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4 ¿isa a- 33 En tiempo de epidemia el inhalante IRK A purifica el ambiente, y los vahos son un complemento insubstituible de la desinfección nasal y bucal. ALGUNOS DEPÓSITOS: Madrid, J U A N MARTIN. -Barcelona, P U J O L Y CULLELL. -Gijón, J E S C A L E R A Y C O M P A Ñ Í A y R I C A R D O GALDIZ. -Málaga, JOSÉ E S T A ESTALA. -Lo- ¡BLANCO. -Zaragoza. R I V E D Y C H O L I Z -B a d a j o z V I C E N T E D O M I N G O S A N C H I S -V i l l a n u e v a de la Serena, A L F O N S O ROMERO. -Bilbao, B A R A N D I A R A N LA. -Jaén, C E N T R O FARMACÉUTICO J I E N N E N S E -Sevilla, H I J O S D E J G A L L E G O -J e r e z de la FronDESIDERIO REIG- -Valencia, A. GAMIR, tera, F A R M A C I A G O N Z Á L E Z R O J A S -G r a n a d a JOSÉ M V I L L A L O B O S -C a r t a g e n a J O S É groño, JOSÉ L D E A R A U J O -V i g o JOSÉ E S T A L A -A l i c a n t e Almería, F A R M A C I A D E L C A R M E N SEÑOR! TAS Cí muEO B 2 S Academia FERNANDEZ SARAS. Especializada. 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L a muerte de Kanmo aterraba a Krasna, la helaba el corazón; pero, a pesar de su amor al griego, de que su muerte era la mayor desgracia que podía temer Krasna, a pesar de que aborrecía con toda su alma a Kaivar, que para ella era más que esposo un tirano insoportable, Krasna no deseó ni por un solo momento, la muerte de Kaivar. Su deber y su conciencia se lo impedían, y Krasna cumplía rígidamente con su conciencia y con- su deber. Ño podía pedirse más a aquella desventurada. Dios había querido que amase a Kanmo, y le amaba con toda su alma. Dios la había entregado a Kaivar, la había hecho su esposa, y Krasna apuraba con la sublime valentía del mártir todo el horror de su destino. Cuando Kaivar llegó a la parte llana, a un pequeño valle al pie del peñasco, montó a caballo. A l otro lado del valle había un hombre a pie, ligeramente armado, con traje griego, un pequeño escudo de cuero en ej brazo izquierdo y un ancho sable pendiente de la cintura. Aquel hombre era Kanmo. Adelantó hacia Kaivar en cuanto le vio aparecer a caballo y al llegar a él le dijo: -Estaba seguro de que vendrías y te esperaba. -Y o te doy las gracias por haber dejado el mar, dond e y o no podía ir a buscarte, y por haberme presentado la ocasión de que yo vengue en ti, matándote, todo cuanto sufro- -dijo K a i v a r con la voz trémula de cólera, echando pie a tierra, después de io cual arrojó su lanza y dejó libre su caballo para ponerse en iguales condiciones de combate que Ktenmo. -Vengo a pedirte cuenta de la desesperación de Krasna- -dijo Kanmo. -Y o quiero aumentar su desesperación hasta la locura matándote- -respondió Kaivar. -Pues procúralo- -dijo Kanmo, desnudando su ancho sable- Estamos solos; yo he dejado mi gente lejos de mi, entre las quebraduras. 1 -N i uno solo de mis tártaros ha salido del castillo- -respondió Kaivar. -Pues luchemos de poder a poder- -dijo K a n m o- y que Dios dé el triunfo a aquel de los dos que m i s le plazca. -Acabemos de hablar- -dijo K a i v a r- porque me impaciento al ver vivo ante mí al hombre a quien aborrezco, cuya vida pesa sobre mi alma. -M e pesa a mí la tuya, y te la voy a arrancar. Y tras estas palabras Kanmo embistió a Kaivar. Se trabó un combate en que en los primeros momentos nadie hubiera podido comprender cuál sería el vencedor y cuál el vencido. Eran dos tigres irritados, fuertes, terribles, que no se cansaban, que no cedían, que redoblaban sus golpes, golpes que no caían sobre sus escudos sin dejar en ellos una profunda señal. L o s dos eran ágiles, los dos diestros, los dos dotados de un valor maravilloso. M u y pronto los escudos estuvieron inservibles y se vieron obligados a arrojarlos, porque más servían de estorbo que de defensa. Entonces la ventaja estubo de parte de Kaivar. Este estaba completamente armado, c ubierto de hierro, y Kanmo no tenía otras armas defensivas que sus vestidos de seda. L a lucha, pues, parecía terminada en daño de K a n m o pero éste, rápido como el pensamiento, paró con su sable un golpe de la espacia de K a i v a r cerró con él, de asió por la cintura y le oprimió. E l combate de acero contra acero había pasado a ser una lucha de gladiador. Entonces se cambió la ventaja, poniéndose de parte de Kanmo, que, libre de todo peso, podía usar mucho mejor de su agilidad que Kaivar, que tenía- sobre sí el enorme peso de su armadura. Crujían las piezas de ésta, rechinando sordamente oprimidas entre los brazos de Kanmo. K a i var perdía sensiblemente terreno y estaba próximo a perder el equilibrio. -Me agobia el peso de las armas- -exclamó Kaivar. -T u s armas te daban ventaja sobre mí, y usaste de ellas; ahora yo vuelvo contra t i esa ventaja- -dijo Kanmo. Y siguió luchando con un vigor tal, que Kaivar vacilaba y hacía inútiles esfuerzos por apoderarse de su puñal para herir a K a n m o pero el estrecho abrazo con que éste le enlazaba se lo impedía. A l ñu, K a i-
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