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ABC. MARTES 3 DE DICIEMBRE DE 1929. EDICIÓN D 32 ANDALUCÍA. PAG. 7 -No; me gusta demasiado, como la mú sica. Déme un té con limón. Luego, acaso inconscientemente, se puso a canturrear, con la misma insistencia de los negros cubanos: Ay, mamá Inés; ay, mamá Inés; todos los negros tomamos café! machacaban el ritmo cantando, en elogio rei- de Rimsky Korsakof... y al arrullo del diseño melódico, mi pobre amigo, a fuerza terante hasta la saciedad: de escuchar con embeleso, se fué adormilan ¡La mulata es bonita do poco a poco, y, ya dormido profunday baila bien! mente, se quedó sin oír las dos terceras par La mulata es bonita tes del concierto. Me lo contaba, lloroso y y baila bien! balbuciente, desesperado por su minúscula ¡lia mulata es bonita odisea musical, que a él se le antojaba una y baila bien! catástrofe. -No, no me durmió la canción india; no Era blanca, morena blanca, y no mulata, es que la melodía de Rimsky me pareciera, la bailarina: pero era bonita, en efecto, y por el abuso que han hecho de ella, algo ya bailaba bien. De pronto, las cornetas, brus- tan cursi como el sueño de Manon y la serecamente, sin la suavidad de na modulación, nata de. Toselli; es que... entre la guitarra cambiaron de tono, y se aceleró el ritmo y del viaje, los negros habaneros, la orchesse descoyuntaron los negros. Ahora el can- trina del hotel, los mendigos murguistas, las to pedía, con la misma insistencia, un re- niñas del corro y la jazz del cabaret, llevagalo de café: ba, en veinte horas, dieciséis de música, o, mejor, de seudomúsica... ¡Estaba envenenado! Y dígame usted ahora: puesto que el ¡Ay, mamá Inés; ay, mamá Inés, Estado va a proteger a los músicos, ¿rió toltos loa negros tomamos café! podría también proteger la música y proteLas maracas, agitándose en el aire, y el ger a los ciudadanos? ¿Qué haría Naporallador del güiro parecían en realidad tos- león I si aún fuese Emperador? ¿No se potar y moler los granos, y era... ¡que molían dría de Real orden conseguir que le dejala música! A mi pobre amigo se le destem- ran a uno dormir sin música, comer sin música, tomar café sin música, pasear sin plaban los nervios. Todavía le llevaron a un cabaret. La jazz música? ¿Es que no tiene ya bastantes ruidos acabó de irritarle. Los músicos danzaban la vida moderna? No respondí. Volvíamos de la gran ciudad prendidos por la boca a los saxofones retorcidos, y semejaban soldados de la gran gue- y departíamos en el vagón- comedor del rra, protegidos por los aparatos contra los tren. gases asfixiantes, enloquecidos por el fragor- ¿Café? -preguntó el mozo. Mi amigo exclamó: de batalla que simulaban los ruidos antimusicales. M i amigo se acostó aquella noche más desafinado que la guitarra viajera, y aún soñó, en espantosa pesadilla, que un tropel de negros, danzantes y gritones, rodeaban su lecho, pidiéndole café y aseguránNo hace daño fumar dole que la mulata era bonita v bai laba bien. alternando con vuestro tabaco el de los Por la mañana le despertó la criada, que tarareaba un charlestón, dándole cera al Cigarrillos refrescantes SW RZ piso y acompasada la voz al ritmo de sus pies en la brega; otro saxofón maldito, Los modelos más nuevos de C A como introducido clandestinamente en la orchestrina del comedor, le estropeó el gus- M A S D E BRONCE, PLA to de los huevos a la Meyerbeer, cantando T E A D A S Y A P A R A T O S música abominable del propio maestro cociALUMBRADO nero, autor de los tostones de La África- P A R A na y Los hugonotes; en la calle, adonde E L É C T R I C O los encontrarán salió huyendo, un corro de niñas, en vez de en la gran exposición que presen entonar canciones antiguas, repetía, zapateando, una tonada monótona: ta el fabricante V Z u m e l C o n de Peñalver, 16. Madre, cómprame un negro, cómprame un negro que sepa bailar... Yo le miré a la cara y me asuste: mi amigo tenía ojos de loco. FELIPE SASSONE SIN DE LA O VIDA B 1 ETO En el café le pidió limosna una murga, que luego se alejó, llevándose el cadáver del contrabajo, y al salir del hotel, donde fué a vestirse para ir al concierto, en el. vestíbulo aún graznaba una gramola el vals de Ramona. i A l fin! Llegó el concierto. La sala, como un ascua de oro, que decimos los cronistas de circunstancias; el escenario, totalmente invadido por los grandes profesores. Mi amigo se arrellanó en la butaca, ya seguro de su desquite lírico. Todos los músicos- -a pesar de la hora vespertina- -vestían de frac, tal que estuvieran uniformados. E l maestro, de espaldas al público, irguió la diestra, agitó el hisopo de la batuta y cayeron salpicando mil gotas musicales, que rebotaion en el pizzicato de la cuerda. Cantaban los violines rubios, y los clarinetes negros, y las trompas y trombones dorados. E l tubo del fagot era el calor de la orquesta, como la chimenea de tiro de un chubesky, y toda la orquesta era como un mar. Las blancas pecheras de los músicos eran como los triángulos de unas velas latinas, y os violines, ondulando en el aire por la emoción apasionada de los ejecutantes, galopaban como delfines sobre el océano musical. Un violín solo, el concertino, lloró de medio en medio tono, deslizándose como una caricia, en amorosa querella, el Canto indio, Aproveche las ventajas que ofrece la Casa AEOL 1 AN con su gran semana y escoja hoy mismo su instrumento. No se le presentará otra ocasión mejor de adquirir la única genuina P I A N OLA -PIANO en mejores condiciones. GRANDES F A Ü UOADES DE ADQUISICIÓN Importantes concesiones. Asista a los conciertos diarios y principalmente el día 30. Solicite una invitación y programa. Tfie ieoüeo GoiopaDi í 1l Av. C. Peñalver, 24. Teléf. 13128. Francisco Aivarez. -Constantino, La H a y a 7 noviembre j 929 Antaño, cualquier proyecto de virje nos planteaba una serie de problemas. De ellos el más importante era la resistencia dei hombre a moverse del lugar en que resid. a. Fuera de los aventureros, casi todo el muntio amaba el sedentarismo. Ceder a la curiosidad de lo exótico era casi un pecado. Contra esa tentación militaban el apego a las cQüas familiares y el temor a las sorpresas de ¡o desconocido. E l globe trotter era un ejemj ar tan raro, que en su pueb o se le citaba como un caso de extravagancia. Hoy viaja todo el mundo. E l progreso, que en lo moral procede con desconcertante lentitud, pues no ha enriquecido nuestro jardín espiritual con ninguna flor nueva, nos procura a diario una facilidad que simplifica el mecanismo de la vida de relación. Antes había que ir a los países para conocerlos. Ahora ellos vienen a nosotros. E l turismo, llenando las ciudades de carteles pintorescos, que nos prometen una emoción agradable si nos decidimos a tomar el tren, el barco o el avión, está contribuyendo a la cultura general más que los esfuerzos de la Pedagogía. El espíritu humano debe más, en ese respecto, a las Agencias de viajes que a la üeograña de Reclus... Por su parte, las Empresas ferroviarias y navieras hacen todo lo que pueden para vencer nuestros hábitos sedentarios. Nos dan la comodidad y la rapidez, y no digo la baratura porque esa industria participa de las dificultades económicas de la época. De Bruselas a La Haya se va ahora en poco mas de tres horas. El rápido de lujo que parte a las tres menos veinte, llega al filo de las siete a la capital de Holanda. En ese tiempo nuestros ojos están prendidos, sin interrupción, de la poesía un poco austera de un paisaje que deslustra. la bruma del otoño. La tierra es llana y de un verde húmedo que parece dispuesto a licuarse. Estamos en el paraíso del ganado vacuno. Apenas hemos traspuesto el suburbio, invadido por diferentes industrias que utilizan el privilegio de enturbiar la atmósfera con el humo de sus fábricas, los prados recobran su píacidez de égloga. Poco después pasamos por delante de una ciudad, y en el claror ceniciento de la tarde se perfi a la torre de la Catedral de Malinas. E l salón del tren va lleno de gente. Frente a nosotros ha tomado asiento una bella dama, rubia, de ojos azules un poco desmayados, opulenta de formas, a la cual acompaña un señor, que debe ser su marido, a juzgar por el largo silencio que se establece entre ellos. A las cinco se hacen servir un té, de tan copioso acompañamiento de vituallas, que bastaria para alimentar a una numerosa fami lia. A la mujer habría que saludarla con la exclamación virgiliana: Incessu palrit dea! El es el tipo aprox- mado del Homo nordicus; rubio, alto y dolicocéfálo. ¿Holandés? ¿Danés? ¿Finlandés? No lo sé ni me importa. Lo que envidio es el frenesí mandibu ar de estos dos seres, qus podrán no compartir el mismo amor, pero que participan seguramente de los mismos