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IGLESIA DE CURTEA DE ARGES, D O N D E ESTÁN ENTERRADOS LOS ÚLTIMOS REYES RUMANOS Pü ¡r) 3 nG) Una tarde de septiembre- -los. bosques comenzaban a dorarse por la proximidad del otoño- -crucé en automóvil los Alpes de Transilvania, en una, caravana internacional de periodistas. Habíamos salido de Brasow, que los alemanes llaman Kxonstadt, y antaño era ciudad de Hungría, y regresábamos a las tierras valacas en dirección a Curtea de A. rges, por los caminos que suben a las cumbres o se retuercen entre los valles umbríos, en cuyo Sendo el agua de un riachuelo va saltando con estruendo de torrente. Y el paisaje era tan grandioso, y los pueblecitos tan pintorescos, y tan risueños los grupos de campesinos, y tan cordial el recuerdo de su reciente hospitalidad, que cuando, volviéndome a mi compañero Manuel de Castro, le p r e g u n t é viéndole silencioso: ¿En qué piensas? Me contestó lo mismo que yo esperaba: -E n volver. Si fuera rico- -prosiguió- -vendría aquí otra vez. pero no en viaje como el de ahora, sino con la lentitud precisa para saborear el encanto de este país, del que es seguro que nos va a quedar una nostalgia inextinguible. Y no me sorprendía su entusiasmo, porque yo, que no r e c o r r í a aquella tierra por vez p r i m e r a puesto que ya en otro tiempo había vagabundeado por ella. lo sentía igualmente. ¿De dónde nace ese poder de seducción que Rumania ejerce sobre quien va a ella con un alma de peregrino, sin otro impulso que el de la curiosidad ni otro afán que el de la belleza? No sabría precisarlo. Tal vez el ánimo va predispuesto, por lo que sabe de la vida y la historia dt ese pueblo heroico, a encontrarle analogías fraternas con el nuestro. Quizá lo que nos conquista en él es lo qué hay de oriental, o, mejor dicho, lo que tiene de escenario donde el Oriente y el Occidente mezclan sus razas, como las aguas de dos ríos en su punto de confluencia: blandura y facilidad de la vida, sensualidad y misticismo, civilización moderna, con todos los progresos de última hora, junto a una bucólica vida rural, una infinita variedad de tipos étnicos, con el común denominador de la hermosura femenina de ojos negros, meridionales, o garzos, de las moldavas, o claros, de ese tono de agua del Volga, en que ya se asoma, el alma de la Rusia vecina y hostil. Y no lejos de la fiebre de Bucarest- -ciudad de contrastes, con su multitud de profesores, de artistas, de políticos, de negociantes- -la calma profunda de los monasterios, relicarios perdidos en los repliegues de las montañas alpinas o balcánicas, arcas sagradas de que parece exhalarse un perfumie de siglos lejanos, y en torno a las que la imaginación hace desfilar a los príncipes feudales del Bajo Imperio o a los que lucharon con los turcos: a Miguel, hijo de Kalinikia, ataviado a la moda de los angevinos, con su túnica de púrpura, sobre la que campéate un águila de oro, tal como está retratado en el monasterio de Gozia; a los déspotas -como ingenuamente se llamaban a sí mismos- -y a los vaivódas a Esteban el Grande, vestido de brocado, ceñida la corona de ocho puntas, como lo representa un viejo icono en el acto dé hacer una RELIGIOSAS RUMANAS
 // Cambio Nodo4-Sevilla