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tas veces por ios caminos del inundo. Y todavía se cultiva ei c á ñ a m o con que ahora se hacen simples sacos y cuerdas, pero que en otro tiempo servía a! esplendor de las naves anseáticas. Y. apenas desprovistos de su uniforme, l a tarea anticua recomenzó para los campesinos que h a a í a n sido soldados. O t r a vez el guerrero volvió al arado, mecánico ahora y arrastrado por un iractor. E n vez de sembrar hornijas de mane, el granadero poniera no tornaba a sembrar patatas. T r a s de los a ñ o s énicos de que escapaba, como se sabe, de una pesadilla, la ruda labor le despertaba la a l e g r í a de las convalecencias. A q u í estaban ei campo patrimonial y l a esposa que tiene los ojos azules y l a cabellera color ce miel. E n vez de! a r m ó n de artillería podía montar sobre su carro, del que tiran los recios caballos ie anchas patas peludas. Y andar sobre la h ú m e d a tierra sin temor a ser visto, y abarcar en las horas diurnas ios horizontes distantes. Poesía geórgica de ese tiempo del a ñ o que ei poeta revolucionario llamó F r u c t í d o r Durante él extraen las patatas, a r a ñ a n d o l a tierra removida, m á q u i n a s con ruedas y alambres. Y F r i t z a veces se quedaba contemplándolas. -Parecen caballos de Frisa- -se dice. Porque el recuerdo de los artefactos de fortificación le es grato ahora, por lejano. Se amontonan los tubérculos en los cestos de mimbres o en los sacos que han de llevarse al almacén. Abundancia para el i n vierno, tranquilidad de la existencia que no ronda el fantasma del hambre. Sólo quien ha sentido su inminencia y se ha visto racionado puede apreciar la ventura de l a casa campestre bien provista, de cuya chimenea, en las horas de labor, sale el humo blanquecino, nuncio del yantar dispuesto. Y ya en los últimos días de la recolección, las tardes tienen una luz de otoño. E l h o r i zonte se hace plomizo hacia el Báltico, que aun de lejos parece prestar su matiz ceniciento a los cielos vespertinos. Y al O c cidente, los crepúsculos son anaranjados y amarillentos. Cuando sobre el fondo de la tarde una mujer y un hombre se inclinan sobre los surcos, en el ancho campo desnudo, no es posible localizar l a escena. x quí está fotografiada en Pomerania. Antes, en un paisaje de la isla de Francia, l a habia sorprendido Míllet. Actitud universal, símbolo eterno de la pareja humana que toma su sustento fie la tierra inmortal. L a noche llega y F r i t z se encierra en su granja. TYonto comienza a lloviznar. Pero ios h ó r r e o s están llenos de cereales v patatas para el invierno. L a vaca dormita en ABUNDANCIA PARA E L INVIERNO, TRANQUILIDAD D E LA EXISTENCIA QUE NO RONDA EL FANTASMA D E L HAMBRE su establo. E l fuego arde alegremente v la cerveza chispea en l a jarra- de cristal. E s cuando F r i t z enciende su pipa y ve cómo su mujer va a acostar a los pequeños, que tienen el pelo como de estopa. L a vida es gra a. Ventura modesta, pero estable, y mediocre, aunque risueña. Y haber escapado indemne a l a c a t á s t r o f e en que tantos amigos se dejaron los huesos en tierra extranjera... -N o puedo pedir más- -piensa. Y siempre se quedará allí, junto a su campo de patatas, decide prudentemente. Pero la niebla y la llovizna persisten. Se siente su repiqueteo en la pizarra del tejado. Pronto n e v a r á Se adivina la noche brumosa y fría en la llanura solitaria. Y sin querer, F ritz evoca la imagen de una calleja blanca de Trieste, donde fué en comisión militar, o de una plazoleta de Estambul, que c r u z ó con su patrulla; estampas de luz dorada con reflejos de mar azul y vuelos de palomas meridionales y ágiles siluetas de mujeres morenas... H a s t a que la voz conyugal lo substrae a su delectación morosa y lo vuelve a la humilde realidad. DE SU UNIFORME. LA TAREA ANTIGUA RECOMENZO JUAN PUJOL PARA LOS CAMPESINOS... (t otos Contreras y Vilaseca.