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vez. Las torcas, repartidas sobre eí pentagrama de la tierra, son como las notas de un poema musical escrito por el agua y ejecutado por el viento sobre el órgano armonioso de los pinares; sus hermosos abismos atraen y ai mismo tiempo repelen la agresión del objetivo, deí pincel o de la pluma; la Naturaleza muestra en ellas su coquetería femenina y caprichosa, a la vez que su fuerza titánica e invencible; la Mujer que presume y el Hércules que actúa se hermanan en aquella obra gigante y bella, unidos en secular coyunda creadora ante el altar del Arte. La Torca del Lobo sorprende, admira y emociona; su círculo casi perfecto tiene ciento setenta metros de diámetro; las escarpas de sus paredes verticales, de roca plomiza, se hunden perpendicularmente en el abismo, y allá abajo, en el fondo inaccesible, se yerguen algunos pinos desterrados y tiene su nido alguna pobre raposa, encarcelada, y añorante del tufillo embriagador en que se envuelven los bien poblados gallineros. Esta Torca del Lobo es la más bella, la Torca Rubia es la más imponente, y la Torca del Ccñajo es la más adusta de cuantas en los Palancares abren sus bocas estupefactas, como asustadas de su propia grandeza. Para visitar estas torcas es preciso desviarse de? camino forestal hacia la izquierda, en el sitio donde se lee Torca del Apta sobre una tabla sujeta al tronco de un pino: pero continuando hacia adelante por el mencionado camino se halla, antes de los doscientos metros, también a la izquierda, la Torca de! a Novia, que, con sus ochenta metros de diámetro y veinte de profundidad, parece, después de vistas las anteriores, no una obra de empeño, sino un lindo pasatiempo, una monada, un juguete fabricado por la Naturaleza durante un tedioso momento de ocioso paréntesis en sus grandes tareas. No lejos de este lugar, llamado a tener universal renombre cuando sea debidamente conocido, a cosa de una hora a caballo o a pie de ia Cañada del Hoyo, existen otras doce torcas, cinco de las cuales ofrecen la particularidad de que su fondo, cubierto de agua, donde se espejan los riscos de sus bordes, las convierte en verdaderas lagunas. En una de ellas toma en ocasiones la masa líquida una coloración lechosa, de indudable origen químico, que la hace parecer el filtro de un mago al preparar un sortilegio. Y aún existen más torcas en Cañaveras, en Sisante, en San Clemente y en L a Frontera, donde hace tres años se abrió inesperadamente una, arrastrando el torrente subterráneo la escombrera del hundimiento por debajo del pueblo, con fragor y sacudidas de fenómeno sísmico. Pero en los Palancares, además de las torcas, se ofrece a la contemplación del viajero el soberbio pinar. Volviendo al punto donde el camino forestal se divide en dos ramales, y otorgando esta vez la preferencia al de la derecha, se sube por una áspera pendiente a un altozano, que cierra y domina la meseta. por el Sureste. En él se levanta la casa forestal de Fuente Peñuela y, desde su balcón principal, se contempla un espectáculo ciertamente magnífico: el horizonte se aleja, la planicie se extiende indefinida, ondulante y verdosa como el mar; es un verdadero océano, que se agita ante los ojos absortos, y, para hacer m á s completa la ilusión, surcando los aires v posándose suavemente sobre las copas de los árboles, entretienen la vista con sus evoluciones algunas palomas silvestres, que parecen gaviotas. S H E R M O S O S ABISMOS A T R A E N Y A L MISMO T I E M P O R E P E L E N L A AGRESIÓN DEL OBJETIVO, D E L PINCEL O D E LA PLUMA Luis M A R T Í N E Z K L E I S E R (Fotos del mismo autor.