Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
NUMERO EXTRAORDINARIO. 20 CENTS AÑO VIGÉSIMOIg Jg. QUINTO. NUMERO EXTRAOR D 1 NARIO 20 C E N T S AÑO VIGESJMOJ QU 1 NTO. S A Í Z B t U G O U X A S A L A D E L A N T I C U O P A L A C I O DK L O S IMU. NXJPES- OiSISl OS Las grandes ciudades de Europa. SALZBURGO A LA LUZ DE LA LUNA Tenía propósito de pasar un Salzburgo un día entero. Salí con esta intención de Viena un sábado, a la caída de la tarde; descansaría a la llegada v, luego, en las lioras de sol, r e c o r r e r í a la ciudad. T e n í a este propósito; uero el hombre- propone y la ¡una dispone... Hacía una noche clara de luna llena. De la montaña descendía hasta el camino ¡a avalancha de abetos para vernos pasar; pero allí se detenían asustados del monstruo- que nos transportaba con ruidosos resoplidos y ojos m á s luminosos que la misma luna; a l gunos árboles, empinados sobre la punta de sus raices, asomaban su rostro verdinegro Tras la copa en cogulla de los m á s cercanos. De trecho en trecho, una casita de madera se escondía entre la espesura o se tapaba los ojos de sus ventanas, deslumhrada por los faros, con los brazos de los tilos dorados de hojas marchitas. Luego, fué la llanura y el r í o Fui el r í o temblaba una luna amarilla; la veíamos surgir sobre las ondulaciones del agua, y después se escondía de nuevo, como el rostro de un ahogado que a r i a s i r á la corriente. E r a triste aquel refleio de la luna en ias aguas del D a n u b i o pero eran alegres las lucecitas verdes y azules ríe las barcas ancladas en la orilla. Se ¡ucron quedando a nuestra izquierda, y desde lejos nos g u i ñ a ban sus ojos picaros, azules v verdes, como los de las mozas vienesas... Llegamos a Salzburgo al filo de la medianoche, y se nos apareció en medio del valle. L a s cumbres alpinas tenían reflejos de plata, y la ciudad estaba también argentada de luna; pero, ahora, el reflejo del astro era nítido y encendido entre las aguas mansas del S a í z a c h c o r r í a el río sin un rumor, blanda y perezosamente, hacia los prados del Tirol. ¡Atravesamos; las calles sin ahí fas, y al fina! de todas s ¡e alzaba la njo e rocosa del viejo castillo episcopal, Parecía asomado al precipicio para vigilar el reposo de la ciudad dormida, y con su luz única- -ojo de cíclope entre e n m a r a ñ a d a pelambrera rubia de selva otoña! -nos miraba torvamente, reconviniéndonos por nuestra audacia. Adosado al muro natura! que sostiene el castillo se alzaba la fuente del caballo negro pero no c o r r í a n sus aguas, temerosas de despertar las sombras que duermen a su lado, en e! viejo cementerio de San Pedro, o con rubor de que su canto monótono y somnoliento llegara a oídos del dulce J u a u Miguel Haydn, hermano del coloso, que aquí renosa; una sombra m á s pero con nombre inolvidable entre tantas de nombres leves sobre los que sopló y soplará el viento del olvido. K l cementerio se apova también, como la ftiente, en la roca viva de L a luna quebraba sus rayos sobre las losas resquebrajadas, o entretejía de bilillo de plata el oro marchito de la hierba nacida en ios sepulcros. Bajo las arcadas, y al través de la filigrana gótica de ias cancelas, envuelto en sudarios de penumbra, se veía el mundo muerto de estatuas orantes y silenciosas plañideras. Y o tímido y supersticioso, no
 // Cambio Nodo4-Sevilla