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sosas, nudosas, surcadas de salientes venas hinchadas; manos de viejo muy viejo) sostienen con firme ademán. E l libro es una Historia del Parlamento, según rezan las letras de su título, y Gladstone se absorbe eh su lectura. L e e muy atentamente, con reconcentración visible, apretada la sumida boca, de finos labios lampiños; presos los ojos por la lectura, a l través de los vidrios simétricos de los espejuelos, un poco alzadas las cejas, cual si l a lectura le causase algo de a d m i ración y le pasmase v conmoviese, aun en medio de su impasibilidad. E l cuerpo se oculta en un traje gris, holgado y banal; una. estrecha corbata negra se anuda bajo los altos picos separados de un cuello a r c a i co. Gladstone no se ocupa g r a n cosa de su toaleta, que sólo recomiéndase por una i n maculada nitidez y una pulcritud suma. Junto a él, los estantes de u n a biblioteca ofrecen los dorsos de grandes l i b r o s tras la butaca, bajo el ventanal, más libros; e n tré los pliegues blandos de las cortinas, sobre una mesa, revistas y folletos apílanse en correcto montón. T o d o el. cuarto es r e cogimiento, calma, orden bien entendido y aplicado, comodidad sin molicie, opu encia sin ostentación. Y en medio de ello, el glorioso anciano termina su v i v i r serenamente, c o n vencido de que su existencia fué siempre pura y honrada. E n cambio, toda inquietud, toda complicación tiene residencia en el retrato que B o l dini hizo al escritor Roberto de Montesquieu. E s ésta una obra aguda, no en el sentido espiritual de la palabra, sTno en el m a terial. T o d o es ángulo, casi diríamos p i n cho en el retrato. L a tendencia de Boldini a afilar sus figuras acentúase más aún en la del exquisito escritor, quien se nos muestra ligeramente sentado e n u n a silla, c o n templando con sus penetrantes ojos el tallado puño de un pulido y esbelto bastón. U n a larga levita, entallada y flotante a u n tiempo, prende el grácil cuerpo del autor de las Hortensias azules, que se curva sobre el respaldo de l a silla. L a s manos, ceñidas con guantes claros y justos, no semejan ser de persona viviente; escuetas y mondas, como si sus falanges se hallaran desprovistas de carne. U n a ancha, flotante, suelta corbata desciende, aparentemente descuidada, sobre la blanca camisa, naciendo del alto rígido cuello. L a cabeza es finísima, admirablemente construida, siempre dentro del ideal a r ROJIANA B R O O K S P I N T O A G A B R I E L D ANNÜNZIO MAR D E ESPAI- DAS A UN L Í V I D O D E E X T R A Ñ A S OLAS BABOSAS... RETRATO POR PINTOR DE PASTEUR, ILUSTRE EDELFELT, FINLANDÉS fuera de ellos, existe para Pasteur en el mundo, ausente su inteligencia de todo c u a n to no sea aquellos dos objetos. L a frente, ancha, convexa, amplio albergue de amplios pensamientos, sube cráneo arriba, y ella, con los ojos investigadores, sublimizan la cabeza toda, pues lo demás son rasgos v u l gares, anodinos, que se confunden entre la barba y el bigote, nial cuidados, y las g r a sas fofas e invasoras. E n septiembre de 1890 pintó M a c L u r r Hamilton al anciano Gladstone. Y a el estadista se hallaba m u y viejecito, y, al verle, se siente ante él l a apiadada conmiseración que inspiran los seres débiles. Gladstone está m u y arrellanado en u n amplio y ómodo butacón, sobre el que cae l a luz de una ventana. L a claridad resbala sobre la estofa alegre de la poltrona, sobre los pelillos blancos, plumosos y volanderos que o r nan el cogote del estadista; sobre la ancha calva, luciente y marfileña. C a e también l a luz en el libro rae las manos (manos r u-
 // Cambio Nodo4-Sevilla