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MADRID- SEVILLA 30 NOVIEMBRE DE 3929. NUMERO 10 C T S CERCANA A TETUAN, SEVILLA DIARIO I L U S T R A DO. A Ñ O V 1 GÉS 1 MOQU 1 NTO N. 8.402 SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ SU LTO f H l KbDACCION: PRADO DE SANSEBASTIAN OLIVE. mábamos a los sirvientes del Casino por su raro, que choque y haga reaccionar a un nombre, o, a lo más, con la denominación público cultivado, habituado a la claridad, a genérica de mozos. Hasta que un día le oin: o a amenidad, a la mesura, a la armonía, es decir con gesto displicente: lo que prefieren. Como si al regreso de tie- ¡Casa! rras salvajes les fuera grato mostrar el eiemCasa... Así debíamos llamar al camarero plar curioso de una especie zoológica P O C O en lo sucesivo. Así se hacía, de seguro, en estudiada. Ponen de moda a un escritor eslos Clubs elegantes de la corte, tal vez en pañol por el mismo afán de extravaganc a N o hay idea del doloroso conflicto que, los de París y Londres. Y nosotros allí sin que sirve a las actrices bonitas, en ocasiopara los muchachos provincianos de familia saberlo... Y nos invadía una amargura in- nes, para colgarse al cuello un camaleón o modesta, representa la imposibilidad mate- confesable, la convicción de nuestra igno- un pequeño galápago, aparentando que no rial de seguir asiduamente las variaciones rancia en cosas tan esenciales. ¿Cómo iba les horrorizan y fingiendo que la razón de de la moda masculina. H e sido en la adoles- mos a tener la menor distinción jamás, ni exhibirlos es la belleza de los colores que cencia protagonista de ése drama íntimo, cómo aspirábamos a salir de la vida medio- esos bicharracos tienen. que casi nadie confiesa, pero que amarga la cre en que se había desenvuelto nuestra inSólo que el mozalbete que empieza a esvida en ios años mozos, aunque pasado el fancia, cuando desconocíamos íórmu as tan cribir desea estar a la moda, v adm ra e imitiempo nos haga sonreír y nos parezca- -lo lapidarias como aquélla con que se hacía ta a los que la importan de P a r í s o contribumismo que ciertos amores de entonces- -in- de un criado una abstracción, se le desper- yen a crearla un instante. Con absoluta buena comprensible. Y es porque los sujetos más sonalizaba y despojaba de la plebeya huma fe cree que quien no se produce en la forma elegantes, o, por decir mejor, m á s atildados, nidad que tuviera? decretada como nueva por las tres docenas m á s atentos a cumplir los ritos que la moda Aquel elegante de provincias ejerció so- de sus congéneres ultrapirenaicos, está en impone, así en ¡o meramente suntuario como bre nosotros- -y sobre muchos camaradas que ridículo. Y hay quien se ríe, y hav quien se en las maneras, en los gestos y actitudes, nunca hablaban de ello- -un influjo d e p n Indigna por ello. Pero el que no desconozca están en provincias. O, por lo menos, se mente algunos años. Hasta que un día, ai a sugestión que la moda ejerce en las almas muestran allí en la plenitud de su gloria, cabo del tiempo, descubrimos que era un de ve nte años tiene que considerarlo con i n puesto que el círculo social en que se mue- majadero. Sin volverlo a ver, sin tratarlo dulgencia. ven no se halla reducido, como en las gran- simplemente porque la vida nos llevó por el TUAN PUJOL des ciudades, a ciertos salones y Clubs de mundo de un lado a otro, y el azar (le núes acceso difícil para el vulgo; éste los ve a tro oficio- -que nos permitió penetrar en los través de las vidrieras del Casino local, o más elevados como en los m á s humildes sentados a la puerta; comenta sus adquisi- medios sociales- nos hizo ver que las vaciones y genialidades, y, en suma, forma en riantes de la moda en las corbatas y en las torno a ellos algo así como el coro de la americanas no tienen, para la inmensa matragedia antigua. yoría de los hombres que no son sastres, En la ciudad provinciana donde residía más que una importancia relativa. Y el rehabía uno de estos jóvenes afortunados, a cuerdo del tiempo en que habíamos querido Venia con el temporal y la marea viva, quieri yo admiraba en secreto con el fervor imitarle nos humilló retrospectivamente cuande mis quince años. E r a hijo de un ban- do, sumergidos en el tráfago de las grandes entre látigos cinglantes de lluvia v en una quero, o acaso de un general, que en una ciudades, pudimos ver las cosas por las cue especie de repnse del cordonazo de San F r a n ciudad de guarnición es personaje impor- realmente la Humanidad de ahora y de siem- cisco, y- -delante- -llevaba la fiesta furiosa de ¡as olas, que corre de Biarritz a San Juan tante. Había estado algunas temporadas au- pre se interesa y se apasiona. Pero la juvenil preocupación provínc am- de L u z y de San Juan de L u z a Hendaya. sente de la capital. Quizá vivía una temporada en Madrid cada a ñ o Todo esto, así de la moda, ¿se produce sólo en lo concer- Arribaba el magnífico vendaval, victorioso como la evidencia de su ociosidad, le daba niente a vestimenta y adminículos persona- d. todos los vientos de la rosa atlántica, y un prestigio novelesco a nuestros ojos. es? A! contrario, existe un nrovinciaiiismo en su larguísimo crucero batía su record de Cuando llegaba el verano, sus americanas v literario que no coincide con el- geográfico, vuelo sin motores, saludado con hurras v sus pantalones inéditos nos hacían fluctuar puesto que sus manifestaciones principales banderas ppr todos los fantasmas de alta entre el asombro y la melancolía. E n vano se dan en Madrid, y que, en esencia, es idén- mar. Acaso por la tercera vez, en la regata el sastre que vestía a los muchachos de la tico al de esas señoritas que, para averiguar de los vientos del Norte, ganaba la copa do modesta burguesía local se obstinaba en re- lo que en París se lleva, escriben a los con- plata este desconocido y terrible maelstrom medar las formas insólitas de las prendas sultorios de las revistas de modas femeni- de los aires N o era un tipo de viento caseque lucía nuestro héroe. Todo era inúti nas. E! provinciano de la literatura está ro con apellido de montes a la vista. Vienta Siempre había un pliegue, una trabilla, un pendiente cíe la moda de París, v la acata del Guadarrama en Madrid o del Payasarri matiz, un botón, que no podían imitarse. con la celeridad que en vestirse los trajes en Bilbao (como si se llamase Manolo GuaE l corte de sus gabanes nos hacía palidecer ideados cada scason por los sastres del bu darrama o Pepe Pagasarri) socio conocido cuando considerábamos los nuestros. S i cre- evar Saint Michel muestran los estudiantes en A e r o s locales, y casi señorito de pueblo yendo haber atrapado la ú tima moda, discu- chinos v negros del Barrio Latino. E l saslre dedicado a colocar pulmonías, como billetes rríamos hacer la adquisición de unas botas DUede inventar un sombrero estrafalario, un de otoño y Carnaval para Tómbolas de la puntiagudas, un buen día lo veíamos apare- pantalón que d é a ¡a silueta humana perfil Muerte, que organizan sus tías las Parcas. cer con unos zapatos romos; cuando nues- de fruta o de legumbre: nunca faltará un Este que decimos era un viento incalificable: negro o un chino que adquiera y luzca la y remotísimo, que sólo podría Jamarse V i e n tras corbatas tenían un suave tono tórto innovación, entre la sonrisa irónica de los to del mundo, porque debía sei aquel semidio láguena, las suyas eran de colores viole tos y a la inversa. Y todo este trabajo de ü ¡parisienses, que, vestidos como todo el mun- vmo y bárbaro, de quien dice el Señor que ferenciación personal! o ejecutaba con un do, van a sus placeres o a sus trabajos. Pues errará sin cesar por la grandeza de su loaplomo v una persistencia admirables. N o en literatura se ve que hay mucha gente que cura Acaso tenía en las cuevas de Groenes que intentásemos rivalizar con é l nos tiene el alma de color. Tan poco apego sien- landia o en el sacro Everest una inaccesible guarida de odres eólicos, y era quizá el hubiéramos declarado voluntariamente sus te a su tradición o a su independencia. Y la glorificación de que París hace mito boreal o transibev nno que oímos u ular discípulos. Cuando le veíamos aparecer con en cuentos de Andersen o músicas de Igor U Í atavío imprevisto por la calle Principal objeto, a veces, a nuestros literatos? -se Strawínsky. no teníamos más remedio que decirnos: No había visto, la bonita y mimada Cúic Yo creo que, en el fondo, cada vez que- Qué bien documentado está este hom os escritores franceses descubren a un espa- Rasque atracción estival que pudiera paranbre! gonarse a la formidable rentrée de este vienPero aquel émulo de jorge Brummel no se ñol genial, deberíamos sentirnos un tanto hu proponía hacer prosélitos. A l contrario, pa- millados. Porque lo que ensalzan v jalean to n v n g f l o wikingo, diabolus de monjes- del recía complacerse en desorientarnos. Y ade- siempre es lo estrafalario, lo descomedir i r: nIays o de p t- s de Noruega, que. al su espíritu innovador, la presteza con como si en esas apoteosis se deslizara una irrumpir, ha- a ñi. j itictes de astillas con que parecía informado de todos les adelan- tácita- intención irónica. España es para ellos to a la barraca del verano, y entraba en la t s importantes, nos empequeñecía. Allí lla- tierra de monstruos. U n monstruo, un caso geográfica hermosura del golfo (meses ames o PROVINCIANISMO LITERARIO La moda, el galápago y los adolescentes ASESINATO D E COTE B A S Q U E Un crimen de leso turismo 1 T
 // Cambio Nodo4-Sevilla