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A B C. JUEVES sS D E N O V I E M B R E D E 19 29. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 33, POR TIERRAS LUZAS ANDA- Un forastero en Osuna E l día es adorable. Cielo de estío madrileño sol confortable. Las naranjas rugosas empiezan a amarillear en los árboles. Pero se siente frío en el hotel, porque, como en Sevilla y su región, se vive al aire libre... Cómo a! aire libre? -S í señor. Aquí, para hacer una fonda se coge un patio descubierto, se le ponen habitaciones alrededor, y ya está hecho el hotel. Esto lo oía absorta la chica del dueño. Y es porque ignoraba el conocido cuento de aquel soldado, que para hacer un cañón tenía que poner hierro alrededor de un agujero. F u é un pretexto cualquiera para pegar la hebra. ¿U s t e d no siente frío? ¡Qaiá! Y o caló... E s muy joven. U n poco gruecesilla. A l que llega de la ciudad, estas señoritas de los pueblos, no dominadas a ú n en absoluto por la tiranía de la moda, se le antojan la representación clásica de la plasticidad femenina. Pero la chica usa el cabello cortado, aunque en general el moño impera todavía. L a s muchachas de Ecija, Fuentes, Marchena, Osuna, han- dicho a la falda: T ú todo lo corta que se estile pero no aciertan a apagar la sonrisa con que acarician todas las mañanas, al peinarse ante el espejo, la mata de su pelo. L a peineta triunfa. E l cabello largo la hace precisa. M e place cerrar los ojos y ver ese escorzo de la figura sevillana colocándose de medio lado ante el espejo la peineta calada, y con cinco púas agudas, como otras tantas malas intenciones. Este gesto matinal sólo puede recogerlo la disculpable curiosidad de un forastero Esta mujer, al colocarse la peineta, parece decir muy decidida, con esa su particular tendencia a hablar con las cosas y con los objetos -T ú ahí clavada... Y sólo con eso se distingue ya de todas las restantes mujeres de E s p a ñ a Todo esto viene a cuento de que ha nacido de pronto, en el forastero, el temor de que empieza a vaporarse el penetrante aroma ele Andalucía. Pequeños, pero inquietantes síntomas se observan. H a y personajes quinterianos de El Patio, que ya no son los mismos. -Pero, j y la flor en el cabello? -pregun- tamos a la gentil señorita del hotel. Nos mira asombrada. -L a flor en el pelo es muy ordinario. Y a no la lleva nadie... E s casi verdad. Digo casi, porque soy forastero y procuro reprimir toda exageración, que luego se me podría echar en cara. E n mis rápidas excursiones por los arrabales de Sevilla, y al paso del tren por las estaciones pueblerinas, la flor en el pelo que yo evocaba tanto- -de otros tiempos que parecen aún tocarse con la mano, como esas lejanas montañas veladas por la niebla, que dejamos muy a t r á s en nuestra marcha- ya apenas salpica el paisaje, que era un humano jardín antaño. Y o y todos los forasteros, no lo dudéis, estamos muy pesarosos de que la flor en el cabello haya dejado de ser elegante. Tengo por cierto que la afirmación es un error. Para mí es elegante, elegantísima, señoril, poética, dena de perfume, como el barrio de Santa Cruz, limpio y pequeñito, entre las nuevas casas construidas con la preocupación del estilo sevillano, preocupación que es ya un esfuerzo de la voluntad, y no la fluida gracia natural que pintó- -más que construyó- la linda, tímida, plázoletita de Santa Marta, a la que yo, castoreño en mano, me complazco en saludar como a ía más bonita de todas las plazs del mundo... UN -Y ENTONCES, LOS ENJABONABAN. CUENTO DE MIEDO MALOS LOS M E T Í A S EN UN SITIO ASI Y A LOS NIÑOS QUE ERAN H e caído en el requiebro. ¡Válgame Dios! Y con castoreño y todo. Pero ía realidad nos manda seguir adelante... Como hace frío en el hotel, después de escribir dos o tres cartas, salimos a confortarnos paseo arriba y abajo, en una bendita acera de sol... Caemos en el Café, porque el forastero para allí cuando mejor va pensandp. Con el pensamiento lleno de recuerdos vemos confusamente a un muchacho barbilampiño, de guayabera He dril, que se pone a limpiarnos el calzado... -Chaval- -le digo- ¿qué pasa por Osuna? -N a ¿qué quié osté que pase? Se me ocurre preguntarle: -T ú serás torero, ¿v e r d a d -N o z e ñ ó -me contesta. -E s raro. ¿P o r qué? ¿Todos los limpias fenemo que ser torero? -Claro que no; pero en Sevilla existe 7 ESF DOLOR DE CABEZA LA CONGESTIÓN DEL APARATO RESPIRATORIO Y EL LAGRIMEO SE CURAN RÁPIDAMENTE CON PRECIO U N A PESETA- mucha afición. T ú eres joven, viajas, usas guayabera. Y a tienes mucho adelantado... E l limpia me mira. A r r o j a aliento sobre una de las punteras y con el trapo da un formidable restregón. Después se para y me responde en seco. -Aquí ya no se habla de toros. Se habla de fut- bó... ¿De foot- ball? -Sí, zeñó. E n la Puebla y aquí Hay una afición grandísima. Temeroso de que el muchacho me descubra nuevos ideales deportivos, me callo. E n Sevilla no se habla m á s que de foot- ball. Señores, ¡qué cosas! Y esto de los toros no he de tratar de defenderlo, porque si la flor en el cabello no tiene detractores autorizados, la apasionada controversia eníre aficionados y deportistas, no me atrae. E l límpia me mira otra vez, y mientras pasa sus dedos por la caja de crema, me pregunta: -Usté, ¿es de Seviya? -N o yo soy de M a d r i d Levanta rápido la vista en un movimiento eléctrico. L e fuljen los ojos. M e mira como si yo fuera un duque, o un capitán general. Y para halagarme, con vistas a la propina- para darle a uno la contenta, como aquí se dice- exclama: -M a d r i d es mejor que Barcelona. -N o no lo es- -respondo yo, p a r a o i r l e y porque no está bien lo que ha dicho el limpia. -Sí, z e ñ ó tienes mejores edificios y es más elegante. Y se pone a frotar desesperadamente, para aquí y para allá, el trapo sobre el calzado. Luego añade, mundano. -Todas las poblaciones. se parecen: M a drid, Barcelona, San Sebastián, Seviya... E s cierto; todas las poblaciones se van pareciendo. H a y que Jiacer un esfuerzo para esquivar el ambiente dé uniformidad que vela la mirada brillante y ávida de todo forastero. Y o soy un forastero. Sería hipócrita en mí, que en rápido viaje me sustrajera en las cuartillas a toda impresión y a todo comentario sobre el ambiente. A l g o se transfoma, poco a poco, ¡oh venerado don A r m a n d o! L a Hermana San Sulpicio está aquí en Osuna, en Ecija, en Sevilla; nos rodea por todas partes y también Juanita la Larga, del escéptico D Juan, ele-