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EN T A N T O E L CAR 1 L L O N I S T A NO S I E M P R E A N T E E L ÁSPERO TECLADO D E ÜRÜJAS, CON SU T E S T A E N Q U E LA F R Í A C L A R I D A D E L A V E N T A N A F I N CE U N H A L O aguja, a ¡arruilo tic los bolillos, en sus nabitácuk -i medievales. No siempre, volvamos al carillón, corres. i j ingenio mecánico hacerlo cantar, ce: Vndose conciertos extraordinarios en Kiñar. a de los domingos y algunas no h. íf! verano. E n tales solemnidades, tin c? -illonista. procedente, sin duda, u r, ie de Malinas, siéntase a un ter (a J clado de tanta dureza, que el músico tiene que enguantarse de cuero, y toca en las nubes, o poco menos, para un público hormigueante en la plaza, disperso y silencioso, e x t r a ñ a m e n t e paralizado, y en el que figuran automovilistas que vienen de. Ostende y otras playas de moda, a t r a í d o s por la fama del espectáculo. ¿E s p e c t á c u l o? Vacilamos en calificar así aquella Asamblea de fervorosos que oven en las alturas y miran a! suelo, I s un hechizo. o recuerdo la emoción de un vals de Chopin trasladado a las campanas. N o era ya el coloquio aristocrático, la confidencia entre un frac azul, unos t i rabuzones y las estrellas, sino un raro responso: el de todos los idilios que se malograron en Brujas, condenada, desde hace siglos, por su mística penitencia, v antes por su ruina, a la p r i v a c i ó n de la voluptuosidad v el amor. Elogiemos Brujas y su carillón, porque éste y la legendaria ciudad constituyen e! símbolo de la poesía del Norte, en cuanto se refiere a nostalgias. Pero desde Inglaterra a S u e c i a y Noruega, los bloques de humanidad huesuda y carnosa, maciza, cultivan el juego de los relojes históricos, y cuya fortaleza contrasta con sus caprichos, como el de las serenatas, o el de unos muñecos danzantes. E n Londres. Amberes y Amsterdam cantan las horas, y su alegría tiene un inefable matiz de tristeza. (Justan los h i p e r b ó r e o s de ese agridulce. Sabido es que una de las diferencias entre ías urbes extranjeras y las españolas consiste en que en aquéllas, sobre todo si pertenecen a las razas rubias, nadie camina por caminar, sino que cada cual va a su trabajo. N o hay, en suma, el paseo de los soportales, clásico en nuestras provincia. Pues bien: apenas funciona el juguete de un reloj secular suspéndese la circulación en las m á s progresivas poblaciones septentrionales, y viejos y niños se recrean en silencio, mirándose unos a otros con una digamos complicidad en la ternura, subconsciente impulso que acaba por conducirles a la conciencia del pacto del hombre con la Naturaleza, con la vid- En tanto, el carülonista, no siempre ante el áspero teclado de Brujas, con su testa en que la fría claridad de la ventana finge un halo, va deslizando sus manos por el marfil, y en la plataforma y templete del ediPicio municipal, o que fué de un genio rico, las marionetas terreas, los bufones, bailan v alborotan, enseñándonos que la hora que como un r i ñ o nos acaricia, es la que nos hace viejos, pues somos abuelos de ella misma. FEDERICO G A R C I A SAXCH 1 Z APENAS FUNCIONA E L J U G U E T E D E U N R E L O J S E C U L A R S U S P E X UESF. L A CIRCULACIÓN EN LAS MAS PROGRESIVAS P O B L A C I O N E S S E P T E N T R I O N A L E S (Fotos Marín.
 // Cambio Nodo4-Sevilla