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LUZ 88 F E R N A N D E Z ¡Y G O N Z Á L E Z EL PASTELERO D E MADRIGAL fe los- Reyes; q u e n ó encontraban sobre si a nadie- más que a D i o s que desempeñaban por su criterio propio, por su propia voluntad y como mejor querían, los cargos que les cometía el Rey, y que, como ei Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, enviaban enhoramala al Rey que les pedía cuentas, sin; que al Rey que de tal modo sé veía tratado le quedase tro. arbitrio que encogerse de hombros, aunque el tal Rey se llamase Fernando V o Felipe I I Doré Felipe, pues, se había engañado respecto a t duque de A l b a E l duque de Alba, había obrado en Portugal por sí y ante sí con arreglo a lá indómita fiereza de su c a r á c t e r en todos los. actos de su gobierno en Portugal, el severísimó Felipe I I c r e y ó demasiada la severidad del duque de Alba, para con los portugueses; temió que éstos, demasiado oprimidos, se sublevasen desesperados, y envió al duque de A l b a oidores para que le ayudasen en la gobernación de Portugal. Pero el duque, aunque el palo iba envuelto en. seda, sintió el golpe, se irritó, y escribió al Rey que había determinado i r a besarle las manos a su corte lo que no era otra cosa que una soberbia e irreverente dimisión, o mejor dicho, una frase que, traducida a su verdadero sentido, quería decir: idos enhoramala vos y vuestro reino de Portugal y vuestros oidores. Pues bien: Felipe I I se aterró cuando supo la determinación del duque de Alba de abandonar a P o r tugal comprendió que si se había engañado en enviar allí al duque de Alba, se habí- a vuelto a engañar al querer domar su carácter indomable; comprendió, que el estado en que había puesto los iáiiimós. en Portugal el duque de Alba, sólo el duque, de A l b a ppdía seguir reprimiendo a Portugal. sabía, demasiado que una vez pronunciada una palabra por el duque de Alba, no había, poder humano q u e j e h. Lciese, rer t r a c t a r s é d e f e M o dejar de portería érí ejecución; y corno él duque de. Alba había determinado, ir a; besarle ¡asómanos a; su corte y el Rey no quería que el duque sáltese dé Portugal, no encontró m á s medio para salir del apuro que trasladar apresuradamente 3 a corte, adjunta a su persona, a la frontera de aquel reino, y dar en ella a besar las manos a l ¡vasallo que de tal manera le humillaba, y. que se 1 ja ¡su vocación había sido una equivocación, y a l poco tiempo de haber profesado sus sueños se habían desvanecido; porque ella se había levantado o pretendido levantarse con un amor humano río comprendido, a un amor divino incomprensible, y se había encontrado flotando sin t; n ptihtó fé ai $o yo en un vacío, obscuro que pesaba sobre su alma como un océano de inacción, como un caos sin horizonte y sin luz. Entonces fué. cuando la monja infanta empezó a contraer hábitos seglares, a ejercer la presión de su categoría sobre las monjas, a quienes dominó con facilidad. Entonces- fué cuando se abrió en la parte exterior de la portería del convento una puerta destinada a dar una entrada independiente a las habi taciones de l a infanta, previas las licencias necesarias, que se obtuvieron apenas pedidas, y otra puerta interior, que- ponía en comunicación la celda o, mejor dicho, el pequeño palacio de doña A n a con el monasterio; entonces fué cuando, m á s que como criadas, como damas de honor, pasaron al servido de doña A n a doña Luisa de Grado y doña M a r í a Nieto, hermosas vy- jóvenes, que habían sido encerradas ert e l claustro y: sacrificadas por convenien- cias de familia; entonces fué cuando doña A n a p i dió a su tío don Felipe I I y éste se lo concedió, duernas) meninas, ¡gentileshombres, pajes y todo cuanto convenía al i servicio de u ñ a i n f a n t a de España. ¿Doña Ana: era, pues, una monja muy singular, tatito en su ¡manera de vivir- como en su traje. R e cibía gentes, isalía fuera ¡del convento, como y a hemos i n d i c i o daba saraos y mantenía mesa de espado, -a ¡la qué asistía monjas, frailes y seglares. En cuanto al traje, era también singular: sobre, las ricas galas, sobre vestidos dé brocado y seda, llevaba un pequeño manto de lana y un escapulario ifei. f. grb, ídebque no imdía- despojarse y. sbbre tóS abl, llos -rubios, largos, cuidadosametite peinados; ú r K M sencilla- toca, blanca, que ráás. ue; 5 Ígnt 4 ¡de f r e M era un bello- 3 darno. í De la misma maneta ve fpni las hermanas doña Luisa y doña María, y del mismo, modo, aunque no eran monjas, para estar en armonía con su señora, las dos dueñas y las cuatro meninas. ¡Todo esto se toleraba, y es nías, todo esto, s f 5 1 51