remota, y nos acerca bruscamente. Pensamos, con la angustia del viajero que ha rodado a un abismo y ve a sus acompañantes seguir por la cumbre sin advertir su descenso: ¡Dios m í o yo aquí, en el siglo x i v y mi familia esperándome en el siglo x x en Madrid! Pero el brinco es fácil. L a puerta de un restaurante separa ambas edades. Desde el umbral, con la mano en el pestillo, puedo contemplar las dos épocas: la lejana, que construyó los sugeridores palacios, y la presenté, que me acoge con un raudal luz eléctrica, una alineación de mesitas de blaneos manteles y un insinuante tufillo a choucrout. Son las siete y media, la hora de la comida, y el restaurante está lleno, Los grandes ventanales de cristal desapa: recen tras una doble cortina extendida tan escrupulosamente, que no queda ni una ndija por la que se pueda espiar desde la álle lo que ocurre eri el interior. E n las tabernas, en los cafés, en cuantos lugares puede reunirse la gente para deslizar líquidos sólidos por el gaznate, hay la misma pi ecaución pudorosa que en E s p a ñ a o en F r ancia desconocemos; m á s bien gustar de que todos los transeúntes nos vean co: modamente sentados frente a nuestro bock. Pero la verdad es que sólo la cectumbre puei e hacer que no advirtamos eso que hay de r i dictilo en un local lleno de personas inmóviles en sus asientos, dando un sorbito a sus tazas o a sus vasos cada diez minuto envueltas en hunío de tabaco y abrum nadas por la ociosidad. d e E l maiíre me ha ofrecido una sopa d e tortuga, unos peces del país, pescados en el Pegnitz o en el canal Main- Danubio, y un plato de nombre difícil. L o s peces se i deliciosos, pero tan abundantes, que me parece dar fin á un banco entero; el plato de nombre difícil resulta ser un rascac, cielosedificado con trozos de ternera, de gallin y de jamón, circundado por montones de tomates, de guisantes, de patatas cocidas, ce col, E l bock de cerveza bávará, a cuya orada sombra como, es tan alto, que no sé si lo que blanquea junto a sus bordes es espuma o es la nieve de las cumbres elevadas, L a ración de dulce es ingente también. Así a ñadie puede extrañar que, cuando eucer dí un cigarrillo, lo hiciese con el mal de un hombre que no está satisfecho de sijr conducta. Aquel mismo día, en los periódicos de E s p a ñ a había leído las opiniones ele rimo de Rivera acerca de la voracidad nadional. Y o presumo de ser un ciudadano modelo, respetuoso con mis gobernantes, pero no pude evitar la discrepancia con las: teorías del presidente. Durante toda m i vida me habían repetido que el español era sobrio, y yo acomodé mi existencia a esta conqtición. Cuando en los periódicos me pagaban unas pcsetillas por trabajar día y noche, comprendía que la Empresa estaba segura d í que era inútil una mayor generosidad, pora re yo, como español, era sobrio. Cuando el FpStado me ofreció cuarenta y dos duros por mis servicios como oficial de Hacienda ei iter ndí que implícitamente afirmaba: Usted, como español, es sobrio Se me ha hablado siempre de la sobriedad del soldado espa: ñol. del obrero español, del empleado español ae todos los españoles. Quizá por no disc r epar, por mantenerse dentro de la sagrada t: nie idad de la raza, los campesinos gallegos no comen más que una especie de sopa de 1 gumbres, y los andaluces, esa bagatela cue se llama gazpacho. Y pasa así un lus; 1 T (y o, otro lustro, v muchos lustros. Y un dia llega r un hombre al que hay que suponer enterado oe la verdad, y nos dice: L o s espji ñol es comen demasiado Es difícil adm de golpe, un cambió tan brusco. Pero entonces yo estaba conforme con Primo de Rivera. Él banco d peces c oleaba en mi interior, para reprocharme: -Comes demasiado. 1. a ternera g r u ñ í a -Comes demasiado. E l cerdo y la gallina apoyaban: -N o lo decimos por egoísmo, pero comes demasiado. Siempre que acabo de comer con exceso comprendo que no se debe comer con exceso, y supongo que le ocurrirá igual al Sr. Primo de Rivera, porque también es un hombre i n teligente. Cuando esto me ocurre me molesta como un abuso pernicioso cualquiera manifestación de apetito en los demás. Y así mis ojos tenían una fraternal expresión de condolencia y de reproche, de disgusto cordial, cuando dirigían sus miradas a las mesas donde aún quedaban comiendo algunos desdichados de buen diente. -E l marqués de Estella- -pensé- -ría d i cho que cuando se come mucho se trabaja poco. Esto ya lo había observado yo, aunque creí que ocurría porque en España, aun trabajando mucho, sólo se alcanzaba a comer un poco, y los que comían mucho eran los que no necesitaban trabajar nada. Pero cuando él lo dice, tendrá otras razones. Y en este caso, Alemania está perdida. E n Alemania se come mucho. Por lo tanto, no podemos creer que en Alemania se trabaje. ¿Y la infeliz Holanda? Quien conozca esos menus inacabables de los banquetes holandeses tiene que proclamar que es un país de vagos. L a propia Inglaterra no come mucho de cada vez, pero come cinco veces al día, la muy holgazana, y bien se ve, sólo con meditar esto, que su poderío económico tiene que ser una superchería, en la que. ning ú n hombre serio puede creer. L a verdad es- -decidí- -que Europa va por muy mal camino y que la envidiable prosperidad hay que buscarla en los parcos, devoradores de berzas de Galicia o en los que, en el campo andaluz, injieren pan con aceite pqr todo alimento. Y fué sólo para brindar por ellos por lo que pedí otro colosal bock de cerveza. W. F E R N A N D E Z FLOiREZ MEDITACIONES POLÍTICAS E l cambio L a dolencia se agrava. D e hace menos de dos años son estas palabras del ministro de Hacienda: A f i r m o que el Estado español tiene posibilidad de ir al patrón oro, si lo desea, cuando le convenga. A pesar de eso, digo que no creo que por ahora se deba pensar en la implantación del patrón oro, porque significaría la revalorización de la peseta, y esta revalorización, hecha de un modo brusco, implicaría un daño y una perturbación grandísima en toda la economía nacional... E s p a ñ a q u e no piensa ahora en revalorizar, porque ño le conviene, tampoco renuncia a ello, ni puede abandonar la peseta al decurso vacilante que le puede infligir lá especulación extranjera... De hace menos de un año, estas otras: Contra todos estos factores hemos luchado, y, afortunadamente, la intervención, con sacrificios, hay que proclamarlos, aunque i n feriores a los que la gente pueda suponerse, ha logrado su propósito. La peseta eslé en
 // Cambio Nodo4-Sevilla