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Tur ismo LOS J U G U E T E S D E LAS RAZAS Y LOS PUEBLOS GRAVES N o todo es diminuto en Brujas, ciudad que se refleja en los restos de sus canales con el miniaturismo de los primitivos p i n tores flamencos, de quienes guarda tesoros como los archivados en el hospital, en el hospitalito de San Juan, donde las pinturas de M e m l i n g han ido recibiendo una pátina de tiempo y de santidad, l a de la casa. N o todo es diminuto, y en prueba, he ahí la plaza M a y o r o mercado, enorme llar extinto de las populosas hogueras de inquietud, semejando tizones olvidados las góticas arquitecturas que enmarcan el urbano yermo. A l fondo está lo que fué granero comunal, i n menso cofre de piedra, y encima, formando un m a r r l l o con legendario depósito, el beffroi, la torre, ni militar n i sagrada, del pueblo, que desafiaba al Emperador y a la misma Iglesia. E n ese estaminet que ahora barre una muchacha estuvo la cárcel momentánea de u n príncipe, y las estatuas del m o numento que ocupa el centro de la explanada son las de dos caudillos de la plebe. Efemérides y escenario compiten en grandeza. P o r lo que toca a la torre, oxidada en un bistre ardiente por los siglos, conserva su arrogancia, siendo cuadrada- en su base y octogonal arriba, en su pecho, como i quisiese recibir todos los aletazos del viento, nunca allí sosegado. minué, y sin duda con uno de la Corte de F r a n c i a lo estrenó un campanero que llevaba chorreras en su camisa. L a máquina del reloj a que pertenece lá esfera de pizarra impulsa también un tambor de cobre, erizado de púas, agrupadas en constelaciones o independientes que r o zan al pasar un cordaje dispuesto como un peine, e l cual anima las mazas suspendidas sobre 49 campanas, amarradas a unas vigas y transmitiéndose en la penumbra uña suave refulgencia, eco luminoso del son reposado, sedimentado. Subyuga, atemoriza un poco el artilugio, que examinado de cerca parece de una alucinante animalidad. L a s ruedas dentadas fingen el rebullir de unos cocodrilos. Y se piensa eri que llegará la noche, y moviéndose a ciegas, el cilindro y aquellos nervios de alambre arrancarán a los invisibles bronces unas armonías que dictaron les muertos, y que no serán escuchadas por la población, oculta y dormida. V a n de ronda los duendes. S i n embargo, no se pierde en el aire el encantador sonecillo. Y o creo que l o recogen, transformándolo como la lluvia a veces se convierte en nieve, las tiendecitas de encajes. E l sonecillo se cambia en los encajes de B r u j a s verbigracia, en los de esa v i t r i na, que imitan capullos, mariposas y pájaPero el monstruo acabó vencido por el ros, teniendo cuadrado su único ojo los r u i sortilegio de la ciudad, y es que ostenta el señores, en virtud de la retícula del modebeffroi en lo alto u n amplio disco de pizalado. Algunas piezas amarillean y otras exrra, con unas cifras y unas saetas doradas, tremaron su plateada blancura. Y desprény cuando el compás, que se mueve a saltidese del conjunto del escaparate una vaguetos, apresa y mide un cuarto de hora, o la dad a un tiempo caduca e infantil, encanmedia, o la hora, el coloso se transforma en tamiento de adornos que no encontraron apliim clavicordio o una caja de música, porLA TORRE, OXIDADA E N UN BISTRE AR- caciones y efluvio de la vida de las encajeque entonces canta el carillón. ras, que sueñan y languidecen al compás de E l juego de sonidos data de la época del DIENTE POR LOS SIGLOS... LAS MARIONETAS FÉRREAS, LOS BUFONES, BAILAN Y ALBOROTAN, ENSEÑÁNDONOS QUE LA HORA QUE COMO U N NIÑO NOS ACARICIA ES LA QUE NOS H A C E VIEJOS, (PUES SOMOS A B U E L O S D E E L L A MISMA