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La finca habrá de estar enclavada en la provincia de Madrid y tener, como mínimo, cien hectáreas, y de ellas, 20 de regadío. Todas las demás condiciones pueden ser examinadas en la Sección de Fomento de esta Corporación todos los días hábiles del plazo del concurso, durante las horas de diez a una. Madrid, 3 de diciembre de 1929. Una de las más antiguas e importantes fábricas alemanas de boquillas para cigarros y cigarrillos L. GAUMONT. -Arenal, 27. -MADRID C Í 1 1 J T F T APARTADO 5 2 Aomra I T C I I O si WíKHm U S MCD S ANÓNIMA busca representante o mayorista. la fábrica más antigua dé boquillas en Koenigsee Thuer (Alemania) Rülim Mfiler AMAS DO LAS LA KÁBRICA 34 CALLE DE LA CABEZA 34 Aries- PIC- T I C PIERCE ARROW Gran surtido piezas recambio. Leoncio Garniér, San Sebastián. por gasolina. Estufa, hornillos y lámparas de alumbrado, de 25 a 750 bujías. Catálogo gratis. O A S A I Í A O R D E N Fuentes, 9. Madrid. CALEFACCIÓN V LUZ 6o FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL 7 1 57 t traba, no sólo tranquilo y dulce, sino enamorado. Desde el momento en que Gabriel de Espinosa se había convencido de la traición de Estéfana, al mismo tiempo que dei ardiente e inalterable amor de M i r i a n la había mirado como nunca se había visto mirada! a sultana por Gabriel de Espinosa. N o parecía sino que la hermosura de M i r i a n le embriagaba, le inundaba de una felicidad desconocida. L a pobre Sayda M i r i a n era feliz. Había encontrado por fin el amante en el esposo. L a disolución de su matrimonio por el Papa estaba anulada de hecho por la conducta de Gabriel de Espinosa; pero existía de derecho, y debía existir, porque el Papa no podía deshacer lo que en un asunto de tanta importancia había ya hecho. Los dos esposos, sin embargo, se adormecían en su amor. Gabriel se había olvidado de sus locuras, y Mirian le había perdonado lo que por aquellas locuras había sufrido. Los sucesos, sin embargo, crecían en gravedad, y se condensaban como una tormenta sobre la cabeza de Gabriel. E l secretario de Barbarigo llamó a. la puerta del, palacio Síorzia poco después del amanecer, cuando aún no había dejado el lecho Gabriel de Espinosa. Sin embargo, fué despertado, a causa de la terminante intimación del secretario del Consejo; escuchó la. orden, la obedeció, y salió de su casa con el secretario; dejando llena de ansiedad a M i r i a n Acababa de salir el sol cuando Gabriel de Espi. nosa se presentaba a Giacomo Barbarigo. E l anciano senador nada le dijo acerca de lo acontecido en la hostería del Gato A z u l pero le puso en las manos la orden terminante del Consejo de los Diez, en que se ordenaba al soldado español Gabriel de Espinosa salir inmediatamente de los Estados venecianos. ¿Y adonde iré? -dijo Gabriel de Espinosa. -Adonde quiera que vayáis- -dijo Giacomo Barbarigo- evitad las imprudencias, de que tan pródigo os habéis mostrado entre nosotros, no sea que lo. s qu? de nuevo os amparen se vean ¿como nosotros, obliga- dos a echaros de sí. -E n buen hora, señor Giacomo Barbarigo; saldré íáe Venecia y será de mí Jo que Dios quisiere. -E l Estado se ve en la dura necesidad de no teneros por más tiempo en su seno. Se nos avisa que ya en el Consejo de Estado del Rey de España se olvidada, que le esperaba en vano cubierta con las galas nupciales, mientras él me dejaba sentir todo e l ardiente fuego de su amor! ¡N o! ¡T ú no has existido nunca para mis celos, y no puedes existir para mi venganza! ¡H e venido porque me has provocado; he venido porque estoy desesperada, porque sabía que habías de hablarme de él, y yo quería hablar de él! ¡H e venido no sé por qué, porque no existes para m í! ¡T ú has sido la matadora de César, y. has venido a morir, a morir conmigo! -dijo con un acento espantoso Elena Karuk. ¡A morir contigo! -exclamó Estéfana, acreciendo en su desprecio. ¡S í! ¡N o te he dicho ya que amo a César, que soy tártara, que corre por mis venas fuego en vez de sangre, que estoy desesperada y enloquecida por el furor de la venganza! ¡N o te he. dicho ya que no puedo vivir, que la vida es ya para mí un tormento insoportable, y que no quiero dejarte sobre la tierra para que, olvidada de César, ofrezcas tu amor a otro hombre! ¡A h! ¡N o sabes que las copas con que hemos brindado por César Malatesta tenían dentro de sí la muerte! Estéfana palideció de cólera, y buscó algo apresuradamente entre sus ropas. ¡A h! ¡T ú tienes en tu alma la cobardía y l a traición! -exclamó- ¡No hemos bebido de un mismo vino; sobre esa mesa hay dos jarros; l a copa con que tú has bebido, sin duda que no llevaba en sí la muerte; pero t ú no sabías quién era Estéfana B a r barigo, y te has acercado demasiado pronto a m í! Y Estéfana asió vigorosamente con la mano i z quierda una mano de Elena, y dejó ver en la otra- un puñal, que cayó sobre el pecho de Elena Karuk. ¡A h! ¡Gracias! -exclamó Elena, cuyas rodillas se doblaron, cayendo sobre ellas- M e has librado del insoportable sopor del tósigo de los Borgias. ¡O h! ¡G r a c i a s! Y o te perdono... mis celos... y mi dolor... Y Elena cayó de costado sobre la alfombra, manchándola con la sangre que salía en un copioso raudal de su pecho. L a s palabras quS siguió murmurando, ininteligibles y roncas, se apagaron al fin. Estéfana estaba inclinada, mirando de. una manera horrible a Elena, que moría. A l fin, Elena quedó com-
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