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tisticw fie Boldini. T o d a en ella es distinción, raza, líneas trabajadas por el refinamiento de muchas generaciones. A l g o de m o delo de V a n D y c k tiene el rostro de M o n tesquieu; la nariz, añlada y tajante; el b i gote y la perilla, cuidados y sedosos; l a línea pronunciada del mentón; el pelo, un soco aborrascado, que crean todos u n facies r e finado y exquisito, correspondiente en todo a cuanto escribió y realizó en su vida el atormentado escritor. Romana B r o o k s pintó a Gabriel D A n nunzio de espaldas a un mar lívido, de extrañas olas babosas, que parecen no tener fuerza para romper contra los obstáculos. E l cielo, gris, apenas manchado por nubes obscuras, llena con el mar ceniciento el fondo del cuadro. Sobre él destácase l a figura del altísimo poeta. S u traje pardo, su capa negra, parecen nacer del mar y del cielo, sombríos y tristes. S u brazo derecho apóyase en un parapeto y deja pender negligente l a mano creadora, fina, joven, casi de adolescente Y recortándose en lo alto de la figura, el rostro del artista semeja, por su expresión intensa y alucinada, el de una sobrehumana apariencia. L a boca se entreabre con el gesto de quien v a a p r o ferir anatemas, a iluminar l a noche donde se mueven las gentes comunes, con palabras definitivas y terribles; la nariz, sobre el b i gotillo ralo y respingado, también palpita iracunda, y los ojos, grandes, fijos, fulgentes, al amparo de las cejas arqueadas, p a recen clavarse en algo invisible con el a h i n co enconado de las pupilas de los profetas cuando se posaban en alguna ciudad m a l dita. Sólo l a calva, vastísima, imposible de poetizar, y las orejas, enormes y abanicadoras, son de hombre y no de fantasma. N o obstante su actitud perezosa y estática, G a briel D A n n u n z i o e s en esta pintura como l a representación de una fuerza constante y en perpetuo hervor. S u reposo seguramente es momentáneo; u n alto cortísimo entre l a conquista de un amor o de una ciudad. L a condesa de Noailles, l a vehemente y apasionada poetisa balcánica, muestra su encanto oriental en el admirable retrato de Laszló. E l pintor reprodujo el bello busto de la ilustre dama envuelto entre tules, por donde serpean los sedosos, suaves tornasoles de espléndidas perlas. C o n una mano, que es por sí misma una joya, larga, afilados los dedos, lucientes las uñas rosadas sobre l a tersa carne, prende la artista TODA INQUIETUD TIENE RESIDENCIA E N ESTE RETRATO QUE BOLDTNI HIZO A L ESCRITOR ROBERTO D E MONTESQUIEU RETRATO D E GLADSTONE, PINTADO POR MAC LURR HAMILTON, E N 189O su collar, levemente, con el gesto delicado de quien sujeta una mariposa. E l cuello, ebúrneo, de cisne heráldico, esbelto como rm tallo de flor, sostiene l a cabeza, toda expresión, toda sonrisa y encanto. L a boca nació al mundo con l a misión de decir versos, y l a línea armoniosa de los labios lo demuestra bien claramente; l a nariz palpita, se estremece; sus alillas titilan trémulas, con u n temblor de hoja al viento, mientras los ojos son como amplios abismos sombríos, donde la mirada se hunde sin h a llar fondo, luciendo tenebrosos bajo la cabellera revuelta, densa, obscurísima, pronta a flotar libre a la brisa de los mares y de los montes, al reflejo de los soles y de las lunas, al abrazo pujante de la naturaleza, que tan bien sintió Ja poetisa. E s su rostro E l rostro maravilloso que trazó su p i u lóla candente. MAURICIO LOPEZ- ROBERTS, Marqués de la Torrebermosa.
 // Cambio Nodo4-Sevilla