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Barradas, Montera, 41 I fjIUCIOCl 2 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L PASTELERO D E MADRIGAL 1 21 cía de estos sujetos en Venecia, se lo comunicaréis así por medio de un secretario de Estado, a quien vos acompañaréis por honra a la alta dignidad y al sagrado carácter del uno y del otro; y notificado que les sea este decreto, les mandaréis que sigan al secretario de Estado, que los conducirá en una góndola con suficiente guardia, por honor a sus personas, al puerto, donde se embarcarán en. la galera Triunfante, en la que ios acompañará el mismo secretario y la misma guardia hasta los Estados romanos, dejándolos, con todos los honores debidos a su dignidad, en el puerto de Civitavecchia. De orden del Consejo de los Diez, el secretario de Estado, Rugiero M a f f e i -Protesto con todas mis fuerzas, en nombre. d cl Soberano Pontífice, por el agravio que en nuestras personas se le hace- -dijo con altivez Jenaro de M o n talto, que había perdido el miedo al ver que sólo se trataba de echarle de Venecia y que no había nada de prisión ni de calabozos de Estado. -Protestad en buena hora, pero protestad desde Roma- -dijo blandamente, aunque con firmeza, Barbarigo- por el momento sólo os toca obedecer la suprema autoridad del Estado sobre cuyo territorio os encontráis, como a mí el hacer que se cumpla lo. que respecto a vos, monseñor, y a fray Miguel de los Santos, ha decretado el Consejo de los Diez. ¿Y habéis vos hecho también, monseñor, ese decreto? -dijo con sarcasmo Montalto. -Naturalmente, monseñor, y de mí ha partido la iniciativa; como que yo soy el senador más viejo de los Diez- -contestó sonriendo Barbarigo. ¡Y habéis impedido el casamiento de vuestra hija con el noble Rev don Sebastián! -Y a lo veis, monseñor; no conviene a la República ese casamiento, que sería un reto imprudente al Rey de España, y porque no conviene a la República, me resigno a perder la gloría de ser padre de la Reina de Portugal- -contestó Barbarigo, dejando ver en su boca una sonrisa en que había tanto ele. grandeza como de desprecio. -Estamos a vuestras órdenes, monseñor- -dijo el cardenal Montalto inclinándose, dominado por la majestad que emanaba del anciano y noble senador. -Sí, vais a partir al momento; es necesario, i n ¡San Marcos y Venecia! A b r i d vuestra puerta a la Inquisición del Estado, so, pena de traición. A l oír esto Elena, corrió a una ventana, abrió sus vidrieras de colores y miró al pie del mnro. Lucían tres o cuatro linternas, y a su luz se veían algunos hombres envueltos en ropones negros y muchos soldados dé la República con corazas y picas los unos y arcabuces los otros. -i E s monseñor Giacomo Barbarigo el que llama a mi puerta? -dijo Elena procurando aparecer tranquila por la seguridad de su voz, mientras su corazón latía violentamente- M e parece haberos reconocido por la voz, monseñor. -Quien llama a las puertas de vuestro palacio, Elena Conti- -contestó una voz distinta- es l a República; mandad que esas puertas se abran. -L a República va a ser obedecida al momento, monseñor, Elena se separó de la ventana, atravesó rápidamente la cámara y salió de ella, llamando a sus criados. Manuel Karuk la seguía de cerca. U n momento después las puertas del palacio se abrían y entrabaa tres hombres. Los demás se quedaron fuera, pero a l gunos soldados ocuparon el vestíbulo como constituyendo una guardia que no debía dejar entrar ni salir a nadie. L a República se presentaba de ceremonia a Elena, ¡y esto la hizo temerlo todo. Dos de los hombres que habían entrado llevaban birretes y ropones talares rojos, con la. diferencia de que el m á s anciano de ellos llevaba sobre los hombros una especie de estola dorada y orlados de galón de oro los bordes del ropón, y el otro, el más joven, no llevaba dorado alguno. E l otro hombre vestía un birrete negro, una ancha d a l m á tica, negra también, con un águila roja sobre el pecho, una espada corta y unas botas altas de cuero leonado v guantes de ámbar en las manos. E l anciano, del ropón rojo con estola y galones dorados era monseñor Giacomo Barbarigo; el joven con ropón liso, el señor Rugiero Maffei, uno de los secretarios de Estado del Consejo, y el hombre del águila roja con ropón negro, ya le conocen nuestros lectores, era José Kaivar. A l ver Barbarigo a Manuel Karuk con su magnífico y abigarrado traje levantisco, dijo a Elena:
 // Cambio Nodo4-Sevilla