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E l Consejo de los Diez, que había enviado un agente a Corfú, recibió esta relación, que el agente había copiado, palabra por palabra, de boca de un anciano natural de la isla y que remitió al Consejo. Ignorábase qué relación podía haber entre aquellas tres personas y un monje negro venido del convento de la Penitencia y los dos cadáveres griegos que se habían encontrado una mañana flotando sobre las aguas del canal de Moníorte, delante del palacio Conti. Salvaíor Conti fué interrogado acerca del nombre y de la calidad de su esposa, y éste se negó a declarar. Pero puesto a! a prueba del tormento y habiendo resistido a la primera vuelta de rueda, a la segunda prometió declarar; se le quitó del tormento 3 dijo lo siguiente, que se copia de la declaración que prestó ante los secretarios del Consejo. Hace mucho tiempo tenía yo conocimiento con un corsario griego con quien en su juventud había tenido negocios mi padre, y que me debía grandes sumas, prestadas por mi padre a él, y que yo había heredado. Sábese que son muy comunes los contratos por relaciones mercantiles entre los venecianos y la gente de Levante, y aunque mi padre, como patricio, nada tenía de mercader, había conocido a- José Kraus en las casas de los joyeros judíos de! puente de Rialto, y de este conocimiento vinieron peticiones de dinero de Kraus, a mi padre, préstamos que, multiplicándose sin ser devueltos, llegaron a constituir grandes sumas. E n el testamento de mi padre quedaron consignados estos créditos contra José Kraus a favor mío, y mis testamentarios enviaron a Corfú un encargado para que realizase el cobro de aquellas cantidades, que José Kraus me debía como heredero de mi padre. Kraus 110 pagó la deuda; pero pidió plazos, que se le concedieron, y como hubiese faltado a ellos, se le excitó de nuevo, y Kraus, por resultado de esto, vino a Venecia a entenderse directamente conmigo, trayéndome algún dinero. Y o además de la inmensa fortuna de mi padre, había heredado su profunda misantropía mi existencia, sin causa aparente, era amarga y tristísima. Una agonía lenta producida por una tristeza profunda y sin objeto. Kraus, que venía de tiempo en tiempo a traerme a l guna cantidad, se propuso sacar partido de la enfermedad misteriosa que yo padecía, y que me hacía sufrir un tormento insoportable. -S i tú vinieras a Corfú, a mi hermosa isla de Corfú- -me dijo- t ú curarías de esa tristeza que te devora; tú no podrías ver los ojos de Zinca sin que ellos animasen tu alma, sin que la hiciesen sentir la ardiente vida del amor. -Las mujeres no existen para mí- -le dije- el amor no es una necesidad de mi alma; yo oigo hablar de él, y no le comprendo; si yo pudiera reírme, me reiría del amor. -L a mirada que ha de inflamar tu alma, que la ha de vivificar, que la ha de hacer sentir dulzuras que tú ignoras, aún no ha caído sobre tus ojos- -me dijo Kraus. -Y o soy rico y noble- -le contesté- y Venecia es la patria de las mujeres más hermosas del mundo; ojos incomparables han pretendido enloquecerme, y sus miradas se han perdido en un abismo sin fondo sin conmoverme, sin librarme ni por un momento de esta tristeza profunda, que hace de mí un cadáver v i viente. -Pero tú sufres. -Sí, sufro mucho. -V e n conmigo a Corfú. ¿Y para qué? -Para conocer a Zinca. -Zinca será para mí, para inspirarme amor, tan