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Sabed: Que Giuseppe Kaivar, tártaro, jefe de la tribu Kaivar, gobernador que ha sido de la isla de Corfú y esposo de Magdalena Krasna, tártara, hija de Cristian K a r u k jefe de la tribu t á r t a r a Karuk, y cristiano de la Iglesia griega cismática, hastaí hoy que se ha convertido en mis manos a la Iglesia de Jesucristo, ha tenido una vida tal y tan impía y ha cometido un tan horrendo crimen, que Nos, en nombre de la Santísima Trinidad, de los arcángeles y de los ángeles, de los santos y de las santas, le condenamos a perpetua penitencia, y os rogamos a vosotros, príncipes y potestades de la tierra, no castiguéis con vuestra justicia sus delitos si lOs descubrierais, matando con él el terrible tormento que Dios Todopoderoso ha puesto en su corazón como castigo de su crimen; sabed que l a muerte sería para él un bien, no un castigo; tenedlo en cuenta, y no ofendáis a Dios desatendiendo el ruego que os hacemos en nombre del Altísimo, como vuestro padre espiritual. Pero si superpusiereis vuestra justicia a la justicia de Dios, que el anatema caiga sobre vosotros. Despi s de haberse transcrito al proceso ese terrible y c rio decreto pontificio, fué devuelto al padre Gius- ppe, que le guardó y continuó declarando. -Sixto V escribió a ú n otro decreto, que existe en poder del abad de San Benito de la Penitencia, en la ciudad de Venecia, E n aquel decreto le mandaba el Papa que me diese el hábito de novicio, y me redujese a los servicios más severos y observase mi conducta; que a los seis años me mandase volver a Roma, a sus pies, con una información minuciosa de mi vida durante aquellos seis años. Y o cumplí el mandato del Papa. Vine a Venecia me presenté al abad de San Benito, a quien di el decreto del Papa. Pocos días después, tomé el hábito de novicio, y tal fué el estado de mi espíritu durante los primeros seis años, tal l a tristeza y la desesperación que se revelaba en mi semblante, tan extraordinarios, tan terribles los ejercicios penitenciales que yo practicaba, que los monjes me miraban con asombro, y empezó a salir del convento la fama de santidad que hoy pesa sobre mi y que me abruma más que todos los, castigos que hubieran podido imponérseme. Ignoro lo que el superior de San Benito informaría al Papa en el pliego cerrado que me dio cuando, cumpliendo con el decreto de Sixto V me mandó ir a Roma a ponerme a los pies de la silla de San P e dro. Sixto V recibió de mis manos el pliego, y me mandó volver pasados tres días. Volví y me escuchó de nuevo en confesión; terminada ésta, me absolvió, me dio un pliego para el superior de m i convento y me mandó volver a él. Llegué, me arrodillé a los pies del abad y le entregué el pliego del Papa. L o leyó el superior, y después me dijo: -Nuestro Santísimo Padre ha visto tu humildad, tu dolor, tu arrepentimiento, y te ha absuelto, hermano. Nuestro Santísimo Padre te concede el que te se pueda conferir el orden sacerdotal y la profesión de nuestra o en o en otra cualquiera orden penitente. U n año después era yo sacerdote y monje profeso en el monasterio de San Benito de la Penitencia, de Venecia, en donde se me tenía por santo. Pero, a despecho mío, yo era un demonio. M i amor satánico hacia Krasna aumentaba de día en día, y m i dolor y m i horror por su muerte eran porque había perdido su hermosura, no porque la había privado de l a vida, no porque había dejado huérfana a su hija Zinca Karuk. Magdalena Krasna no había muerto para mí. L a veía en todas partes, a todas horas. Cuando celebraba el santo sacrificio de l a misa, al murmurar, estremecido de terror, como las hubiera murmurado un condenado sin esperanza de la misericordia de Dios, las palabras de la consagración, veía con espanto ho- rrible que l a forma aparecía a mis ojos como bañada en sangre humeante, y en medio de ella a Magdalena Krasna, en cuyo seno brotaba la sangre que teñía la