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N i el mismo severísimo y tremendo alcalde de casa y corte, don Rodrigo de Santillana, que lo sabía y lo notaba todo, porque, como hemos dicho, iba y venía con suma frecuencia de Valladolid a Madrigal, se había atrevido a decir n i una sola palabra por no exponerse a perder con una indiscreción su formidable vara de alcalde, con l a que se había casado de una manera indisoluble y a la que tenía un amor imponderable. Doña A n a pues, hacia todo aquello que quería, porque el Rey no sabía nada; porque Felipe I I era además inaccesible, severo, hombre de pocas palabras, completamente aislado en medio de su reino, rodeado únicamente de los magnates que tomaban parte en la gobernación del Estado, y que temblaban delante de él, y las hablillas no podían llegar a sus oídos de ningún modo. Además de esto, de tiempo en tiempo doña A n a enviaba al Rey alguna carta autógrafa que la escribía el Papa Clemente V I I I en que la llamaba su hija predilecta, elogiaba su piedad y su celo y la aseguraba estar reservada por Dios a altos destinos, enviándola desde su silla pontificia su bendición apostólica. Doña A n a acompañaba cada una de estas cartas del Papa con una larga y zalamera carta en que llamaba al Rey su buen padre, con revelaciones que decía tener cerca de este o el otro próspero suceso para Felipe I I y añadiendo una sarta de peticiones, ya. -de. nuevos privilegias para el convento de agustinos, ya para exenciones para la villa, ya para el mayor lustre y riqueza de la comunidad de que formaba parte, ya de gracias y prerrogativas para este u el otro vecino acaudalado, contándose entre estas peticiones 3 a. de que el convento de cuya comunidad formaba parte se llamase de Nuestra Señora de Gracia la 1 Real, en atención a ser monja profesa en él una infanta. E l Rey robaba un momento a sus graves y multiplicados negocios, escribía una especie de sermón a doña A n a estimulándola a que siguiese en su vida ejemplar y a que mirase mes al cielo que a l a tierra, y concedía a su sobrina todo lo que le pedía, porque la creía santa y Felipe I I quería estar bien con los santos. H a y que advertir que Felipe I I a pesar de su terrible carácter, y de su suspicacia, y de su sombría firmeza, que le valieron el sobrenombre, que le do i Enrique V I I I de Inglaterra, de Demonio del Mediodía si fué uno de los Reyes más temidos del mundo, fué el que tal vez vivió más sin saber dónde tenía puestos los pies, porque le engañó todo el mundo. Así es que nada tenía de extraño que le engañase su sobrina l a monja doña A n a de Austria. Es un axioma en política que cuanto más tirano es un Rey, tanto más de cerca le rodea l a traición y tanto más se ve obligado a extremarse en l a crueldad y a teñirse en sangre para no ser vencido. Sus enemigos exteriores ayudaban a los traidores que tenía cerca de sí. Los Países Bajos, enviando emisarios secretos a su hijo el príncipe don Carlos, ofreciéndole su vasallaje v su soberanía, hicieron traidor a aquel príncipe loco, y Felipe I I exagerado siempre en el recelo, no supo castigar a su hijo sino matándolo de una manera obscura y terrible. Isabel de Inglaterra, ofreciendo su mano a don Juan de Austria, y el Papa protegiéndole, hicieron imprudente y no traidor a don Juan de Austria, y aquel pavoroso Rey, que había matado por recelo a su hijo, mató también por recelo a su hermano. Entregó el Rey todo el poder de sus armas a l duque de AÍba en Portugal, íiando en la lealtad y en los altos principios de don Fernando Alvarez de Toledo, y también se engañó: no porque el gran duque de A l b a hubiese incurrido jamás, n i aun con el pensamiento, en l a más leve traición, sino porque había creído enviar a un vasallo, y había enviado a un R e y porque el duque de A l b a era el último de aquellos nobles señores de l a Edad Media que se hombreaban con los Reyes; que eran, si cabe, más soberbios que
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