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A Y POLICÍA 82 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ E L PASTELERO DE MADRIGAL 83 cíase en aquellas quejas que los dos conventos agustinos de frailes y de monjas eran la causa de la excesiva vitalidad de Madrigal, que era conveniente quitar su seminario a los agustinos y que recibiesen menos visitas las agustinas; pero los frailes y las monjas tenían más influencia en la corte que la Cnancillería de Valladolid; en aquellos tiempos se tenía la costumbre de ver sin extrañeza que estudiantes, hidalgos y soldados se agujereasen el cuerpo por un quítame allá esas pajas, que los frailes hiciesen lo que les diese la gana y que las monjas fuesen un tanto galantes. Además de esto, Felipe H tenía harto en qué pensar con Enrique I V con los ingleses, con la casa Orange, con Portugal, con medio mundo y con su secretario Antonio Pérez, que se le había ido de entre las manos, refugiándose en París y viviendo bajo el amparo de Enrique I V para que le importasen gran cosa los frailes, las monjas y los estudiantes de Madrigal. Por lo tanto, las quejas de la Cnancillería de Valladolid eran vox clamantis in deserto y don Rodrigo de Santillana, que así se llamaba el tremendo alcalde a quien los señores oidores de Valladolid habían espetado los asuntos criminales de Madrigal, se desesperaba; porque sus multiplicadas sentencias, ya de cárcel, ya de azotes, ya de galeras, ya de horca, de nada servían para aminorar los sucesos que de Madrigal caían sobre él, fatigándole, abrumándole, desesperándole. Pero estaba escrito, como dicen nuestros amigos los moros, que muy pronto el Rey debía fijar toda su atención en la villa de Madrigal, y que un gran proceso, un proceso de Estado, había de compensar a don Rodrjgo de Santularia de toda la fatiga y de todo el trabajo obscuro a que hacía mucho tiempo le tenían reducidos los vulgares procesos de Madrigal. C A P I T U L O II P OR el mes de junio del año de 1595; había llegado al convento de agustinos de Madrigal un padre grave, que durante un año, y ostensiblemente para asuntos de la Orden de San Agustín, había estado en Roma completamente autorizado por el general de la Orden. Este fraile era el reverendo padre maestro fray Miguel de los Santos, religioso portugués, que, sin saberse por qué, había pedido pasar a Castilla, al convento de su misma Orden que existía en Madrigal. E r a fray Miguel de los Santos un sacerdote austero, como de sesenta años, tenido en gran respeto por su ciencia y por su virtud, que había logrado en otros tiempos una gran influencia en la corte de Portugal, por lo que los padres agustinos de Madrigal creían haber hecho una gran adquisición con el pase de este religioso a su convento, y le tenían en grande loa y estima. L a orden del general de los agustinos para que fray Miguel de los Santos pasase a Roma a gestionar cerca de la Sede Pontificia de los asuntos de l a Orden, había venido sin que nadie la esperase y sin indicio alguno de que fray Miguel de los Santos hubiese hecho solicitud alguna para ello. T a l era, sin embargo, el prestigio de que gozaba en la Orden como sabio, justo y rígido el fraile portugués, que se atribuyó su encargo a una acertada elección del general de la Orden, y nadie sospechó que el padre fray Miguel de los Santos hubiese ido a Roma a otra cosa que a asuntos de la misma Orden. Cuando volvió, fray Miguel guardó la más profunda reserva, y nadie se. atrevió a preguntarle; pero se tenía una gran curiosidad, y no pudo menos de repararse en que fray Miguel de los Santos, que era hacía algunos años vicario de las monjas de Nuestra Señora de Gracia, iba al convento mucho más de aquello que su cargo le exigía y pasaba largas horas encerrado con doña A n a de Austria, sin que nadie hubiese podido saber de qué asuntos hablaban el fraile y- la infanta. Pero se notó que la infanta se hacía más seglar cada
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