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A B C. SÁBADO 30 D E N O V I E M B R E D E 1929. EDICIÓN D E ANDALUCÍA PAG. 33. 1 CRÓNICAS M A L A G U E ÑAS La faz de Andalucía Días pasados hube de saludar a un amigo del Norte que suele invernar en Málaga y que, evocando sus jornadas anteriores, me ha escrito más de una vez que cuenta, como los colegiales, los días que le faltan para emprender el viaje a esta ciudad, siempre que se acerca la fecha deseada por él y los primeros fríos le invitan a abandonar su región, ya coronada por las primeras nieves. ¿Qué tiene Málaga- -me decía mi amigo- -que tan hondo recuerdo nos deja, cuando sólo hemos vivido unos días en ella, y que tan fuertemente nos reclama de lejos con la misma vehemencia que si fuese nuestra verdadera tierra natal? ¿Recuerda usted lo que le dije en cierta ocasión, comparando a las distintas capitales andaluzas? -H o m b r e sí. Usted me aseguraba que Córdoba es el corazón de Andalucía; Sevilla, el cerebro portentoso; Málaga... -Málaga... la faz reidera- -terminé yo, acudiendo en auxilio de su memoria- Pues si Málaga es el rostro, ¿de qué se asombra usted? Cuando estamos lejos de una mujer hermosa que nos enamoró un día, ¿qué recuerdo predomina sobre los nuestros? D e fijo es el de sus ojos, el eco de su risa, la luz inconfundible de su cara. Con ser lo más superficial y mudable, el rostro es lo que más perdura en nuestra memoria. Málaga es el rostro, a un tiempo agitanado y señoril, de Andalucía. N o lo olvide usted. M i amigo se burlaba donosamente de m i encendido elogio; pero advertí que le placía como si le alcanzase un poco. Estos hombres del Norte, cuando se deciden a amar los encantos del Sur, son más apasionados y fervorosos en su pasión que los mismos andaluces. Recordemos aquellas páginas vehementes del gran Pérez L u gín, quien se hizo malagueño en las playas de la Caleta, gozando, en mangas de camisa, en pleno invierno, las delicias de este sol que no quema, pero que enciende los corazones y se hace alegría y orgullo de vivir, en las venas: sangre nueva, nuevo optimismo, nueva juventud. Santa Málaga Bendita llamó D Alejandro a este pedazo dorado del Sur de E s pana; a este rinconcito del mundo, que el mundo empieza ya a conocer. M i amigo es un hombre de negocios, un poco ingenuo y un poco artista. P o r ambas razones, Málaga le seduce y le enamora como al llorado autor de Currito de la Crñs. E r a él un niño grande, todo dulzura, todo corazón, todo amor a la belleza. Hombres así son los que se entregan a los refinamientos de la femenil seducción: los que más fácilmente se dejan ganar por el brillo de unos ojos magníficos, o por el juego delicioso de una boca bien modelada, o por un mohín picaresco, o por una sonrisa que promete. Málaga, la faz luminosa de Andalucía, reúne todas las gracias que apunto, y por ello gusta, por ello atrae, aunque un poco desconcierta y engaña su aparente frivolidad. Comentándola yo, m i amigo protestaba contra mis afirmaciones, no muy satisfecho de ellas; mas sin atreverse a hacer la defensa ante un malagueño nato. E n su amor por Málaga- -acaso más respetuoso y tolerante que el mío- -adivinaba yo un generoso deseo de atribuir a la bien amada supernas perfecciones. Aclaré mis comentarios, mientras entrá- bamos en uno de los paseos del Parque, aún cubiertos de verdes hojas, a pesar del otoño. -U s t e d se figura que los malagueños no damos importancia a las bellezas de nuesVra tierra, y tal vez oyéndome supone que hay poca reverencia en mis palabras. Y o soy un mal malagueño, téngalo en cuenta- -finalicé en tono chancero. -N o es eso; pero desde luego ustedes, acostumbrados a v i v i r aquí, no aprecian exactamente los encantos y ventajas que disfrutan a diario. M i r e este embovedado del Parque, verde todavía. ¿Cuándo se desnudan estos árboles? Sonreí íntimamente, agradecido; mas sin querer parecerlo. Esto es otro síntoma del carácter. E n Málaga hay un fondo sentimental y una ternura secreta que no se manifiestan, sino en muy contadas ocasiones. E s un fenómeno de orgullo, que quien no es de Málaga no puede comprender. Y o me guardaré mucho de explicárselo a m i amigo. ¿Usted es también de los que creen- -le dije ya en serio- -que en Málaga se pierden las energías, y que nosotros, sus hijos, no la amamos bastante? -O h n o eso 110- -protestó mi acompañante. -Ustedes aman con hechos, no con palabras. Y a lo sé. M i colocutor estaba a punto de desentrañar el fenómeno, que yo no había querido explicarle. Llegamos hasta la playa. Hablé a m i amigo del Paseo Marítimo en proyecto- -que él conoce tan bien como y o- y ambos adivinamos sobre el terreno la. grandiosidad de la obra. Poco tiempo, sin embargo; porque algo más grande solicitaba nuestra atención desde el horizonte, donde el sol fimbriaba unas nubes penígeras, y tras ellas ocultaba su disco de fuego para declinar más bellamente... Manuel Prados y Lopes.