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dos retratos y un bodegón, que bastarían también para avalar el prestigio del Salón de Otoño de toso, Pinazo se nos presenta en mío de esos instantes en que el artista, írguiéndose sobre el haz de su época, de su mentalidad nativa y aun de su progenie y de su historia, culminando sobre su prestigio, aduce mi ápice genial insospechable. Entiéndase bien: insospechable dada la trayectoria que llevaba el artista: no porque Pinazo nos sorprenda con la revelación de su talento. Pero es que en esos dos retratos y, sobre todo, en ese bodegón- ¡qué maravilla de bodegón! Pinazo pronuncia con elocuencia un verdadero Discurso acerca de la modernidad en la técnica Su paleta otrora fogosa, vehemente, pasional, la vemos replegarse aquí en una actitud apacible, tranquila, casi ascética. ¿Con desdén y renunciamiento hacia el arranque pasional que encendiera en, ella verdaderas fiestas de luz y de color? No. Aquí está lo peregrino. Antes bien, honrando toda una vida toda una historia, pero diciendo: Ved aquí mi estética de siempre, mi estética levantina, mediterránea, valenciana, con sus mismos colores y sus mismas Suces, pero instrumentada con acordes nuevos adaptados a la sensibilidad más sintética, más simple de nuestra época... Y así es; porque con sencillez concisa y expresionista, Pinazo ha compuesto esos tres lienzos en cuyo fondo hay la misma jugosidad, la misma opulencia, el mismo grito pasional de color y de luz que son sus características gloriosas. La casa amarilla, de Ortiz Echagüe, es otro de los grandes atractivos del Salón de Otoño. Se trata de un tema singularmente grato al insigne pintor: los interiores holandeses, de que es cumbre memorable aquel su Jacob van Anstel, que recorrió triunfalmente el mundo. En este tríptico, Ortiz CRISTÓBAL RUIZ. RETRATO DE NIÑA -lamentable contumacia ésta de llevar a aquel paraje aislado, y en la época presente inhóspito, un certamen de arte que debiera instalarse al paso de las gentes, en sitio céntrico, ya que hoy las gentes no son capaces de desviarse de su ruta prosaica para bañar en ideal su espíritu- -representa, en verdad, un alto en la marcha que hacia el descrédito seguían los Salones de Otoño. La sala dedicada a Capuz bastaría para hacer de esta Exposición un acaecimiento memorable de arte. Las esculturas de Capuz constituyen una nota de avance tal y al mismo tiempo de tan indefectible ortodoxia- estética y técnica, que pueden ponerse como paradigma de las nuevas rutas que abre la modernidad al espíritu del escultor, a despecho de la inconmovible, eterna orientación que impone el módulo propio de este arte. En todos los trabajos presentados por el esclarecido escultor valenciano vibran los acentos de esa modernidad- -con sugerencias ora francesas, ora germánicas, por la elegancia y la alacridad y por la gravidez grandiosa, respectivamente- -y en los dibujos aquella candad se exalta a términos sobremanera magistrales en punto a ponderación de lo tradicional con lo nuevo... En pintura hay mucho discreto, no poco óptimo y no escaso abominable. La tónica se deñne, pues, con nota de excelente conjunto. E l espectador puede huir de las salas del crimen seguro de hallar salas acogedoras y aun brillantes. Destaca sobre todo lo expuesto, con triunfo ingente, el envío de José Pinazo: EUCEKIO HERMOSO. VICTORIA, DEANA LA A L- JUAN ADSUARA. L A ABUNDANCIA