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MADRID- SEVILLA 7 DICIEMBRE D E 1929. SUELTO NUMERO 10 CTS. D E S A NSEBASTIAN. CERCANA SUSCRIPCIONES A TETUAN, SEVILLA DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O V 1 GÉS 1 MOQU 1 NTO N. 8.4 G M Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE, REDACCIÓN: PRADO ofrece sus servicios de guía. Tiramos por que tuvo la desventura de no ver a Dios la derecha y luego por l a izquierda, ateri- sino al través de los hielos de la razón, el dos por l a humedad y con los pies siempre triste y profundo autor del Tratado teológien el lodo, y al cabo de diez minutos de co y político, dudo mucho de que se resigandar el chico se detiene delante de una nase a interrogar al misterio infinito desde casita de una sola planta, que parece, por este mechinal. La casa de Spinoza la exigüidad de sus proporciones, una casa- -E l pobre vivía solo, según parece- -dice A l regreso de Harlen, donde hemos visto de muñecos. Llamamos, y al poco rato se la dama. los ocho grandes lienzos de Franz Hals asoma a l a puerta, que no acaba de abrirse, -V i v i r solo, señora, no es un mal. L a que m á s han contribuido a su gloria, al- una muchacha rubia, de buen talle, de ojos soledad es como ciertos frutos: tiene dura guien que conoce nuestras aficiones inte- zarcos un poco asustadizos, y su primer la corteza, pero lo dulce está en el interior. lectuales nos dice: ¿Q u i e r e usted visitar movimiento es, dv hostilidad. Según ella, es ¿Qué necesita un hombre para sentirse conla casa de Spinoza? Está a un kilómetro ya tarde para ver la vivienda del filósofo. tento? Una conciencia sin remordimientos, escaso de Leyden, y aunque Rynsburg, que Uno de mis amigos, que sabe holandés, prouna habitación con una cama, unos libros, es eí pueblecito en que pasó el filósofo los cura desarmar aquella resistencia, que me parecería justificada si se tratase de la de- unos recuerdos de los senes amados, desapaúltimos años de su vida, queda un poco a recidos y ausentes, un Cristo que le haga trasmano, si el coche aprieta la velocidad fensa de su doncellez. A l fin, cede y entramos. E l pasillo es tan angosto que. nos des- presente que sus sinsabores personales carepodremos llegar allí de día ciaro. cen de importancia, un gramófono que le Acepto la amistosa invitación y partimos. hilamos para atravesarlo, porque el andar distraiga algunos ratos y unas manos merE l tiempo se ha metido en agua, y todo el de dos en dos sería imposible. E l cuarto en cenarias, no muy lentas al servir ni muy paisaje, que al sol es de un verde tierno, que trabajaba el filósofo en un oficio tan activas al contar, que lo cuiden. parece desteñirse lentamente, A l transponer humilde como la talla y pulimento de cris- ¿Y dónde me deja usted l o principal? la ciudad de los tulipanes, el caserío rom- tales es reducidísimo. Tiene una chimenea pe su trabazón urbana, sin que ninguna de de campana y un ventanuco que mira al Se olvida usted de la mujer... campo, tan bajo que, asomándonos al huer- -Es verdad. Conviene que el hombre no estas viviendas pierda, al desarticularse de to, no vemos sino la parte inferior de los as despida irrevocablemente de l a mujer para las otras, nada de su gracia. A l contrario, arbustos. V i v i r aquí, trabajar aquí, es i n el aislamiento de cada casa destaca sus per- comunicarse, no ya con la sociedad, sino conservar la ilusión de que el amor puede files y avalora lo que tiene de original. E l con el aire y con el cielo, esto es, con todo tener, de tarde en tarde, diez minutos de sinvertiginoso andar del coche, aunque limite lo que nos consuela de las decepciones hu- ceridad. N o conozco la vida íntima de S p i i nuestra curiosidad, no se opone a que reco- manas. ¿E s posible que aquel hombre, de noza. Ignoro si do algo de su juventud a jamos algunas imágenes al pasar: una mu- tan espacioso horizonte mental, fuese más las mujeres. L a frialdad con que define el jer que hace labor detrás de los visillos de lejos que el cartujo en la mortificación de amor, reduciéndolo a fórmulas geométricas, una ventana, otra que amonesta a un niño sus sentidos? ¿Cómo podía resignarse a no parece indicar, que no las tuvo en mucho... junto a una puerta, unas vacas tumbadas ver ese espectáculo magnífico que es el cani- -S i n embargo, la mujer inspira... A h í en el prado que parecen reflexionar, un mo- no en rnalouier estación del año? tiene usted a Goethe... lino parado, y otro, m á s distante, que mue- -Sí. Inspita y perturba. A h í tiene usted ve las aspas de l o n a un ciclista, otro c i L a rubia de los ojos asustados nos ense- a Beethoven, a Shelley, a Napoleón, a N e l clista y, después, un tercer ciclista. Luego, ña mi álbum con grabados que representan son... y a tantos otros... una gran extensión de campo desampara- al filósofo. E r a en aquella sazón, un homE s t á obscureciendo. E l crepúsculo envueldo, sobre el cual traza el agua de los cana- bre todavía joven, y su rostro, de una no- ve el paisaje y las cosas en un sudario gris les signos geométricos que ha ideado el in- bleza de líneas que atrae, estaba alumbrado que tamiza las luces del pueblo. Subimos a l genio ¡humano para que las tierras no se por unos ojos obscuros, grandes y pensati- auto, y emprendemos el regreso a L a H a y a aneguen, y a lo lejos una bruma gris que vo ojos de meditación y de melancolía, de con grandes precauciones, porque la lluvia parece resultar de la melancolía del cielo los cuales parece fluir ese no sé qué de re- lo ha inundado todo. Todo el trayecto es un y de la densidad de la lluvia. M á s adelante, ¡igtndo v de n- ndoso que vemos en la mirada vasto parque dormido en la paz nocturna... el cuadro se reproduce con ligeras varian- d e algunos místicos. MAtraEL B U E N O tes. E l paisaje ofrece la misma fisonomía- -Y o quisiera comprar una reproducción plácida y aburrida, y la humanidad que lo L a Haya, noviembre, 1929. puebla análogas combinaciones de volumen de este retrato; pero no puedo salirme con v de siluetas. Dijérase, a juzgar de l a mo- la mía. L a Sociedad de Amigos de Spinoza, notonía de las cosas y d e j o s seres, que es- que ha reconstruido su casa, no ha previsto tamos parados. V e r un rincón de Holanda que un turista quiera llevarse, como recuerdo, una fotografía del gran pensador. E n la es ver toda Holanda. habitación contigua al cuarto de trabajo está, E n los aledaños de Leyden nos detenemos su biblioteca, que nos contentamos con ver ¡a pedir informes sobre l a casa de Spinoza. por los tejuelos de los libros, porque está Casi nadie sabe del filósofo n i le lo que prohibido manejarlos. recuerda su paso por el mundo. Ü fin, un (Lqs zarpazos del Tigre A l salir, una bella dama belga, que ha tepastor protestante nos señala la dirección v- l que debemos tomar y el coche emboca un ca- nido la amabilidad de acompañarnos en la mino vecinal que la lluvia hace difícil para excursión, quiere conocer mis impresiones. ¿E s tarde para hablar, de Clemenceau? el tránsito rodado. Vamos bordeando un S e ñ o r a la visita a este pequeño santuariodeh N o al contrario, puesto que la muerte sólo canaliüo de aguas negras y sucias que. hie- racionalismo panteísta no me ha satisfecho. ha puesto el epílogo a una vida inmortal. de como un vertedero de detritus. E l cre- Estoy un tanto escamado, primero, porque no Clemenceau ha entrado vivo en la Histopúsculo se nos echa encima, y yo temo que consta en ninguna parte que Spinoza viviese ria, y su figura de ciudadano, su patrioaquí, y después, porque todo lo que acabo de tismo ardiente, su luchadora existencia, coy a no nos sea posible visitar nada. ¿U s t e d se ha- hecho cargo de las in- ver está demasiado bien conservado. E n esto ronada en la vejez por el triunfo, evoca las dicaciones de ese señor? -le pregunto al de las antigüedades, al más listo se la dan. De páginas de Plutarco sobre los héroes de l a mí sé decir a usted que no conozco m á s an- antigüedad. Así lo ha comprendido el mismo conductor del coche. tigüedades auténticas que algunas señoras Tigre, el cual, en su glorioso ocaso, si bien- -L e d i r é a usted; no del todo... Volvemos a apearnos y nuestros pies cha- que van a veranear a San Juan de L u z y a renunció ofertas tentadoras para publicar su potean en el lodo. L o cómodo sería renun- Biarritz, y frecuentan los dancings con da autobiografía, escribió, en cambio, con pluciar a ver la casa del filósofo, pero yo me misma constancia con que se tifien el pelo. ma vibrante, la de Démostenos. Y ese Dehe propuesto satisfacer. esa curiosidad que Ese aparato de tornear cristales que estafen móstenes, cuyos servicios a l a P t r i a son me va a permitir vivir unos minutos en. el el cuarto de trabajo, p- rece recién traído premiados con la ingratitud, no es sino la ambiente familiar de un pen? dor. que me áe la ebanistería. Es posible güe por aquí vida paralela de Georges Clemenceau, cuya ilusionó- en. la juventud. U n n. ozalbete de haya pasado un Espino. de los muchos que verdadera biografía está esperando del porr ios que travesean en. todos los pueblos al aire usan ese apellido en los países de abolengo venir un biógrafo de su talla. Aquí, por de libre, porque la intemperie es más alegre español; pero til otro, el grande, el que v pronto, sólo- pretendo esbozar algunos rasgos SWS Ú ítí? I para Jos paños pobresj nos vio espiritualmente en un ventisquero, por psicológicos que definan su temulenta r? í DE L A VI D A SIN OBI E T O CLEMENCEAU, EL LU CHADOR a