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NUMERO EXTRAOR D I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMOQU 1 NTO. ABC Por tierras de Albarracín. N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO V 1 GES 1 MOJ QU 1 NTO. EL FEUDO DE LOS AZAGRA ia ciudad. Su escudo se lo disputan, por mitad, los palos de Aragón y la imagen sedente de Santa María. Casas de original factura con voladizas galerías de madera superpuestas y algún bien labrado balcón angular, completan el cuadro, dejando angostas hendiduras que ceden paso a otras tantas callejas que más bien parecen madrigueras por su estrechez. Por excepción, solamente la calle de la Catedral y alguna que otra importante llegan a medir un par de metros de anchura; las más, apenas si exceden de un metro: y cuenta que al promediar la altura de Jas casas, aún les restan espacio los salientes voladizos sobre los que consuman el cierre en lo alto, los aleros del tejado que vierten a veces sus aguas sobre la casa de enfrente, privando a las calles de las caricias del sol y dejando a las viviendas en desconsoladora penumbra. Redondos soportales de patinada sillería lucen sendos blasones de artística labra. Recios enrejados de forja cobíjanse bajo robustos balcones; puertas de pródiga clavazón y centenarios aldabones que rara vez turban el silencio de la calle y otros curiosos detalles completan el ambiente. E l ge- La cosa responde al nombre. La diminuta ciudad es factura del feudo rebelde de los Azagra: un arábigo laberinto de intrincadas callejas, montaraces, pinas, angostas, sombrías y retorcidas que se encumbran en un cerro casi inaccesible rodeado de riscos y escarpes ds la más bravia Naturaleza. Albarracín es espejo del carácter rudo, i n dómito de aquel señorío medieval que jamás dobló su cerviz ante monarca alguno: siempre señores de. Albarracín y sólo vasallos de Santa María. Allá en apartadas tierras en los confines de A ragú n en la concurrencia de Castilla y Valencia... entre sierras escarpadas pje pretenden hincar sus picachos pardos en las blancas nubes, se tiende el histórico feudo y se oculta la belicosa ciudad. Treinta y siete kilómetros de carretera la separan de Teruel, su capital, por terrenos eriales a veces, y siguiendo el curso del Guadalaviar después, con atrevimiento en los últimos parajes, donde taja montañas, perfora rocas y salva obstáculos que parecen oponerse al paso veoz del automóvil. Albarracín se muestra al viajero casi repentinamente tras la última curva del cami- no, obligando a enfrenar al vehículo, que rechina como asustado de la sorpresa. Mole gris, gigantesca, forma el abigarrado de viejas casonas engarzadas unas con otras como para no rodar monte abajo por los precipicios de unos peñascales desnudos de toda vegetación. Fusión de viviendas y de rocas en rígida formación fundida en un color pardo tostado por las centurias; algo insólito y original que asusta y atrae a la par. La carretera fracasó en sus atrevidos intentos de penetrar en poblado. N i pudo escarpar las rocas ni invadir el álveo fluvial que. Gprimido por acantilados, defiende su estrechura apenas capaz para el paso bullicioso del agua. Perforar el peñón por recto túnel por bajo los cimientos de los edificios fué la única solución posible. Y por ambos extremos del paso subterráneo arrancan interminables escalinatas o empinadas rampas que invitan a subir a pie a la encumbrada ciudad. Ya en lo alto, y después de atravesar intrincadas angosturas, en la única plaza de no sobradas dimensiones, forman ángulo los viejos soportales renacientes de la Casa de l- L R I O O U A D A L W I A R J U N T O A C A C I U D A D P A S O S U n T K U K A S E O D 1 C I. A CARRETERA
 // Cambio Nodo4-Sevilla