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Lia, Montera, 23, joyer. t I 496 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L PASTELERO DE MADRIGAL 403 no los He llamado, porque de nada podían servirme, y lo que más necesitaba era un sacerdote que me escuchase en confesión. Yo llamé a un pescador que se acercó. -Ve al castillo de Kraus- -le dije- -y, di a sus corsarios que su capitán ha sido asesinado, que está moribundo y que los llama. E l pescador partió. 1- -Cuando lleguen tus corsarios- -dije a Kraus- -í ocúltales el nombre de quien te ha asesinado, para evitar venganzas, si quieres que te perdone Dios. Diles que no has conocido al asesino. Si sospechasen que ha podido ser Zante, desvanece sus sospechas. -Lo haré, lo haré; no quiero dejar tras de mí sangre; bastante he vertido y harto pesa sobre mi conciencia. -Mándales, además, que me entreguen el niño qué se cría en tu castillo. ¡Oh, sí! Ellos obedecerán lo que les mande su capitán moribundo y te entregarán el muchacho. Pero escúchame en confesión; yo muero. No había tiempo para la larga confesión de los crímenes del feroz corsario, se lo indiqué, y le dije que bastaba su arrepentimiento. Kraus rezó, estremecido ¡de miedo, algunas oraciones, y yo me di por satisfecho y murmuré las palabras de la absolución, con el pensamiento, no en el cielo, sino en la tieraa, adonde me pegaban mis pasiones. Dios hacía que un monstruo tuviese al- morir a su lado no a un santo, sino a un demonio. Había terminado apenas aquella escena sacrilega, cuando llegaron rugiendo de rabia los corsarios de Kraus. Este cumplió lo que había prometido; ocultó el nombre de su asesino, les mandó que me entregasen el niño y añadió- -Ved de qué manera lia castigado Dios mis crímenes; escarmentad en mí y abandonad la vida de. perdición en que os encontráis; no me sepultéis; dejadme aquí para que los buitres devoren mi cadáver en expiación de mis crímenes. Murmuró algunas palabras más, que se fueron haciendo roncas e ininteligibles, y expiró algunos mo- ¡tnentos después. ¿Se habrá salvado aquel hombre? Los corsarios me entregaron el hijo de Zinca, que 1 1 x Zinca su hijo ni por qué razón Zínca, qué debía estar enamorada con toda su alma de Zante, había ido a Venecia a ser la esposa del patricio Salvator Conti. Siempre que me hacía estas preguntas, dentro de mi pensamiento una, voz instintiva y misteriosa me hacía escuchar el nombre del corsario Juan Kraus. Con tanta insistencia, en fin, pensé en él como en la única persona que yo, sin saber por qué, creía capaz de sacarme de dudas, que me volví a Corfú y busqué a Kraus. Este no había vuelto aún de su viaje a Venecia y me precisó esperarle. Ir a Venecia me hubiera sido inútil. Zinca me hubiera ocultado en ¡Venecia la causa de su casamiento con Salvator ¡Conti, como me lo había ocultado en Corfú, tanto jmás cuanlto que aquel casamiento debía haberse consumado ya. Juan Kraus tardó aún un mes en volver, y en cuanto a mí, supe su vuelta de una manera terrible. Una noche llamaron precipitadamente a la portería del convento de franciscanos, donde yo me aposentaba constantemente mientras estaba en Corfú. Los que llamaban eran unos pescadores de la cercana playa, que venían a buscarme para que auxiliase a un hombre a quien habían asesinado, y. que, sabiendo que el padre Giuseppe el Santo estaba a la sazón en el convento de franciscanos de Corfú, pedía con insistencia que yo le escuchase en confesión. Me trasladé rápidamente al lugar donde aquel hombre se encontraba, y a la luz de un hachón que llevaba uno de los pescadores, vi con sorpresa y con terror, porque se me presentaba una nueva prueba dé la Providencia de Dios, que aquel hombre era el tremendo corsario Juan Kraus. Estaba materialmente hecho pedazos. rasgado por profundas heridas hechas por una mano terrible. Causaba maravilla el que viviese aún. Hice apartar a los pescadores y me quedé solo con Juan Kraus para escuchar su confesión. E l desdichado comprendió que no tenía mucho tiempo de que disponer y que le era de todo punto necesario abreviar su confesión. -Y o tenía un gran interés- -me dijo- -en que Zinca Karuk fuese esposa del patricio veneciano Salvator Conti, que se había enamorado ciegamente de ella; yo sabía, no importa ahora cómo, que Zinca