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H e aquí l a orden- -añadió Barbarigo, dando un pliego cerrado a Rugiero- Cuando haya levado anclas y héchose a la mar la Bella Genovesa, vos levaréis anclas y la iréis convoyando desde lejos, pero dispuesto a defenderla de toda acometida, ya sea de un barco corsario, ya de un barco de Rey; cuando la Bella Genovesa haya dejado en tierra, en el punto que más le convenga, al señor Gabriel de Espinosa y a su familia, vuestra comisión habrá terminado, y os volveréis al puerto de Venecia. Adiós otra vez, señor Gabriel de Espinosa; que Dios os dé la buena suerte que deseamos. -Adiós, señor Giacomo Barbarigo; recibid la expresión de mi profundo agradecimiento, y transmitidla al Consejo. Después de esto, Gabriel salió, pálido, contrariado, conteniendo mal su cólera. E l verse lanzado de V e necia le humillaba, 1 e irritaba. E r a el hombre violento y soberbio de siempre; pero se veía obligado a callar y obedecer, y obedecía y callaba. Rugiero Maffei le seguía, impasible, a una distancia medida por el respeto. Porque, como Giacomo Barbarigo, y como el Consejo de los Diez, Rugiero Maffei estaba en l a creencia de que Gabriel de E s p i nosa era el Rey don Sebastián. CAPITULO VI E STAMOS en alta mar. Pero el alta mar no es ahora para nosotros un desierto de agua. U n a magnífica nao, la Bella Genovesa, boga inclinada sobre la banda de estribor a impulsos de un fresco N o r deste, que hincha sus grandes velas latinas. Avante se ve un buque sospechoso, que se mantiene a la capa sobre el rumbo de la Bella Genovesa. A barlovento, una magnífica galera de dos bandas, artillados los alcázares de proa y popa, ciñendo el viento para colocarse entre la Bella Genovpsa y el buque que se distingue avante capeando. Por último, se ve a sotavento una galera corsaria, que lleva desplegada una bandera roja, y carga las velas y hace uso de los remos para alcanzar a la Bella Genovesa. -N o tengáis duda- -decía Yezid, asomado, con Gabriel de Espinosa y Sayda M i r i a n a una de las galerías del alcázar de popa de la Bella Genovesa- esa galera que se acerca a nosotros por sotavento es La Leona, que ha izado su bandera para que no la impida acercarse a nosotros l a galera San Marcos, que está ya puesta en caza de aquella otra galeota que se ve al Noroeste. Aquella galeota es la de Manuel K a r u k tendremos, de seguro, combate; pero, según las muestras, el tal combate nos divertirá sin incomodarnos; porque será entre la San Marcos y la galeota de Manuel K a r u k Que tengamos a la vista y entrando en nuestras aguas a La Leona, es cosa que no me extraña, porque en ella viene sin duda Aben- Shariar- -dijo Gabriel de Espinosa, mientras Sayda M i r i a n miraba con un anteojo la galera de Manuel K a r u k que estaba lo menos a una milla de distancia- pero l o que no puedo comprender es que aquel corsario que se ve al Oeste capee para esperar a una galera de la República. -Sobre el alcázar de aquella galera- -dijo Sayda M i r i a n que no cesaba de mirar con el anteojo- -hay dos hombres, uno de los cuales tiene el aspecto m á s horrible del mundo; parece un espectro, un cadáver que se ha levantado de su tumba; está armado con un fuerte arnés, y sobre él lleva un ropón con un águila roja sobre el pecho, y se apoya en un hacha enorme. -Dame el anteojo, María- -dijo Gabriel de E s p i nosa- quiero ver a ese hombre. M i r i a n dio el anteojo a Gabriel, y miró con él, y vio lo mismo que había visto Sayda M i r i a n No conozco a ese corsario, no le he visto nunca; pero conozco mucho al griego que está junto a él; como que le he hecho huir muchas veces. -Como que vos, cuando andabais por el mar, erais enemigo de todos los corsarios habidos y por haber, menos de mi señor Aben- Shariar; pero yo conozco a esos hombres, que eran amigos de mi señor. E l uno es Manuel K a r u k gobernador t á r t a r o de la isla de
 // Cambio Nodo4-Sevilla