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M O N A S T E R I O D E STANISOARA ofrenda a Nuestra Señora; a Miguel Bravo, barbudo y fiero, tocado con un gorro de cosaco, sobre el que flota una pluma sujeta con broche, de diamantes; a Isabel, esposa de Jeremías Movíla, desventurada princesa de Moldavia, que, ceñida la diadema refulgente, en alto la cruz de seis brazos, no se sabe qué lejanías contempla desde el fondo azul, lleno de estrellas de plata, de un retrato al modo bizantino. Pero ni estas sombras aureoladas de un irestigio legendario son precisas para que Íos monasterios rumanos interesen al viajero. Tales como están- -habitados por los monjes humildes, que recuerdan a los griegos del Monte Athos- cuando se llega hasta ellos desde el Occidente distante, todavía sugieren la- impresión de acrópolis guerreras o de fortalezas desde las que ayer mismo se alentaba la lucha contra el Gran Turco. He aquí, por ejemplo, el convento de Curtea de Arges- -Corte de Arges- fundado en el siglo xiv por los Besarabo y enriquecido en el xvi por el príncipe Neagoe, tlfe la misma Familia Real de Valaquia, con esa iglesia- episcopal, que es una síntesis de las arquitecturas del Oriente. En elja duermen los últimos Reyes rumanos su postrer; sueño. A l lado de la influencia árabe, ¿no se reveían las de Armenia y de Venecia? Sus dos torres helicoidales, que parecen en movimiento hacia el cielo; sus frisos de estalactitas; sus rosetonesfinamentecincelados, no darían idea exacta de lo que el monasterio fué, si no reparásemos en las ventanas tan estrechas, que parecen saeteras. -Es que- -me explicó el abad un día- -cuando vosotros, los españoles, terminabais victoriosamente vuestra lucha contra ios mu- sulmanes, la comenzábamos nosotros. España contuvo la invasión mahometana en el Occidente de Europa. Pero en Oriente fuimos nosotros quienes sufrimos los mismos males. Por eso, no obstante la distancia, hay tanta semejanza entre los dos pueblos. Y es cierto. Para comprender la Rumania actual hay que tornar los ojos a la España recién vuelta a la unidad, cuando acababa de poner el estandarte de los Reyes Católicos en Granada. Por la alegría de la liberación las campanas de todos los días se diría que tocan a gloria. Y hasta en el interior de las iglesias el recuerdo de España se despierta indirectamente en el viajero; y es porque el influjo eslavo- -en el que se filtró el bizantino- -evitó a los templos ese aire desnudo y ausfero que tienen en los países del Norte, y difundió el gusto por la profusión de imágenes y la decoración interior, que ha hecho pintar de azul, con estrellas de oró, las bóvedas, y de rojo o de verde las nervaduras de las naves. Riqueza de paños de seda y terciopelo bordados, de cruces griegas de plata, esmaltadas o cinceladas; de coronas y de arquetas votivas, que el Estado se (llevó en gran parte y están en Bucarest, en un Museo; antes fulgían en la penumbra dei los monasterios de Turnu, de Briztiza, de Curtea de Arges, de Cozia, de Stanisoara. ¿Y ahora? -pregunté. -Los monasterios son pobres- -me contestó con resignación. Era, como los demás monjes, un viejecito de luenga barba, vestido de paño obscuro, tocado con gorro igual al que yo había visto al patriarca armenio en Constantinopla. Y al marcharme me dio su bendición, como a viajero que venía de tierras amigas, aunque remotas. Y otro día estuve en el bello convento de Suceviza. La secularización lo empobreció, como a los otros. Pero conserva, como único, tesoro, una magnífica trenza de rubios cabellos, que tal vez el transcurso de tres siglos ha hecho palidecer y tienen una tonalidad de oro claro. ¿De quiénes fueron? -quise saber. -De la princesa Isabel, esposa de Jeremías Movila- -me dijeron. ¿Un voto? En los comienzos del siglo X V H combatió, al frente de sus tropas, por defender e! Trono de su hijo Alejandro, adolescente aún, contra los turcos. Fué vencida y hecha prisionera, deshonrada, llevada como esolava a Constantinopla. Un agá otomano la compró e hizo su esposa. Ante los boyardos que fueron a implorar la paz del Gran M O N A S T E R I O D E COZIA
 // Cambio Nodo4-Sevilla